- Algunas
preguntas
¿Qué diferencia puede existir entre un rayado realizado
en una pared de una casa en 1926 y otro rayado perpetrado en el año 2013? El
primero marca una cruz en una casa de Tacna cuando esta ciudad era ocupada por Chile, y el segundo rayado realizado en Santiago dice: “Odio a los peruanos de mierda”. El primero realizado por las Ligas
Patrióticas[1]
en el escenario de la disputa entre Chile y Perú en cuanto a la posesión de
Tacna y Arica. ¿Acaso no dicen lo mismo? ¿En qué hemos avanzado?
En una escena parecida: ¿por qué algunos deportistas
siguen usando vestimenta correspondiente a Guerra del Pacífico para resaltar
cierta virilidad?[2]
o ¿Por qué en Chile un preso boliviano es distinto a cualquier otro tipo de
preso?. Recordemos el caso de los soldados que atravesaron involuntariamente la
frontera en enero del 2013, siendo apresados y generando todo un revuelo comunicacional
y tensión entre Chile y Bolivia.
¿Por qué se gastan ingentes cantidades de dinero
para colocar una bandera y disfrazar a sus soldados al estilo Guerra del
Pacífico en el Morro de Arica?[3]
¿Por qué tenemos políticos xenófobos que
derechamente llaman a expulsar a los bolivianos, peruanos y también
colombianos?[4]
O políticos que en programas de televisión[5], además de ridiculizar a
los peruanos en cuanto a que habrían “inventado
un caso”, cuestionaba al gobierno de Chile por no tener “capacidad disuasiva militar” para
resolver la demanda de Perú en la Haya. Es decir, ¿aún existen políticos que
validan la violencia armada para resolver los problemas limítrofes?
¿Por qué en las escuelas públicas de Chile nuestros
niños son disfrazados de marinos y juegan a matar a peruanos y recrean la
violencia de una guerra? ¿En qué medida la escuela reproduce la violencia y la
normaliza o naturaliza en los niños como algo que es legítimo o válido? ¿Por
qué es un orgullo para algunos padres vestir como soldados a sus hijas? ¿A qué se
puede atribuir a que algunos humoristas chilenos siempre sacan a colación al
“peruanito” o al “bolivianito” en sus chistes, ridiculizando en base a
estereotipos y prejuicios.[6] ¿Por qué los marinos
chilenos siguen cantando horribles frases en sus trotes mañaneros: “bolivianos fusilaré, peruanos degollaré”?
[7]
En qué grado éstas e infinitas otras situaciones se
inscriben desde una xenofobia selectiva hacia peruanos y bolivianos y por qué
esas imágenes, imaginaciones e imaginarios remiten nuevamente a la separación, citándose
de modo directo o indirecto, infinitamente, la Guerra del Pacífico, tan
presente en la cotidianidad.
- La otredad como drama modernista y estructuralista
A lo largo del siglo XX fuimos testigos de números
conflictos bélicos, genocidios sistemáticos, masacres y “limpiezas” étnicas,
procesos de apartheid, dictaduras, etc. En todos estos procesos primaba una
narrativa que construía a un otro, a
un otro visto como fuente de “todo
mal”. Derivando de ello procesos de regulación de costumbres, discursos
moralistas, dispositivos de construcción y también de destrucción de sujetos,
dando paso a regímenes de verdad y
sistemas de representación y significación.
Ese otro
fue el depositario de estrategias de regulación y de control de la alteridad en
la modernidad. Esa construcción fue desde un sujeto “ausente”, desde un sujeto
que es imaginado y edificado desde un nosotros,
es decir, gracias a esa ausencia se proyectan las diferencias para pensar la
cultura nacional.
![]() |
| La prensa chilena y la reproducción de estereotipos burlescos y xenofobia. © Archivo Damir Galaz-Mandakovic. |
Entonces, es evidente el aparejamiento de la demonización
del otro. Su invención es resultado
de las interpretaciones oficiales: la delimitación y limitación de sus
perturbaciones. Un depositario de las “fallas sociales”.
Esto emana desde una modernidad y estructuralismo
binario o dicotómico a partir del cual se denominó e inventó de distintos modos
el componente negativo, entre ellos: el marginal, el indigente, el loco, el deficiente,
el drogadicto, el homosexual, el extranjero.
Lo anterior era utilitario para justificar “lo que
somos”, para validar las leyes, las instituciones, “nuestras reglas”, la ética,
la moral discursiva y práctica; era nombrar la “barbarie”, la “herejía”, la mendicidad,
para no ser nosotros mismos esos mismos “barbaros”, “herejes” y “mendigos”. En
ese binarismo, el loco confirma “la razón”; el niño sirve para explicar “la madurez”;
el salvaje ayuda a concebir “nuestra civilización”; el marginado, “nuestra integración
social”; el deficiente “nuestra normalidad” y el extranjero serviría en esa
lógica para definir “nuestro país”.
- Mitología
militar chilena
El discurso militar chileno sacraliza una serie de
procesos considerados como históricos, pero que a la postre han constituido una
serie de imágenes basadas en mitologías. Una muestra de ello es la publicación
de la obra Historia del Ejército de Chile
1603-1952 publicada en nueve tomos entre los años 1980 y 1985 por orden de
la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990)
En este relato que oficializa y monopoliza la
historia militar de Chile, se establecen metáforas y símbolos que buscan visualizar
y organizar el conjunto de la relaciones con los otros a través de una retórica
que busca convencer, emocional y racionalmente en nombre de una supuesta
tradición histórica. En ese contexto, prevalece la concepción de la historia
con un motor, y ese motor sería la raza
blanquecina chilena. Mito biológico que remite a la supuesta mezcla entre
mapuche, conquistadores y encomenderos. Mezcla que, fruto de la guerra, habría
dado paso al espíritu de raza, a la virtud
militar: unión, solidaridad, orden, disciplina, a la nación.[8]
Bajo este raciocinio, el indio sería extinto por
efecto del hambre, la guerra, epidemias, y el trabajo. El pueblo chileno habría
tenido la “suerte” de ser colonizado por los españoles, dando paso a la
“mezcla” que dio pie a la “virilidad”, “liderazgo”, “energía” y “superioridad”
del chileno (Vidal, 1989).
Esta narración instala la creación del Ejército de
Chile en épocas de la colonia española, institucionalización que sería simultanea
a la creación de la “raza chilena” en conjunto con el apogeo del latifundio
colonial y la expansión del catolicismo. Esta formación en simultaneidad supera
en antigüedad a la edad del Estado chileno, por tal razón se autovalída como
institución que debe velar por la salud de su hijo: el Estado. Situación que
explicaría las guerras y la decena de intervenciones contra los obreros y
políticos que “desestabilizaban la nación” (Vidal, 1989).
Este tipo de relatos, deje entrever la tendencia de
la historia como revelación divina, oculta en sus propios hechos y procesos.
Pero no es más que una historiografía en base a racismo, positivismo y
tradicionalismo católico y decimonónico.
- La
Guerra del Pacífico y la racialización
de otredad
El ejército nacional, intervenido y financiado por
empresarios salitreros ingleses y chilenos, tuvo que afrontar una guerra, para
ello fue útil la construcción de una retórica basada en percepciones subjetivas
constituyendo verdaderos artefactos culturales que buscaban destruir al otro –peruanos
y bolivianos- en su moralidad. Artefactos que fueron útiles para otorgar
sentido patriótico a una guerra que en la práctica era impropia. La
deslegitimación del otro desde el punto de vista racial, fue el artificio
principal.
En estos artefactos, es evidente la idea de país
“civilizado” y no indígena que tendría supuestamente Chile. La indigenización del otro, del peruano y
boliviano, fue vital para engrosar las filas y darle un sentido épico,
nacionalista y moral a una guerra económica.
Otro artefacto utilitario para la guerra fue la
invención de un prototipo nacional: el Roto
Chileno.
El Roto
hizo alusión a una conceptualización de la gran masa popular chilena que sólo a
partir del siglo XIX consiguió visibilidad en un escenario de hegemonía
aristocrática castellano-vasca que había privado al pueblo de todo protagonismo
social. El uso de dicha representación poseía sus antecedentes en la guerra de
Chile contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839): en ese momento las tropas
también estuvieron compuestas por improvisados soldados provenientes del bajo
pueblo.
Las retóricas eran leídas, en Perú y
Bolivia, desde la bestialidad y barbarismo del Roto. Por su parte los chilenos emitían estos artefactos retóricos
desde una sociedad que exhibía una supuesta “agencia del progreso”, desde la disciplina
y sentido de patria. No obstante, el piso que intentaba sustentar esta poética
de la guerra era el Darwinismo, el organicismo spenceriano, el positivismo, la
idea de “Nación”, el racismo científico y la oposición entre mestizaje y
purismo de raza.
Entonces, no es casual que los libros más exitosos
en la primera mitad del siglo XX conciban estas retóricas y sacralicen al Roto chileno. Entre los autores más
difundidos están: Francisco Encina quen publicó Historia de Chile (1940-1952), Nicolás Palacios con su libro Raza Chilena (1904), Roberto Hernández
con la obra El Roto Chileno (1929),
Luis Durand y su libro Presencia de Chile
(1942) y finalmente Oreste Plat con el libro Epopeya del Roto Chileno (1957). [9]
- Biopolítica
de la frontera
El resultado de la guerra dio paso a un proceso de
colonización por parte de Chile hacia los territorios incorporados, un proceso
que es conocido en la historiografía como Chilenización.
Son varios los ejes de este proceso, el primero de
ellos remite al nuevo rol que tendría la escuela pública:
llegan nuevos profesores, surge la enseñanza de una
nueva historia, nueva geografía, nuevas canciones, la militarización y prusianización a través del acto del día
lunes, las bandas de guerra, el izamiento de la bandera, etc.
Del mismo modo la militarización de la frontera dio
paso a la aduanización para controlar las circulaciones de los pobladores.
Otro cambio violento que sufren los pueblos
incorporados a Chile hace mención al cambio de nombre de la calles: todas recordatorias
de la guerra y sus héroes, usualmente acompañadas de bustos y monumentos que
recuerdan la beligerancia.
Asimismo, gran parte de las ciudades que poseían
antecedentes prehispánicos, coloniales o eran fruto de la impronta boliviana o
peruana, pasan a ser refundadas: Arica celebra como aniversario fundacional el
7 de junio de 1880, Iquique celebra la instauración del primer municipio en
noviembre que, en conjunto con el 21 de mayo, da la impresión que tienen dos
aniversarios. Calama celebra como su aniversario el 23 de marzo, día en que
Bolivia pierde su acceso al mar, Antofagasta celebra el 14 de febrero de 1879,
día del desembarco de las tropas, Mejillones celebra el 8 de octubre día del
combate de Angamos.[10]
A todo este proceso, se suma la catolización de los pueblos de la precordillera, siendo los curas
verdaderos soldados, y la hegemonía que adquiere la otrora Virgen de la Tirana,
que después de la Guerra del Pacífico pasó a ser mencionada como Virgen del
Carmen, la ya mencionada como Patrona del Ejército de Chile. Que además de
instaurar una sola fecha de celebración, el 16 de julio, se le modificó la
vestimenta, instalándose una banda tricolor chilena, a la usanza de los
presidentes de la república.
Paradójicamente, en este proceso de nacionalización de
los territorios, comienza a darse un proceso inverso, de desnacionalización,
ejercido por grupos económicos foráneos que traen aparejado procesos
inmigratorios europeos. Por un lado existía una xenofobia, una repulsión hacia
lo foráneos, en especial, hacia lo “peruano” y “boliviano”, al mismo tiempo
comienza un proceso de filoxenia, es decir de un amor al extranjero, mucho más
si era blanco, rubio y empresario.
Basta mirar quiénes serían los dueños de las
salitreras en el periodo posbélico, y veremos que predominaban los intereses
ingleses y alemanes. Este escenario dio paso a una atracción, a una escena
centrípeta para otros colectivos: comienzan a llegar yugoslavos, franceses,
alemanes, italianos, españoles, griegos. Colectivos que lograron participar
fuertemente en las dinámicas económicas del nuevo norte de Chile,
constituyéndose en la elite, estructurando una economía de enclave, centrada en
la extracción y en un capitalismo mercantil. Estos grupos contaron con todas
las facilidades para desenvolverse. No así como los chinos, que eran la otredad
en este proceso: ellos eran los amarillos.
Sin embargo, fruto de su emprendimiento lograron configurarse como un colectivo
poderoso, unido y con alta influencia económica.[11]
Este devenir, marcado por la dicotomía, entre
xenofobia y filoxenia eurocéntrica, opera entre “blancos” e “indios”, entre las
nociones de civilización y barbarie.
- Alteridad,
migración e higiene: organización de la diferencia
En los estertores del siglo XX, Chile evidencia
procesos inmigratorios intracontinentales, se atestigua una inmigración latina
en un contexto de neoliberalización de la economía.
Este proceso ha estado marcado por una renovación de
la xenofobia, pero ésta vez mirando desde la higienización del espacio y la
calle, tal como ocurre en Santiago, Arica, Tocopilla o Iquique.
En las citadas ciudades han surgido modos de
incorporación de la población migrante a través de economías étnicas,
redundando en la ocupación del espacio público. Esto da pie a cierto imaginario
de “lo peruano” y de lo que sería también “lo boliviano”. En especial,
economías étnicas caracterizadas por el comercio ambulante, restaurantes, la
venta de comida en paseos, y otros trabajos considerados informales.
La xenofobia y repulsión al inmigrante boliviano y
peruano se articula como retórica desde el supuesto perjuicio sanitario de
dichas prácticas. Entonces, la salubridad e higiene surge como dispositivo
persuasivo que sirve como un organizador de la diferencia entre poblaciones,
como indicador de las mismas, la higiene como agente estigmatizador de espacios
y colectivos ocupantes.
Esta situación nos trae los magros recuerdos de las
relaciones coloniales que se establecieron en ciudades de Asia y África, en
donde variadas ciudades argumentaron desde la higiene para la configuración del
apartheid.
Lo que ocurre en Chile ha derivado también en cierta
retórica del inmigrante, quien se autocoloniza y reproduce los discursos
diferenciadores, asumiendo como reales los discursos estigmatizadores por parte
de los chilenos. Esto se ejemplifica a través indicar las diferencias y
jerarquización interna en Perú y en Bolivia, exhibiendo los regionalismos de la
inmigración y discursos de clases. Muchos peruanos se discriminan entre ellos
indicando si acaso son cholos, serranos,
costeños, charapos, mazamorreros; en el caso boliviano si acaso son cambas o collas.
La ocupación del espacio público da paso a la
criminalización, en donde la prensa escrita es un buen aliado reproduciendo
ciertos “saberes médicos” mezclándolo con alarmismo.
“Corta vida
tienen las cocinerías no autorizadas que cada noche, de preferencia a partir de
las 20 horas, se instalan en calle Catedral entre Puente y Bandera, en el
sector de la Plaza de Armas de Santiago. El alcalde Pablo Zalaquett anunció que
las erradicará, tras someterlas a una amplia fiscalización policial y
sanitaria, para lo cual ya se ha puesto en contacto con personal del Servicio
de Salud y de Carabineros.” (Diario El Mercurio 10 de febrero 2009).
Los usos del espacio público, nos remite a un
proceso de centralidad de la inmigración, en cuanto a espacio para la
aglomeración. Esto ayudado por la búsqueda de trabajo, tramites de
legalización, recursos étnicos y culturales, la práctica de redes sociales,
comunicación entre connacionales y comunicación con sus familias en las tierras
de origen, para consumir comida, acceder a diversión. En fin, es un espacio
social y político de transnacionalidad, facilitando la concentración de
emprendimientos, ejerciéndose redes fuerte y de larga duración, procesos de
reproducción material de la cultura.
- Nacionalismo
ventrílocuo
La estigmatización producida hacia la morenización de la inmigración, nos
remite a la misma expresión de la narrativa militar, siendo éste un discurso
poderoso en su violencia que naturaliza y normaliza los relatos racistas. El
militarismo de Chile construye una dialéctica en su historia, crea un lenguaje
simbólico que es una cárcel, que está preso de categorías arcaicas y
regresiones conceptuales, por tal posee una dimensión cadavérica. Este mismo
relato se expande en la escuela, la televisión, los políticos, los medios de
comunicación, etc.
La historia oficial de Chile es una historia
mitológica, un monólogo, no posee dinámica y se plantea como una historia sagrada
que no incorpora a los otros. Es un monumento del etnocentrismo y nacionalismo
que se ejerce con la persuasión, coerción y fuerza.
Al reproducir esos discursos, la escuela pública y
la población nacional se transforma en ventrílocua, porque está hablando por
otro: es el militarismo en realidad el que está parlamentando.
- Racismo
como trama capitalista
El racismo también debemos situarlo como fenómeno
arraigado en la estructura económica y en el ordenamiento estatutario de la
sociedad capitalista y que el concepto de “raza” es una construcción útil para
la explotación laboral debido a que organiza las divisiones entre el trabajo
servil y el no servil y entre la fuerza laboral explotable y la “sobrante”.
La estructura económica produce
formas racialmente especificas, mal distribuidas, pero esenciales
para sus objetivos. Por ello, los inmigrantes son racializados y son quienes protagonizan los empleos precarios; a la
vez que su color y su origen seguirán siendo lugar de estigmatización en tanto
cuerpo rechazado que “sirve” para labores de
“servicios”.
Debemos agregar en este proceso, la inscripción de
los cuerpos, desde una anatomía que deslinda la política, una anatomopolítica,
siendo el cuerpo un texto, a veces, en una “sospecha”. El cuerpo habla de una
interpretación cerrada, desde el color, el olor, la actitud, el habla, el
caminar, el mirar, el vestirse. El cuerpo deviene en un conjunto de
información, de indicaciones, de signos sin conciencia de lo que se entrega
pero que organizan e implementan un orden racial y laboral.
9. Comentarios finales
En la Tercera Semana de Arte Contemporáneo, SACO3,
en gran medida, las reflexiones, expresadas a través de instalaciones
artísticas, teatro y conferencias de curadores e investigadores, confluyeron en
la necesidad de un nuevo trato, sobre la necesidad de superación de los
metarrelatos y reivindicar al sujeto, en cuanto biografía que cruza los campos
sociales del norte de Chile, sur peruano y occidente boliviano.
Igualmente, es necesaria la critica a los políticos
que hiperbolizan los problemas limítrofes en conjunto con los medios de
comunicación: lo ficticio y la exageración se constituyen como realidad hegemonizando
la satanización del otro.
Se propone la revisión de los relatos históricos y
la valorización de los archivos culturales: archivos depositarios de las
borraduras impulsadas por los nacionalismos de trasnoche y de la alteridad del
mundo moderno y dicotómico, siendo las escuelas las encargadas de reproducir
recitaciones complejas de xenofobia y violencias simbólicas.
De mismo modo, los prejuicios, estereotipos e imaginaciones
del otro redundan en corporalidades que se tensionan, en cuanto a la
aduanización que comprende al otro y su cuerpo como amenaza y sospecha en
espacios antropológicamente densos y más antiguos que la línea fronteriza que
marcan los Estados. He allí, los cuerpos que se desplazan como victimas de la
biopolítica trinacional de frontera.
En esa escena de clausura y vigilancia fronteriza,
como herencia y validación de una guerra de capitalismo minero, el sujeto vive
en tensión cartográfica, perviven, entonces, las porosidades de la frontera
expresadas en la capacidad de agencia de los sujetos que se desplazan, migran,
comercian, con-viven, se aman, trabajan, en un misma región en común. Esto da
pie a dispersiones y a un contraste en la consideración de la lógica estatal
por parte de los pobladores que, a través de sus prácticas cotidianas intentan
romper el paradigma estadual.
La trashumancia del consumo y del trabajo son
evidencias de estas reconstrucciones temporales o estacionarias de los propios
espacios con memoria de dinámicas prechilena, preperuano y preboliviana.
Sin embargo, los cuerpos en tránsito intentan ser
estatizados para controlar sus movimientos. Surgiendo la catalogación e identificación
con lo nacional: peruano, boliviano o chileno. Ser “peruano” “chileno” o
“boliviano” opera como si fuese una categoría que totaliza de forma monódica al
sujeto, como una palabra mágica que lo anula, ejerciéndose una borradura con su
biografía, singularidad, nombre, deseos, sueños, proyectos, etc.
Se hace patente la tensión entre territorio y la territorialidad, entendiendo la diferencia en relación directa con
el Estado al cual “pertenecen” esos lugares y esos cuerpos. La territorialidad
remite al sujeto social y a la diversidad expresada en sus hábitos. En ese
tenor, la diferencia operacional entre territorio y cualquier otra categoría
geográfica –espacio, región o lugar- surgiría al considerar la perspectiva de
los sujetos sociales. El territorio no es identificado y delimitado por el
observador externo, sino por los grupos sociales que mantienen relaciones de
producción, de vecindad o parentesco, y que, como una estrategia, definen un
territorio. La territorialidad es vista como una estrategia de individuos o
colectividades que buscan, de algún modo, controlar, proponer o influir; de
fenómenos y de las relaciones que derivarían de ellos en determinadas áreas
geográficas.
La territorialidad y sus dinámicas son violentadas
cuando se perciben modificaciones en escala intermedia, por las escalas locales
que dejan atrás las decisiones tomadas en las respectivas centralidades: Lima,
La Paz y Santiago.
Las regiones se definen a partir de las prácticas
culturales y materiales de sus propias sociedades. Agregando que las regiones y
sus dinámicas deben ser pensadas como entidades con procesos abiertos y
contingentes.
Es urgente revalorizar la recomposición de nuestras
relaciones vecinales superando los vilipendios institucionalizados, reivindicar
el diálogo del sujeto ante los militarismos y chovinismos con sus infinitos
monólogos de la violencia xenófoba. Dejar atrás la dimensión cadavérica del
lenguaje nacionalista historiográfico y de las relaciones coloniales, apelando
a la multivocalidad de la contemporaneidad.
Para concluir, nuestra investigación detectó ciertas
líneas de integración que consistirían en propuestas para la paz, entre ellas:
fomentar el intercambio cultural permanente, becas para estudiantes en los tres
países. Propiciar en las universidades fronterizas actividades e
investigaciones sobre la triple frontera, migración, historias regionales,
pueblos originarios, para que de este modo podamos descentrar la discusión. Es
necesario estrechar las relaciones entre organizaciones laborales y movimientos
sociales. Establecer libre tránsito en la zona, sin pasaportes para chilenos,
peruanos y bolivianos. Mejorar la situación de los inmigrantes peruanos y
bolivianos. Instituir para ellos programas especiales de ayuda, capacitación,
educación, salud, etc. El desarrollo de un gran polo industrial y tecnológico
que combine la agroindustria de Tacna y extremo sur del Perú, el agua y gas
boliviano, los recursos naturales, técnicos y tecnología de Chile.
Por otra parte, a nivel simbólico, proponer el cambio
de nombre de las calles: sin más militarismos. Repensar la efemérides de la
separación: no más feriados bélicos. Establecer un Día de la Paz trinacional.
Hacer de nuestras escuelas un escenario de integración, repensar las Bandas de
Guerra y su utilidad, repensar los desfiles. Repensar la Cueca, el Copihue, el
Huaso en el norte e incluir manifestaciones regionales. Chile debe devolver el
Huáscar, poner fin a la violencia aduanera: capacitación para la paz, sin
prejuicio, sin estigmas; hacer tangible los tratados, enmendar los temas del
Río Lauca y Silala, y definitivamente solucionar la mediterraneidad de Bolivia.
[1] Grupo chileno
caracterizado por su xenofobia, racismo y nacionalismo que, reunidos a modo de
paramilitarismo pandillezco amparados en el matonaje, se dedicaron a acosar y
maltratar a peruanos y bolivianos residentes en el norte de Chile.
[2] “Chileno se burla de peruanos al usar quepí de la Guerra
del Pacífico. Motociclista chileno usó quepí de la batalla de
Chorrillos en la inauguración del Dakar 2013. Andrés Simón Cárevic García es
también paracaidista militar que desfiló vistiendo un quepí que utilizaron los
soldados chilenos cuando incendiaron y saquearon Chorrillos en 1881” titulaba el portal www.peru.com
[3] “Se
invertirán $480 millones para el proyecto de la bandera Bicentenario en la cima
del Morro de Arica” titulaba el diario La Estrella de Arica (09-12-2013)
Con un mástil de 42 metros de alto, el proyecto fue parte del programa Legado
Bicentenario impulsado por el gobierno de Sebastián Piñera.
[4] Son variados los casos de políticos emitiendo desafortunadas
declaraciones, entre ellos el intendente de Antofagasta Waldo Mora que señaló:
“Hay una cantidad de delitos que no
se conocían en Chile. Algunos extranjeros están creando problemas de
convivencia y quiebres matrimoniales” (Radio Cooperativa, 14 de octubre de 2013). Se
adiciona el candidato a Senador por la región de Antofagasta Daniel Guevara
quien señaló en un programa de televisión de La Red, indicando que existía una inmigración “buena” e inmigración “mala”.
Asimismo, criticó a los colombianos residentes en Chile, por celebrar el empate
de su equipo con la selección chilena en eliminatorias para el mundial de futbol.
En octubre del año 2013, la alcaldesa Karen Rojo dijo: “Se está dando un
proceso migratorio en nuestra ciudad y está generando muchos problemas en la
comunidad. Hay que poner punto final a esta situación” (Diario El País de
Colombia, 18 de octubre 2013).
[5] Opiniones vertidas por el senador Alejandro Guillier
en el programa de Chilevisión Tolerancia
Cero, 23 de enero 2014.
[6] En la versión del Festival de Viña del Mar del año
2014, el dúo humorístico Los Locos del Humor basaron gran parte de su rutina en
la ridiculización de los bolivianos ante la demanda marítima. Frente a las
polémicas, tuvieron que pedir disculpas públicas ante los reclamos del gobierno
de Bolivia.
[7] "Argentinos
mataré, bolivianos fusilaré y peruanos degollaré" cantaron marinos
chilenos. El video fue tomado por un turista y colgado en YouTube. En las
imágenes se puede ver a los militares mientras se entrenan en Viña del Mar. El
audio reproduce los estribillos racistas.” Indicaba el Diario Uno de
Argentina, 6 de febrero de 2013.
[8] Para un análisis mayor, ver: Vidal, H. (1989). Mitología militar chilena: Surrealismo desde el superego.
Minneapolis, MN: Institute for the Study of Ideologies and Literature.
[9] El Roto
como representación de la chilenidad, generaba molestias en la clase alta, por
ello una caricatura exitosa que renovaba esta imagen fue Verdejo (1931),
caricatura difundida por la revista Sucesos.
Condorito (1949) retoma esas picardías a través de un cóndor antropomorfo, para
que finalmente la figura del huaso sea una imagen transversal y nacional que reflejaría
la chilenidad.
[10] De las ciudades incorporadas a Chile, sólo una
mantuvo su fecha original de fundación: Tocopilla. ciudad que celebra el 29 de
septiembre de 1843.
[11] Ver: Galaz-Mandakovic, Damir (2013) Migración
y Biopolítica. Dos escenas del siglo XX tocopillano. Ediciones Retruécanos,
Tocopilla.



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