Sobre las actividades de caza deportiva siempre ha estado en discusión su potencial dimensión sádica. La dimensión del ego es también trascendente toda vez que el animal se considera un ser inferior o un ser sujeto de muerte desde una mirada antropocéntrica. Incluso, está en discusión si acaso es sujeto o no; o bien, si es mero cuerpo autómata. Al mismo tiempo, la caza ha sido considerada una acción de violencia que, en el marco de la ritualidad y del espectáculo del cuerpo muerto, ensalza la condición de virilidad, o las imágenes históricas que derivan en cierta idea de guerrero, de vencedor en tono exaltado (Lanternari, 1983). Frente al ritual, la dimensión de violenta se diluye o se atenúa semánticamente.
En todos estos procesos está la cuestión del doble estatuto de la vida de los seres que habitan la Tierra, y también el agua. Doble estatuto que remite a la condición del derecho a vivir y el derecho a morir. ¿Hubo crueldad en la caza de albacora? ¿Los albacoreros reflexionaron sobre la arista de violencia que implicaba su actividad?
Tocopilla, 1945.
El doble estatuto del animal se refiere a una instancia de transformación, de mutación del animal en cuanto a ser amado hacia ser de violencia y peligro. “Cazar para la ciencia”, decían recurrentemente los diarios estadounidenses sobre la comisión que Michael Lerner llevó a Tocopilla. Entonces, aquel agente de muerte animal, aquellos cazadores se arrogaban, como en muchos otros casos, la autodefinición de “verdaderos ecologistas en virtud a los trabajos que realiza en pro de la fauna” (Sánchez, 2005: 1), como, por ejemplo, estudiar sus migraciones, alimentación, comportamiento y hábitat. Emergen así “dos fuerzas aparentemente opuestas simultáneamente presentes en una situación, una entidad, un proceso o un acontecimiento determinado” (Harvey, 2014: 17); es, en otras palabras, una instancia de contradicción.
El animal marino deviene en víctima, en ser sacrificial. Para ello se leen semióticamente sus señales “asalvajadas”, se interpretan, se codifican y se procede a matarlo. La admirada espada del pez se vuelve dispositivo de peligro mortal para el humano. Por ello, se construye un rival que, en el marco de su potencia, puede matar al cazador. En el decir del antropólogo italiano Sergio Dalla Bernardina: “La caza, en el plano fantástico, es verdaderamente un proceso de transformación de la víctima/persona en una víctima/cosa: el doble estatuto del animal autoriza a matarlo” (Dalla, 2000: 3). Es decir, se trata de una reificación.
En esa dirección, la muerte por causa de la caza no es mera mecánica, sino que estaría inscrita en lo simbólico, “sería un sucedáneo del homicidio” (Dalla, 2000: 8). Tal como se lo pregunta Joseba Zulaika si acaso la actitud del cazador ante el animal “puede reproducirse ante otros objetos y personas” (1992: 110). En esa dirección, consideramos que la caza vendría siendo una instancia sublimatoria.
La caza ayuda a la teatralidad de aquella fractura ontológica que acusa Dalla. Se aprecia la muerte “mediante el rodeo de una gestualidad deliberadamente desvalorizante y se aplican diversas técnicas y rituales mediadores de relación situada en un conflicto, de modo que el diálogo se consolida en el antagonismo de dos agentes activos situados disímilmente.
La “víctima” sería parte de una supuesta “anomia” construida por una subjetividad que estimula la captura y la exhibición del cuerpo muerto. Si analizamos el animal interfecto, colgado, sería lo que Dalla llama “un modo de recitar hasta el final el drama de la cosificación” (2000: 4). Entonces, ¿qué sería lo valioso de un cuerpo capturado? El triunfo ante el rasgo común que posee todo animal: su propensión y devoción a la huida. Ver al animal huir o luchar para no ser atrapado sería un espacio para la inculpación. Es en ese momento cuando se produce una falta imaginaria susceptible de justificar su gesto vengador junto con la necesidad de evocarla públicamente y, con ese acto, obtener prestigio y distinción.
Exhibido públicamente, se espectaculariza la muerte, el cuerpo colgante, con la espada hacia abajo, como muestra simbólica de una inversión de las fuerzas y la confirmación, supuesta, de la jerarquía del humano por sobre el animal. Es confirmar la asimetría. Entonces surge la instancia para archivar y registrar dicha espectacularización, que contiene una fuerte etiqueta de lo inverosímil. Es decir, el archivo se valida por su condición de increíble, por contar y/o mostrar algo casi imposible de lograr. Aun así, la dimensión cadavérica del archivo es evidente.
En aquella escena, la muerte y la crueldad no generan perturbación, es más, fascinan públicamente. Surge el deseo de archivar esa muerte y construir memoria, una marca, ojalá destacada internacionalmente. Es una performance que construye la admiración técnica y de fuerza ante un cazador cuya talla es cinco o cuatro veces menos de lo que representa la bestia cazada. Había que hacerlo antes de que se pudriera o antes de fagocitar lo cazado. El registro se desarrollaba, entonces, en un espacio transicional.
*Fragmento deL libro "Tocopilla es un paraíso para los pescadores". Espectáculo, fama y archivo de la caza deportiva de la albacora (1933-1942).
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