La historia de los depósitos de cenizas de Tocopilla comenzó en 1983, cuando Codelco sustituyó el petróleo por carbón e inauguró la Unidad Nº 12, iniciando la producción masiva de residuos de combustión. Ante las consultas de la Gobernación (dirigida por un carabinero), el médico Néstor López Pérez, director del Servicio de Salud de Antofagasta, emitió el 11 de octubre de 1983 el Ordinario N.º 2751, que calificó (de modo delirante) las cenizas como materiales «inertes» y «no tóxicos» y autorizó provisionalmente su empleo para rellenar quebradas en el sector de Piedra de Guatones.
El documento reconocía el gran volumen y advertía que su descarga en el mar podía provocar embancamiento y destrucción de la flora y fauna litoral. El 22 de noviembre, mediante el Ordinario N.º 3200, la misma autoridad permitió utilizarlas en quebradas, hondonadas y bermas, siempre que fueran compactadas y cubiertas con tierra para impedir su dispersión. También propuso trasladarlas a Piedra la Paragua, seis kilómetros al norte de la ciudad. La entrada en funcionamiento de nuevas unidades carboneras entre 1985 y 1997 incrementó el volumen depositado y formó extensas «tortas» o cenizales. Desde 1998, cartas publicadas en La Prensa de Tocopilla denunciaron que los camiones dejaban excesivo polvo de ceniza sobre calles, viviendas y bermas.
La introducción del petcoke entre 1999 y 2004 (Electroandina/E-CL-Engie y Norgener/Aes Gener) agravó el problema, pues sus cenizas también fueron acumuladas en los espacios autorizados originalmente para cenizas de carbón, sin regulación diferenciada. Estos residuos pueden contener metaloides, como arsénico y antimonio, además de metales como aluminio, cadmio, cobre, cromo, hierro, mercurio, manganeso, níquel, plomo, vanadio y zinc; el níquel y el vanadio están especialmente asociados al petcoke.
En 2008, La Tierra en que vivimos (TVN) mostró los botaderos y advirtió que las lluvias podían arrastrarlos al océano; en 2009, los vecinos reiteraron esa alerta. El riesgo se materializó el 9 de agosto de 2015, cuando un aluvión desplazó parte de un cenizal a hacia el mar. Los monitoreos posteriores de Directemar comprobaron la presencia de varios de estos elementos en aguas y sedimentos del sector. En agosto de 2026, la historia se repite…
De este modo, una solución concebida como provisional terminó modificando el borde costero y trasladando durante décadas los costos de la generación eléctrica al territorio. Aunque las unidades carboneras cerraron progresivamente entre 2019 y 2024, los cenizales permanecían sin remediación suficiente en 2026, convertidos en un pasivo ambiental de larga duración que prolonga, más allá del cierre industrial, los efectos territoriales y sanitarios del ciclo termoeléctrico.
-----
Comparto un video sobre esta estratigrafía tóxica y topografía del desecho, acompañado de algunos artículos que profundizan en esta problemática:
*Galaz-Mandakovic, D. (2018). Desechos, aluviones y racismo de Estado. El caso de la población Pacífico Norte de Tocopilla (Chile) 2009-2015. Rumbos TS., (17), 97-130.
*Galaz-Mandakovic, D. (2021). La necroeconomía de la generación de electricidad para la minería. El impacto comunitario del uso del petcoke en Tocopilla (Chile, 2000-2015). CUHSO (Temuco), 31(2), 212-249.
*Bonelli, C., Galaz-Mandakovic, D., Weinberg, M., Figueroa, V., & Hecht, G. (2024). Cenizas del Antropoceno: omisiones de carbón y estratigrafía tóxica en Tocopilla (Chile). Revista Colombiana de Antropología, 60(3).
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.