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sábado, 22 de agosto de 2026

EL MAL CONCEPTO DE LA RESILIENCIA


Después de un aluvión, pocas palabras parecen tan oportunas y, al mismo tiempo, tan problemáticas como resiliencia. 

Se celebra que la ciudad sea resiliente, que sus habitantes sepan levantarse, limpiar el barro, reconstruir sus casas y continuar. El concepto posee una indudable potencia positiva: reconoce capacidades comunitarias, redes de solidaridad y conocimientos acumulados para enfrentar situaciones extremas. Sin embargo, cuando la resiliencia se transforma en el principal lenguaje para interpretar una catástrofe, puede terminar ocultando precisamente aquello que debería ser interrogado.

El problema comienza cuando la atención se desplaza desde las condiciones que producen la vulnerabilidad hacia las capacidades individuales y comunitarias para soportarla. La pregunta deja de ser por qué determinados barrios fueron expuestos al barro, por qué las quebradas estaban intervenidas, qué ocurrió con la planificación urbana, cuáles obras de mitigación existían o faltaban y qué responsabilidades institucionales se acumularon durante décadas. En su lugar aparece otra pregunta, aparentemente virtuosa: ¿cómo logra la comunidad recuperarse? Así, el desastre corre el riesgo de ser narrado como una prueba de fortaleza colectiva, como la capacidad de aguante y no como la manifestación material de una vulnerabilidad históricamente construida.


Hay, además, una paradoja política. Cuanto más se elogia a una comunidad por resistir, menos escandaloso puede parecer que tenga que resistir una y otra vez.

La resiliencia puede convertirse entonces en una tecnología discursiva de normalización: soportar, adaptarse, reconstruir y continuar viviendo bajo condiciones que permanecen estructuralmente inseguras. La precariedad deja de aparecer como algo que debe ser transformado y comienza a ser administrada mediante la capacidad de adaptación de quienes la padecen.

En este sentido, existe el riesgo de una verdadera privatización de la responsabilidad frente al desastre. El Estado, las instituciones y los sistemas de planificación aparecen como acompañantes de una población que debe aprender a ser resiliente, cuando deberían ser interrogados por su responsabilidad en la prevención, reducción del riesgo, infraestructura, ordenamiento territorial y memoria de las catástrofes anteriores. Una población no debería tener que demostrar permanentemente su capacidad para sobrevivir a aquello que políticas públicas adecuadas podrían evitar, reducir o anticipar.

Incluso la solidaridad posterior al desastre puede contribuir involuntariamente a esta narrativa. Las imágenes de vecinos retirando barro, voluntarios cargando palas y familias reconstruyendo sus viviendas poseen una enorme fuerza moral, pero también pueden producir una estética heroica de la catástrofe. El heroísmo de quienes limpian el barro no debe sustituir la pregunta por qué el barro llegó hasta sus casas. La solidaridad comunitaria merece reconocimiento; convertirla en sustituto de la responsabilidad institucional es otra cosa.

Por ello, frente al discurso celebratorio de la resiliencia sería necesario recuperar conceptos como vulnerabilidad histórica, producción social del riesgo, memoria territorial, prevención y justicia ambiental. 

Un aluvión posee una dimensión natural, pero sus consecuencias nunca son exclusivamente naturales: el agua y los sedimentos circulan por territorios previamente urbanizados, intervenidos, olvidados, planificados o desplanificados. La catástrofe revela esas decisiones acumuladas.

La cuestión, entonces, no consiste en negar la capacidad de las comunidades para recuperarse. Consiste en rechazar que esa capacidad sea utilizada para naturalizar la exposición permanente al peligro. Una ciudad verdaderamente protegida no es aquella cuyos habitantes se vuelven expertos en levantarse después de cada desastre, sino aquella que aprende históricamente de ellos para no reproducir las mismas vulnerabilidades.

En ese sentido, quizás el horizonte político más exigente no sea construir una ciudad cada vez más resiliente, sino una ciudad menos obligada a serlo.

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