jueves, 26 de octubre de 2017

FLORES DE HOJALATA EN LOS CEMENTERIOS COSTEROS.


Todos los años, en la antesala del Día de Todos los Santos, una decena de mujeres marchan ceremoniosamente al compás de cumbias y sayas interpretadas por una banda de bronce musical. Las trompetas, tubas, cajas, platillos y bombo, brindan la sonoridad y armonía para practicar un singular ritual religioso y popular que se transformó en tradición en el desierto costero de la Atacama tocopillana.

Ellas, junto a algunos escolares, fueron depositando decenas de ofrendas metálicas en cada una de las tumbas que contienen los cementerios de Cobija y Gatico: extintas ciudades situadas a 60 y 50 kilómetros al sur de Tocopilla, respectivamente.

Cada una de los coronas de flores de hojalata construidas por un grupo de mujeres de Tocopilla, colorearon las cruces oxidadas y las maderas ya roídas que están situadas sobres los sepulcros y túmulos con cuerpos de mujeres, mineros y/o portuarios olvidados; como así también depositaron las coronas en el cementerio infantil de Gatico: verdadero archivo lúgubre de los dramas sanitaros atestiguados en el campamento de la Mina Toldo y del poblado colindante a la fundición de Gatico, donde niños y guaguas sufrieron por diversas enfermedades, muchas de ellas relacionadas con los intestinos, particularmente la fiebre tifoidea por consumir aguas de baja calidad, además de anemias, cólicos nefríticos y hepáticos, estreñimientos crónicos, alfombrilla, coqueluche y erisipela.

Estos cementerios de Cobija y Gatico, situados al borde de la carretera, atestiguan no solo una sobrevivencia ante los aluviones, sino que también atestiguan los tránsitos materiales y rituales: de la comida depositada en los primeros cajones, se transitó hacia las flores de papel que, calcinadas por el sol y destruidas por el viento, exigieron la confección de flores de hojalatería como ofrenda. En antaño, en las pampas salitreras los tarros de leche, calaminas y diversas conservas de salmón y atún, sirvieron, a través de su reciclado, para honrar a los fallecidos. Estos artefactos bajaron de la pampa hasta la costa. En la actualidad, también es posible visualizar una gran cantidad de monedas viejas y nuevas que rodean los pequeños cajones de los niños de Gatico, además de peluches, pequeños juguetes y santos en miniatura.

La técnica femenina con sus secretos y creaciones, más los colores, los materiales y los archivos mortuorios, son la escritura social en una costa árida que, año tras año, revive con una peregrinación popular llena de tonalidades, música, oraciones y memoria.

Damir Galaz-Mandakovic
Texto, fotografías y video. 
 

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