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| Cobija y los estragos del terremoto y maremoto del 9 de mayo de 1877 |
El transcurrir del puerto minero boliviano de Tocopilla sería azotado por dos
terremotos con sus respectivos maremotos. El primero de ellos ocurre el 13 de
agosto de 1868; el segundo, el 9 de mayo de 1877.
Según un artículo escrito en el diario El Deber de Valparaíso[1], redactado por un corresponsal enviado a
Tocopilla el 28 de mayo de 1877, se describen parcialmente las
consecuencias del maremoto en las instalaciones mineras.
“Los principales edificios que
había en Tocopilla y que fueron destruidos son los siguientes: Establecimiento de
minerales de Bellavista, de los señores José Odgers y Cía; Establecimiento de Tocopilla.
Edificio de la
compañía de Chacance.
Establecimiento de Punta Blanca, de Dorado hermanos.
Lavadero de cobre y ferrocarril aéreo.
La mina Buena Esperanza se sentó, aplastando a su administrador Mr.
Guillermo Higgins, junto con diecinueve trabajadores. Lo mismo sucedió a la mina Carmelita”.[2]
La descripción del panorama
post maremoto refleja la calamidad vivida. Tocopilla y su trama minera
quedaba aislada.
“Los caminos que comunicaban a
Tocopilla con los establecimientos mineros vecinos quedaron completamente
destruidos, a causa de la tierra que se desprendió de los cerros con el
temblor. (…)
seis son los edificios que tuvieron la
fortuna de salvarse de la inundación. El resto de la ciudad, compuesto de
doscientas a trescientas construcciones, fue barrido por el mar. Una ola
inmensa arrancó los edificios y fue a amontonarlos hecho pedazos en un rincón
de la costa, por el lado del norte. Allí se ven todavía las ruinas en la más
indescriptible confusión.”
La expansión de barrios construidos en material ligero, además del
uso de fogatas interiores para cocinar, estimulaba incendios en una constante
tragedia. Justamente ocurría un incendio a la hora que el mar se abalanzó sobre
Tocopilla.
“La gente se ocupaba en apagar el incendio que en ocho o diez partes se
había declarado, cuando el mar se
hinchó, es la expresión de los que le vieron, pero no produjo daño de
ninguna especie. Se recogió en seguida y subió después a una altura como de
cuatro metros, rompiendo algunas murallas. Luego se echó sobre la ciudad, que
es hoy desolación y tristeza solamente”.[3]
La división social y religiosa de Tocopilla, en una ciudad
incipiente, ya estaba clara. Así lo deja establecido el corresponsal del diario
El Deber de Valparaíso.
“En un extremo de la población arruinada estaba el cementerio y lo mismo
que en todas partes tenía una división que separaba las tumbas de los católicos
de los protestantes. Siempre estas separaciones odiosas que han inventado los
vivos sin provecho alguno para los muertos. Una oleada del mar bastó para romper la separación, obra de la
intemperancia católica, y las modestas cruces y los mausoleos desaparecieron.
No se sabe hasta ahora en qué sitio duermen el sueño de la muerte los creyentes
o los librepensadores, porque una capa de arena cubre el cementerio”. [4]
La escena de campamento minero
de Tocopilla, no estaba ajena a los conflictos entre chilenos y bolivianos. No
olvidemos que en estas tierras la población chilena superaba cuantitativamente
a la boliviana. El corresponsal indica que: “Usted
no comprende, señor editor, cuánto se quejan nuestros compatriotas de los
atropellos cometidos por las autoridades bolivianas. Dicen que después del
terremoto los trataron como a moros, que les negaron toda clase de recursos y
que la noche siguiente a la del temblor ordenaron hacer fuego sobre ellos,
resultando varios muertos y heridos. Las autoridades aseveran lo contrario y
juran que si ordenaron hacer fuego a los chilenos fue porque uno de ellos
asesinó de un balazo a un soldado boliviano, que con sus compañeros trataba de
impedir las fechorías de los mineros, que habían bajado de sus faenas y se llevaron
cuánto había en la ciudad”.
Entonces la cotidianidad local
estaba marcada por la conflictividad que se acentúa al nivel de caos post
maremoto. “Yo no sé cuál de las dos
partes está en la verdad, pero creo que los bolivianos no son tan piadosos ni
tan mansos, ni los peones chilenos tan santos que digamos. El peón chileno
fuera de su país, se siente orgulloso de su nacionalidad y quiere dominar a los
demás como si él fuera su señor. Los bolivianos, que no se creen menos, sobre
todo en su tierra, les salen al frente y de ahí las continuas disidencias, casi
siempre de fatales resultados”. [5]
A los pocos días de la salida de
mar, Tocopilla recibió la visita del buque Abtao, buque chileno que llevaba
ayuda y militares para socorrer a los chilenos. No obstante, la presencia del
buque acrecentó las rivalidades entre chilenos y bolivianos en Tocopilla. Los
chilenos se sentían protegidos. “A los
bolivianos subióseles la mostaza a las narices y se asegura que a un chileno le
calentaron el cuerpo, cosa muy
poco agradable, porque aquí reina más calor que en el infierno, si es que el
infierno es caliente.”[6]
El Abtao, además de proporcionar
ayuda a los damnificados, se transforma en el buque para los lamentos: “Al otro día el Abtao se vio lleno de chilenos que iban a quejarse al señor
Lynch, acompañado del agente consular de nuestro país. El señor Lynch les
contestó que dirigieran sus reclamos al representante de Chile: pidió a éste
que investigara con toda imparcialidad los hechos y enviara todos los
antecedentes al consulado general de Chile en Antofagasta”. [7]
Todo este tenso ambiente, sería
la antesala de una guerra. Una conflictividad que propició una sangrienta
reyerta minera auspiciada por capitalistas chilenos y europeos.
Galaz-Mandakovic, D. y E. Owen
(2015).
[1] Diario El Deber de Valparaíso. Nº 566, edición del 7 junio 1877.
[2] Diario El Deber de Valparaíso. Nº 566, edición del 7 junio 1877.
[3] Ibídem.
[4] Diario El Deber de Valparaíso. Nº 566, edición del 7 junio 1877.
[5] Ibídem.
[6] Ibídem.
[7] Diario El Deber de Valparaíso. Nº 566, edición del 7 junio 1877.

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