Respuestas a Rodrigo Ramos
Escritor y periodista del diario La Estrella de Antofagasta
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| © Sebastián Rojas Rojo |
A tu juicio, ¿Qué responsabilidad tiene el Estado y
el proceso de chilenización, en este problema?
El proceso de chilenización,
surgido después de la Guerra del Pacifico, marcó una línea imaginaria (un nuevo
mapa) pero a la vez marcó otra línea, centrada en el imaginario racial.
Construyó al peruano y boliviano como enemigo eterno de Chile a través de una
supuesta inferioridad basada en lo étnico, en lo indígena. Chile triunfante en
la guerra, buscó diferenciarse y se proyectó como “país blanco”, en ello
contribuye el mito de país blanquecino consolidado por el discurso militar. Es un mito biológico, que surge de la “mezcla” del mapuche, conquistadores
y encomenderos. Esa mezcla fruto de la guerra dio pie al espíritu de “raza” y
la virtud militar chilena: unión, orden, disciplina; los elementos considerados
como claves en la conformación de la nación. En pocas palabras, el blanquecino
es el fin al indio puro, porque éste se extingue por el hambre, guerra,
epidemia, y trabajo. para ello, suman a la iglesia católica y ahí el mito se
adorna con caracteres de revelación teológica, por ello adquiere legitimación.
Una vez superada la guerra, el
enemigo y las categorías racistas de superioridad/inferioridad, van operando
entre inmigrantes europeos o asiáticos. En la actualidad, se adiciona al
inmigrante latino en esta discusión. El colombiano es la victima agregada a
estos “enemigos” de la raza, influye en ello el fenotipo: la apariencia de
color. Elemento que marca a un otro, a un ajeno, a un distinto, por ello está afuera
de lo que se considera parte del mito de origen de lo que supuestamente es
Chile. Y todo lo que atenta a lo fundacional, es considerado peligroso.
¿Por qué quienes están en contra los colombianos,
argumentan razones básicas (mujeres putas, roban marido, etc) para su
rechazo?
Son argumentos vacuos de políticos necios sin asideros
cuantitativos o comparativos. Apuntan a situaciones cotidianas y populistas para amplificar el rechazo
con una falacia. Generalmente afloran discursos centrados en los estereotipos,
prejuicios y por sobre todo en la moralidad, en la expresión y defensa de lo
que se entiende como un “buen ciudadano”, cruzándose ideologías religiosas y
nacionalistas.
Defienden un esencialismo moral
de sociedad y no entienden a la sociedad como dinámica y procesual. Un político
que opera con ese tipo de categorías, que piense a la sociedad como estática y
homogénea, o con ese tipo de categorías intelectuales, es un personaje más peligroso
que cualquier inmigrante que sólo desea ganarse la vida. Opera en estas
visiones ciertas afirmaciones en base a
la presunción de normalidad o
superioridad de su propia condición social, que justificaría la descalificación
y el rechazo.
Sin duda que este tipo de criticas entrevén un afán de homogeneizar la
población y así poder lograr mayor control social. Deja en claro un racismo que
es selectivo, porque no dicen lo mismo de una rusa, gringa, argentina o
española. La moralidad sólo es aplicada a la colombiana, como si tuviesen el
poder omnímodo de control sobre los hombres chilenos. Sobre las prostitutas
colombianas opera una visibilización mayor por el fenotipo, pero siguen siendo
una minoría.
Siempre existirá una justificación para el rechazo a través de argumentos
morales que hablan de un paternalismo, de una infantilización, minimización y
criminalización del inmigrante latino.
¿Qué debería hacer la comunidad
colombiana para ganarse el respeto, pienso en los chinos de Tocopilla y su
altruismo?
Deben seguir siendo
colombianos como tal, no asimilarse en totalidad a lo que significa Chile en
términos culturales. Deben seguir practicando y recordando a la patria lejana,
desde un transnacionalismo o una translocalidad, que significa vivir como
colombianos fuera de Colombia. Este tipo de práctica transnacional involucra a los individuos, sus
redes sociales, sus comunidades con
proyección a incorporar a las estructuras institucionales más amplias como
gobiernos locales y nacionales, tal como lo hicieron los croatas, italianos,
griegos, alemanes, ingleses, españoles; quienes formaron sus colonias y clubes
artísticos, deportivos y sociales. Notable es el caso de los chinos que
vivieron la misma discriminación que viven los colombianos, pero aún así, se
organizaron y reafirmaron su cultura y lograron insertarse a través de una
simultaneidad cultural.
Se deben detener los enfoques
asimilacionistas y aculturalistas de los políticos que buscan que el colombiano
niegue su cultura de origen a través de una inserción expresada en la práctica integral
a los usos y costumbres de la sociedad receptora, en la que consecuentemente
perderá sus lazos de pertenencia y a la larga su identidad como originario de
otro país; supone por lo mismo, una transferencia de lealtad única al nuevo
país de residencia mediante la adopción de una nueva identidad nacional.
Olvidan que los migrantes son
capaces de reproducir en otros contextos sus formas culturales de ser y de
pensar, además de incidir en las relaciones sociales de su país de origen. Es decir, el
migrante no migra y trasplanta su cultura, lo que hace es reproducirla, la
reestructura y con ello la reformula. La incorporación de los
inmigrantes y las conexiones transnacionales no son procesos contradictorios. Y
su mano de obra no es reemplazante de la local, sino que complementaria porque
se aboca a lo que no quieren hacer los chilenos.

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