“ALBACORILLA” (TIBURÓN MAKO): UN VIEJO FRAUDE ALIMENTARIO
Dado que la carne de la albacora era un producto preciado, se fue encareciendo por la dificultad de la caza y la escasez de motores para llegar mar adentro. No siempre los pescadores artesanales cazaban albacora, pero cuando lo hacían, el pescado entraba en un espiral de especulación a través de intermediarios, por lo que finalmente terminaba siendo un “plato caro”. El diario La Prensa tituló el 27 de agosto de 1934: “La albacora sigue siendo un plato de lujo en nuestro puerto”. Según el diario, los vendedores preferían enviar el pescado hacia otras ciudades alejadas de la costa, tales como Calama, Chuquicamata y María Elena, donde los precios no constituían problema por ser un producto marítimo y escaso. Eran las clases modestas locales las afectadas.
En ese contexto, surgió una especie de fraude alimentario, ya que el tiburón mako (Isurus oxyrinchus) comenzó a venderse con el nombre de “albacorilla” por sus texturas, color y tamaño similar a la albacora, pero era una forma de engaño. La carne del tiburón es mucho más amarga que la del pez espada. Una forma de confundir al consumidor consistía en exhibir el pescado sin la cabeza, que cortaban mucho antes de la venta para que no se reconociera la notable diferencia entre un tiburón y una albacora.
Los envíos de carne de albacora hacia la pampa salitrera (María Elena, Pedro de Valdivia, Coya Sur), además de Calama y Chuquicamata, eran decisión del Sindicato de Pescadores. Esta política implicaba que, por ejemplo, el 26 de agosto se recibieron alrededor de 3.000 kilos, de los cuales solo 200 quedaron en Tocopilla.
En efecto, surgieron varios reclamos y conflictos entre consumidores, pescadores, rematadores y autoridades. En algunos casos, “Por propia voluntad los pescadores han rebajado el precio de la albacora” (La Opinión, 26 de junio de 1934), esto ante los hechos de decomisados por no cumplir lo establecido por el Comisariato, institución que fijaba los precios de los alimentos desde 1932. El editor del diario La Opinión comentaba:
“Los pescadores han debido convencerse del profundo error que encierra la política que han seguido en esta temporada de los precios altos, han tenido que reconocer que la razón está de parte del público que los ha boicoteado y cuyo sentir nosotros hemos interpretado al realizar la campaña en contra de los monopolizadores de la albacora” (26 de junio de 1934).
El proceso de la especulación de la albacora fue perseguido por las autoridades, especialmente por el comisario de Subsistencia y Precios, luego de lo cual se creó un reglamento para sancionar las prácticas de colusión (La Opinión, 5 de octubre de 1935). Sobre estos reglamentos, datados en septiembre de 1935, surgieron alzas del precio como “represalia por las determinaciones que tuvo nuestra autoridad con los pescadores i algunos compradores” (La Opinión, 1 de octubre de 1935).
Como era un ejemplar escaso, en el decir del diario La Opinión se motivaría el alza del precio. Según el Sindicato de Pescadores de Tocopilla, las albacoras en algunas épocas se alejaban de Tocopilla y se hallaban en las cercanías de Iquique: “Un motor, para poder llegar a esa latitud, tendría como gasto la alzada suma de $200 pesos, dinero que en la actualidad hay muchos que no cuentan” (La Opinión, 15 de octubre de 1935).
El problema del encarecimiento era un problema de conmoción pública que no tuvo arreglo con el paso de los años. El 30 mayo de 1936, el diario La Opinión señalaba: “Vergonzoso negociado se está practicando con la venta de la albacora (…) numeroso público llegó a protestar a La Opinión por la no intervención de las autoridades contra esta especulación con el pueblo”. Dentro de las quejas, nuevamente surgía el problema del desabastecimiento por efecto de la exportación de la carne de albacora hacia la pampa.
Fue entonces cuando los pescadores deportivos comenzaron a destacarse en el puerto porque donaban las tremendas especies capturadas no solo al Sindicato de Pescadores, sino también a los pobladores, al hospital y a los campamentos mineros del interior de Tocopilla, especialmente a los de las minas La Despreciada y Minitas, muy precarizados, con familias con muchos hijos y con una población que escasamente tenía acceso a productos de primera necesidad.
También se donó carne de albacora a empobrecidos barrios portuarios, tal fue el caso de la población La Manchuria, una barriada extremadamente menesterosa situada en la periferia norte de la localidad. Era un barrio constituido por casas y tolderías de cartones, latas, maderas, plásticos, etcétera. No contaban con agua ni con electricidad, mucho menos con alcantarillado, donde el hacinamiento y la morbilidad eran una conmovedora realidad.
Fue en aquellos barrios y campamentos donde los estadounidenses llegaban raudos en vehículos Ford, usualmente, sin aviso. Eran recibidos como verdaderos héroes. La carne de la albacora calmaba circunstancialmente el hambre y diversificaba la dieta en dichas poblaciones precarias. Asimismo, el aceite de la albacora era usado por algunos hombres para sanar dolencias pulmonares a través de friegas en el pecho y en la espalda. Van Kessel reportó aquella práctica aun en la década de 1980: “El aceite se obtiene de la cabeza del pescado mediante el cocido en agua en recipientes” (Van Kessel, 1986: 11).

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