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| Colombiano disfrazado de huaso en Antofagasta. Archivo Rodrigo Ramos |
Los colombianos y el fenómeno xenofóbico del cual sufren en la actualidad en el norte de Chile,
recuerda el mismo proceso vivido por los chinos en los principios del siglo XX:
discursos raciológicos, discusiones sanitarias, acusaciones de competencia
“desleal” en lo laboral, llamados al “control” de la inmigración o el supuesto “menoscabo de
la raza chilena”.
Paralelamente a este
proceso, otros inmigrantes poseían muchas facilidades para el emprendimiento:
ingleses, yugoslavos, griegos, españoles, estadounidenses, italianos,
alemanes... muchos de ellos pasaron de tener sólo pasaporte a poseer niveles de
acumulación financiera exacerbados. Sin duda que operaban, y facilitaban este proceso diferenciador el imaginario referido a la supuesta superioridad europea. Partiendo por la
diferenciación fenotípica entre migrante y autóctono. Básicamente determinada
por el color blanco. Contribuía en ello el proceso de chilenización, que
intentó despreciar la figura del nativo, del nuevo nortino, además de las
teorías evolucionistas y positivistas. Ese mismo imaginario, era eurocéntrico,
y contemplaba a Europa como cuna de la civilización y desarrollo. Aquello dio
paso a una estratificación social muy marcada: los inmigrantes blancos se
vincularon con la elite y se diseminaron en ella. Los inmigrantes ingleses ya
habían financiado la Guerra del Pacífico y se adueñaban del salitre: se imprimía
en el norte el carácter imperial que Inglaterra diseminaba en el orbe.
Al mismo tiempo en que se
recibía con “alfombra roja” a los europeos, en estos territorios englobados
actualmente en el Norte Grande chileno –incorporados a la nación a finales del
siglo XIX después de los conflictos bélicos con los vecinos Bolivia y Perú– los
habitantes nativos se transformaron en “extranjeros” para el Estado chileno.
Los “inmigrantes”, los chilenos, pasaban a ser los dueños, los locales. Ayudaban en el hostigamiento hacia los peruanos y bolivianos las Ligas Patrióticas, grupos caracterizados por su xenofobia, racismo y nacionalismo que, reunidos a modo de paramilitarismo pandillezco amparados en el matonaje, se dedicaron básicamente a acosar y maltratar a peruanos y bolivianos.
Los “inmigrantes”, los chilenos, pasaban a ser los dueños, los locales. Ayudaban en el hostigamiento hacia los peruanos y bolivianos las Ligas Patrióticas, grupos caracterizados por su xenofobia, racismo y nacionalismo que, reunidos a modo de paramilitarismo pandillezco amparados en el matonaje, se dedicaron básicamente a acosar y maltratar a peruanos y bolivianos.
El peruano y el boliviano
se convirtieron en “los otros” para Chile. Ante ello, en el proceso de
“chilenización” que en la práctica significó una transformación cultural
profunda expresada en el cambio de nombre de las calles, la implementación de
una nueva escuela pública, una nueva iglesia y la presencia del ejército,
muchos “ex bolivianos”, o forzosamente chilenos, tuvieron que huir. Por ello,
hablar de migración en el norte de Chile es un concepto que debe ser revisado,
o deconstruido al menos cuando hablamos de los peruanos y bolivianos. Porque
una línea imaginaria impuesta con sangre derramada no modifica las prácticas y
las relaciones culturales transfronterizas de la preguerra.
Estos imaginarios y
herencia de la Guerra del Pacífico siguen vigentes, y se recuerdan con los
peruanos, bolivianos y ahora colombianos, apartados y criminalizados por las
señales visuales que dan sus corporalidades: el fenotipo y su color. Todo bajo
el supuesto de una sociedad chilena “blanquecina”. Contribuye en ello la historia
nacional (basada en mitos oficiales) la escuela, la televisión y los políticos
sandios.
Estos imaginarios de
superioridad atribuido a los inmigrantes europeos, contribuyeron a ciertos
desbordes comunitarios en el norte: de la mano de los inmigrantes se vivieron
verdaderas revoluciones industriales, mecánicas o tecnológicas. La diferencia
entre el allegado y el local se evidenciaba por las tecnologías caseras, el
acceso a los automóviles, la arquitectura monumental, los mejores juguetes, la
adquisición de productos alimenticios exclusivos, la conservación de frutas y
hortalizas en grandes refrigeradores durante todo el año, las actividades de
ocio, las fatuas fiestas, las vestimentas importadas, los viajes de vacaciones.
En fin, muchos elementos que marcaron una gran diferencia entre el nortino,
marcado por su “morenidad”, y el europeo de gustos ostentosos, a su vez
diferenciador fenotípico con el autóctono. Acaso, ¿los nortinos se sintieron
discriminados o desplazados en su propio espacio? Estos inmigrantes se
transformarían en el transcurso de su estancia en los empleadores.
Transformándose en la elite local y regional, vinculada a la política, comercio
y empresariado. Todo era legitimado en base a su origen y carácter
“blanquecino”.
Todo este escenario de
carácter multinacional acontecido en el norte, en donde cada una de las
colonias de inmigrantes europeos se encapsularon en sus actividades pero
repercutiendo firmemente en los devenires económicos de los locales, fue la
expresión de un norte fragmentado. Los nortinos convivieron con una brecha
cultural y económica que los distanciaba y los diferenciaba.
Los chinos siempre fueron
estigmatizados. La presencia china se acompañó del surgimiento de una mirada
autóctona de desprecio y rechazo, debido a que para algunos estos inmigrantes
podían, potencialmente, “degenerar” la llamada “raza chilena”. Los que realmente
riñeron con estos inmigrantes fueron los pertenecientes al comercio
establecido, ya que los orientales comenzaron a instalar negocios ligados con
la venta de carne o con la venta de comida, amenazando, a través de la
competencia, las ventas del comercio local. Además tuvieron que aguantar
proyectos de ley para expulsarlos, para cerrarles las puertas, la exigencia de
un “pasaporte sanitario”, burlas de los grupos de teatro, etc. Ante la
hostilidad, se agruparon, se organizaron y que buscaron poseer legitimidad
social. Surgió el establecimiento de relaciones entre ellos y con los chilenos,
llamada en la cultura china como “guanxi”, y buscaron la construcción de una
“cara” “mianzi”, para obtener un prestigio. Por ello fueron los que siempre
andaban realizando donaciones, grandes fiestas, y fueron acumulando grandes
riquezas gracias a sus negocios.
Un modo de inscripción
cultural de los chinos en la sociedad receptora capitalista. Capitalismo que en
la actualidad sirve de escenario ante los mismos flujos poblaciones
transfronterizos de antaño, estimulándose las mismas disputas y desbordes
factuales y discursivos. Las mismas criminalizaciones y odiosidades ante
personas con trabajos precarios. El eterno ataque a pobres que no se condice
con la permisividad hacia el inmigrante rico, aquel macro extractor del cobre.
El imaginario sigue operando selectivamente, ante una violencia de Estado y
también mediática que recurre a cada instante, selectivamente, a chilenizar
nuevamente los territorios del norte. Paradoja estatal resuelta ante el
entreguismo aplicado a los minerales. Resuenan y se renuevan a cada instante
esas fútiles apologías de “raza chilena” en el norte Chile, se re-construyen
como enemigos los peruanos y bolivianos, adicionándose por ahora los colombianos.

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