viernes, 25 de octubre de 2013

Colombianos, imaginarios y xenofobia



Respuestas a Rodrigo Ramos
Escritor y periodista del diario La Estrella de Antofagasta


© Sebastián Rojas Rojo


A tu juicio, ¿Qué responsabilidad tiene el Estado y el proceso de chilenización, en este problema?

El proceso de chilenización, surgido después de la Guerra del Pacifico, marcó una línea imaginaria (un nuevo mapa) pero a la vez marcó otra línea, centrada en el imaginario racial. Construyó al peruano y boliviano como enemigo eterno de Chile a través de una supuesta inferioridad basada en lo étnico, en lo indígena. Chile triunfante en la guerra, buscó diferenciarse y se proyectó como “país blanco”, en ello contribuye el mito de país blanquecino consolidado por el discurso militar. Es un mito biológico, que surge de la “mezcla” del mapuche, conquistadores y encomenderos. Esa mezcla fruto de la guerra dio pie al espíritu de “raza” y la virtud militar chilena: unión, orden, disciplina; los elementos considerados como claves en la conformación de la nación. En pocas palabras, el blanquecino es el fin al indio puro, porque éste se extingue por el hambre, guerra, epidemia, y trabajo. para ello, suman a la iglesia católica y ahí el mito se adorna con caracteres de revelación teológica, por ello adquiere legitimación.

Una vez superada la guerra, el enemigo y las categorías racistas de superioridad/inferioridad, van operando entre inmigrantes europeos o asiáticos. En la actualidad, se adiciona al inmigrante latino en esta discusión. El colombiano es la victima agregada a estos “enemigos” de la raza, influye en ello el fenotipo: la apariencia de color. Elemento que marca a un otro, a un ajeno, a un distinto, por ello está afuera de lo que se considera parte del mito de origen de lo que supuestamente es Chile. Y todo lo que atenta a lo fundacional, es considerado peligroso.

¿Por qué quienes están en contra los colombianos, argumentan razones básicas (mujeres putas, roban marido, etc) para su rechazo?

Son argumentos vacuos de políticos necios sin asideros cuantitativos o comparativos. Apuntan a situaciones cotidianas y populistas para amplificar el rechazo con una falacia. Generalmente afloran discursos centrados en los estereotipos, prejuicios y por sobre todo en la moralidad, en la expresión y defensa de lo que se entiende como un “buen ciudadano”, cruzándose ideologías religiosas y nacionalistas.

Defienden un esencialismo moral de sociedad y no entienden a la sociedad como dinámica y procesual. Un político que opera con ese tipo de categorías, que piense a la sociedad como estática y homogénea, o con ese tipo de categorías intelectuales, es un personaje más peligroso que cualquier inmigrante que sólo desea ganarse la vida. Opera en estas visiones ciertas  afirmaciones en base a la presunción de normalidad o superioridad de su propia condición social, que justificaría la descalificación y el rechazo.

Sin duda que este tipo de criticas entrevén un afán de homogeneizar la población y así poder lograr mayor control social. Deja en claro un racismo que es selectivo, porque no dicen lo mismo de una rusa, gringa, argentina o española. La moralidad sólo es aplicada a la colombiana, como si tuviesen el poder omnímodo de control sobre los hombres chilenos. Sobre las prostitutas colombianas opera una visibilización mayor por el fenotipo, pero siguen siendo una minoría.
Siempre existirá una justificación para el rechazo a través de argumentos morales que hablan de un paternalismo, de una infantilización, minimización y criminalización del inmigrante latino.

¿Qué debería hacer la comunidad colombiana para ganarse el respeto, pienso en los chinos de Tocopilla y su altruismo?

Deben seguir siendo colombianos como tal, no asimilarse en totalidad a lo que significa Chile en términos culturales. Deben seguir practicando y recordando a la patria lejana, desde un transnacionalismo o una translocalidad, que significa vivir como colombianos fuera de Colombia. Este tipo de práctica transnacional involucra a los individuos, sus redes sociales, sus comunidades  con proyección a incorporar a las estructuras institucionales más amplias como gobiernos locales y nacionales, tal como lo hicieron los croatas, italianos, griegos, alemanes, ingleses, españoles; quienes formaron sus colonias y clubes artísticos, deportivos y sociales. Notable es el caso de los chinos que vivieron la misma discriminación que viven los colombianos, pero aún así, se organizaron y reafirmaron su cultura y lograron insertarse a través de una simultaneidad cultural.

Se deben detener los enfoques asimilacionistas y aculturalistas de los políticos que buscan que el colombiano niegue su cultura de origen a través de una inserción expresada en la práctica integral a los usos y costumbres de la sociedad receptora, en la que consecuentemente perderá sus lazos de pertenencia y a la larga su identidad como originario de otro país; supone por lo mismo, una transferencia de lealtad única al nuevo país de residencia mediante la adopción de una nueva identidad nacional.
Olvidan que los migrantes son capaces de reproducir en otros contextos sus formas culturales de ser y de pensar, además de incidir en las relaciones sociales de su país de origen. Es decir, el migrante no migra y trasplanta su cultura, lo que hace es reproducirla, la reestructura y con ello la reformula. La incorporación de los inmigrantes y las conexiones transnacionales no son procesos contradictorios. Y su mano de obra no es reemplazante de la local, sino que complementaria porque se aboca a lo que no quieren hacer los chilenos.

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