Pero
sabemos que es más que una canción, es más que un recuerdo: es una radiografía
que cruza la historia calando hondo en el sentir y recuerdo por la ciudad. En
esas tocopillanías vividas en la
lejanía, es cuando la canción Tocopilla
Triste del grupo Los Golpes, se canta con mayor ahínco en las fiestas del
29 de septiembre o en cualquier actividad festiva que conglomere a los coterráneos
dispersos en el país o el mundo. Ante las agresiones naturales, como el
terremoto del 14 de noviembre del 2007, Tocopilla
Triste emergió como verdadero himno ante el dolor por la perdida de
familiares y la destrucción casi total de la ciudad. El titulo expresaba y
condensaba todo.
Es una
canción que se inscribe desde la melancolía del emigrante. Aquél que ve a su
puerto afligido, en crisis. “Desierta bahía de mi triste puerto, hoy cuando te miro quisiera llorar. Dónde
está tu gente, alegre de antaño, dónde está tu risa, dónde tu cantar”
En esas líneas
se entrevé la vida bohemia y las nocturnidades alegres de puerto. Fiestas y
mujeres, el paraíso para el mercante, y el comerciante establecido alegrado por
la población flotante. Se cruza, luego, la crisis económica estructural por el
embarque mecánico del salitre. La partida de muchos que entristeció al puerto.
Una tristeza asumida desde la década del sesenta, década en que comenzó la vida
de una ciudad económicamente deprimida.
Merecidamente
la canción, en su introducción, incorpora el pito del tren salitrero además de
sus campanazos, la banda sonora de todo tocopillano desde 1927 (año en que
llegaron las máquinas eléctricas). Sonido que ha sido persistente en el tiempo
a pesar de las crisis que ha generado el mismo mineral que transporta. La
tristeza, y el abandono de la ciudad es remitida a la dejación, desdén e
invisibilidad de Tocopilla por parte del Estado y de los distintos gobiernos
que no han atendido las demandas y problemas del bolsón de pobreza que
representa Tocopilla en el concierto regional minero considerado rico.
“Ayer cuando
niño jugaba en tus playas, tus cerros tranquilos mil veces monté. Cabalgué en
tus cielos y sobre tus aguas que el sol me alfombraba al atardecer.”
Estar lejos de la
tierra madre, y hallarse en las
fugacidades que da el cemento, los edificios y las multitudes en las grandes
ciudades, el tocopillano evoca sus paisajes de orígenes. Esas convivencias
entre cerros y mar. Entre la altura de los farellones costeros que permiten
estar entre nubes para contemplar la ciudad desde lejos. Fiel reflejo de la
costumbre infantil de explorar el cordón cordillerano que rodea la ciudad. Los
arreboles tan característicos del puerto en los atardeceres, son los motivos
que inspiran una serie de fotografías y memorias.
El cemento de
los países desarrollados, de las megalópolis, separó al tocopillano y
tocopillana de la naturaleza, lo distanció del palpar geográfico, de la tierra
literal y sus colores, de la coloración del óxido costero, del aroma marítimo,
de la humedad salina, de la sonoridad del viento, de las particularidades del
medio natural tocopillano.
“Cual ave
emigrante partí una mañana, a tierras extrañas muy lejos llegue. Desde aquí te
grito aún eres mi amada, Tocopilla triste, no te olvidaré”
Esa misma
tristeza de la ciudad, esa amargura económica, impulsó la emigración. Arribo a
tierras extrañas que despertaron el amor al lugar de origen. Evocando la vida
cotidiana, la tocopillaneidad, la
vida barrial. En esos duros exilios
por las dictaduras políticas y exilios que indujo el mercado cruel.
Surge la
evocación de la proximidad entre los coterráneos, en la confluencia de cada uno
de ellos en la única calle principal: 21 de Mayo. En donde se conversa en cada
esquina, así, cada tocopillano se siente parte de una red que lo integra y le
da pertenencia y arraigo. Enraizamiento que, curiosamente, en muchos casos
aflora una vez que han partido.
“Recuerdo a mis
padres en esas montañas mi amigo en piedra que el tiempo talló, y tu me perdiste
como a mi amada Tocopilla triste, lloramos de amor”
Tocopilla es
una ciudad en proceso de envejecimiento demográfico. Además de los exiliados
políticos y por efectos del mercado, usualmente los que se han marchado son los
jóvenes, por búsqueda de trabajo y también por ampliar sus horizontes
académicos. Son los viejos los que se han quedado. Caracterizada por sus
piedras (Piedra del Camello, Piedra de la Paragua, Piedra del Elefante, La
Piedra de San Martin, Piedra del Casamiento), la sociedad local pequeña y entre
todos identificada, genera lazos de amistad imperecederos. He allí la
paráfrasis del “amigo que en piedra que
el viento talló”. En los antiguos barrios, se practicaba todo tipo de
deportes, se creaban clubes, las madres de constituían en distintos tipos de
organizaciones: Juntas de Vecinos, clubes de adultos mayores, círculos
artísticos, etc. Surgieron desde allí los matrimonios y las descendencias.
Ahora, conjuntamente a los vínculos sociales se cruzaban los vínculos
sanguíneos. Por ello es común que en septiembre se reúnan antiguas generaciones
del liceo, del politécnico, de ciertos barrios, por ejemplo los vecinos de la
Villa Prat, de la Villa Covadonga, antiguos grupos juveniles como el grupo
“Swat”, los de la discoteque La Cabaña,
entre otros. El agrupamiento y el recuerdo de pertenencia territorial los
convoca. La ciudad poseía un liceo, una escuela de hombres y una de niñas:
todos pasaron por esas aulas. El carácter de lo único (un liceo, una escuela,
una discoteque, una radio…) provocó el aglutinamiento relacional entre los
tocopillanos.
Finalmente la
canción se resume en una exclamación bordeando el juramento:
“desde allí te
grito: aún eres mi amada Tocopilla triste no te
olvidare. Desde allí te grito aún eres mi amada Tocopilla triste a ti
volveré”
Se aglutina la
emoción, la melancolía, la persistencia de un amor a pesar de las precariedades
de la ciudad y el eterno afán de retorno. La construcción retórica de un deseo
persistente en el tiempo, que de pronto de cruza con la realidad de volver a
una ciudad que dejaron pero que a la vez ha cambiado. Se demuestra que los migrantes son capaces de
reproducir en otros contextos sus formas culturales de ser y de pensar, además
de incidir en las relaciones sociales de su ciudad de origen. Es decir, el migrante no migra y trasplanta su cultura, lo
que hace es reproducirla, la reestructura y con ello la reformula. El tocopillano ido, en diáspora,
vuelve de pronto más tocopillano, más
querendón con su tierra en comparación al que reside en la misma ciudad.

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