La panorámica tocopillana en la década del 70’ nos
ofrecía una sorprendente imagen de vergel, constituyéndose un verdadero contraste
con el desierto y el paisaje urbano.
La microagricultura en los patios, las quintas y los
huertos, profundizaron la tensión con la aridez del desierto en aras de la
subsistencia, autoabastecimiento y cierta soberanía alimentaria, todo en base a
emprendimientos familiares, siendo los inmigrantes europeos los precursores: sin
duda que la memoria de la guerra y de las hambrunas europeas, estimularon a
estos procesos en el desierto que los acogía, ejerciéndose una gestión de escasos
recursos y una minuciosa racionalización del agua, la cual, dicho sea de paso,
no era tan cara como hoy.
En calle Matta estaba la Quinta
de las señoritas Aguirre, la Quinta del practicante Sepúlveda. La quinta de
Stijepsi, la Quinta de Spiro Lepetić, el jardín de los Nishihara (esquina de Matta con
Washington), la Quinta de los Vučina, la Quinta Barraza, en calle Sucre entre Washington y
Freire, las quintas de Panayotopulos, una en calle Prat, entre Freire-
Washington y la otra cercana al Estadio, y tantas otras.
Esta vocación de autarquía local, colapsaría con la
neoliberalización de la economía en la década del 70’ con la aparición de
grandes consorcios agropecuarios, el encarecimiento
y privatización paulatina del agua, la desaparición de los precursores, la
escasa transmisión de saberes de los hortelanos, la aparición de grandes
almacenes que estaban articulados con grandes productores del sur de Chile.


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