viernes, 16 de diciembre de 2022

LOS PESCADORES ARTESANALES EN LA DÉCADA DE 1930-40


Despuntando el siglo xx, adentrarse en el mar era todo un desafío cuando no se contaba con embarcaciones que tuvieran motor, razón por la que la caza del pez espada era poco usual, ya que los pescadores que no estaban motorizados iban caleteando o desarrollando una pesca de orilla. 

 

En las primeras tres décadas del siglo xx, la pesca artesanal perfeccionó las materialidades de sus embarcaciones, lo que permitió controlar las infiltraciones del agua y gradualmente ir extendiendo el radio de acción de la pesca. Francesca La Monte, ictióloga del Museo Americano de Historia Natural​ de Nueva York, dijo al respecto: 

 

Durante una estación muy larga del año, las aguas cercanas a Tocopilla están llenas de importantes cantidades de pescado, especialmente el pez espada. Pero los propietarios de los pocos pequeños botes de pesca nativos del puerto se ven obstaculizados por mares pesados y embarcaciones livianas, y en su mayor parte limitan sus actividades a las anchoas cercanas a la costa” (1940: 278).

 

Desde la década de 1930, los pescadores deportivos, normalmente de origen inglés y/o estadounidense, distinguían dos tipos de pescadores: el pescador tradicional y el pescador comerciante. 

 

El pescador tradicional no vendía directamente al público el resultado de su pesca, sino a un intermediario conocido como rematador. Por tal razón, el pescador artesanal era considerado un actor afectado ante el precio final que obtenían los pescados en el mercado local o en la propia pampa salitrera. Una vez que el rematador adquiría los productos, los pescados eran parte de un proceso de especulación en que participaban otros mediadores, con lo cual surgía una especie de espiral inflacionario de los precios. 


Botes en la rada de Tocopilla, julio de 1940. 

Por otra parte, estaba el pescador comerciante, quien, para evitar la especulación, intentó comercializar los resultados de su pesca. Para poder competir, mejoró las condiciones de las embarcaciones optimizando las materialidades y comenzó a perfeccionarse en nuevos métodos de pesca para ganar en tiempo y en cantidad de especies capturadas. Por sobre todo, comenzó a interesarse mucho por la motorización de las barcas. 

 

La motorización les permitió a algunos pescadores llegar a sectores marítimos más lejanos y menos explorados. Al incorporar un mejor arpón, la caza de las albacoras comenzó a aumentar, particularmente en el primer lustro de la década de 1930. Ante el descenso del precio de la bencina a finales de 1932, algunos pescadores optaron por motorizar los botes y dejar de usar remos y velas. Fue entonces cuando, ante la inestabilidad de los precios del combustible, que comenzó a subir en abril de 1933, fue imposible desmotorizar los botes, lo cual trajo como consecuencia el aumento de los precios del pescado: “Las velas fueron vendidas o se deterioraron con el tiempo y no se podría mover a remo las pesadas lanchas”, señalaron a La Prensa de Tocopilla algunos pescadores (21 de abril de 1933). 

 

Kip Farrington, famoso pescador y escritor estadounidense, comentaba: “El pescador comerciante del norte de Chile emplea métodos que casi no tienen nada en común con los del pescador tradicional: para el sustento diario, solo están preocupados en comercializar su captura, mediante la utilización del arpón” (1942: 75).

 

En todas estas miradas, prevalece el análisis de si los pescadores aplicaban o no la racionalidad, ya que eran vistos como agentes económicos en el sentido de si eran óptimas o no dichas aplicaciones, y se evalúan en todo momento las ideas de economización y maximización de las labores. Pero las actividades en la pesca artesanal no tienen como único motivo ir tras la subsistencia, y aunque las relaciones de mercado influyen, no lo son todo. La mirada formalista se centra solo en el cálculo de los tiempos y esfuerzos invertidos y cómo estos factores se traducen en ganancias pecuniarias. Al respecto, el antropólogo Rubio-Ardanaz señala que ese enfoque es muy reduccionista porque hace presuponer que “los agentes adoptarán siempre los cambios técnicos y las nuevas formas de cooperación en la pesca que permitan conseguir mayores rendimientos económicos (2003: 243), es decir, que las actividades de pesca están inscritas en modos de relación heterogéneos y que surgen diversas modalidades de transferencias e intercambios, e incluso de reciprocidad y redistribución, entonces, lo “económico” también considera una serie de factores “no económicos”.

 

El sportsman estadounidense Kip Farrington señalaba que los pescadores artesanales de Tocopilla salían al mar en pequeños botes abiertos, sin cabina de visibilidad, sin mástiles o vigas. Normalmente iban tres hombres: el vigilante, el delantero y el pescador; “el segundo hombre está directamente detrás de él, frente al motor, mientras que el tercer hombre está detrás de él, en una plataforma en la popa, agarrando la caña del timón con los pies” (1942: 75).

 

Igualmente, los estadounidenses indicaban que los pescadores tocopillanos se abalanzaban al mar completamente descalzos. Desde la óptica del foráneo, eran personas aventuradas en botes pequeños y prácticamente sin provisiones de comida, además de que se adentraban en el mar con poca agua potable. De esa manera, sus estancias mar adentro duraban entre dos días hasta una semana, en las cuales llegaban hasta las 150 millas al norte. Muchas veces, ante la precaria logística de los botes, los pescadores dormían encima de sus pescados colocando solamente bolsas de arpillera.

 

Si la pesca resultaba generosa y estaban cerca de Iquique (208 kilómetros lineales hacia el norte de Tocopilla), muchos pescadores optaban por desembarcar en aquel puerto, vender los pescados, vaciar el bote y devolverse hacia Tocopilla recogiendo más pescados. 

 

Entre los pescadores artesanales tocopillanos había también inmigrantes yugoslavos e italianos, quienes, recogiendo la memoria del mar Mediterráneo y del Adriático, adquirieron en Tocopilla algunos botes a remo y se dedicaron completamente a la pesca. Algunos de estos botes lucieron una vela de lona que nombraban como cotuda y con la cual se internaban en el mar hasta perder de vista los cerros del puerto, en busca del codiciado pez espada o albacora, que arponeaban desde sus frágiles embarcaciones” (Collao, 2001: 122). 

 

En el decir de Collao, para cazar albacoras se necesitaban tres personas que, además de requerir de un arpón, una cuerda larga, una buena cantidad de sacos y un bote liviano, necesitaban una importante cantidad de provisiones para subsistir en altamar:

 

"Un hombre manejaba los remos, otro se ocupaba únicamente de lanzar el arpón y el tercero debía llevar listos los sacos para cualquier evento que se produjera en el momento de la operación, porque el pez al sentirse herido se vuelve contra su agresor y eran frecuentes las averías que los animales enfurecidos producían en las frágiles embarcaciones. Debían entonces taponarse el bote con sacos, lo más rápidamente posible y evitar un inminente naufragio en medio del océano" (2001: 122). 

 

El diario The New York Time consignaba que en Tocopilla el pez espada “o pico ancho es bastante común” y que, ante el interés deportivo que estaba despertando dicha especie, “existe una buena oportunidad para obtener una opinión basada en la experiencia de los pescadores locales, que han capturado muchos miles de estos poderosos especímenes” (5 de mayo de 1935).

 

Kip Farrington indicaba que los botes eran tan pobres y viejos que era sorprendente que funcionaran tanto tiempo y que operaran a tanta distancia: “Algunos de ellos salen en veleros, y (…)  van a la caza de la albacora y marlín. A menudo les damos remolque a estas personas, ya que hay muy poco viento en Tocopilla (1942:76). Cabe señalar que la albacora era el único pescado que se vendía por kilos (La Prensa, 21 de abril de 1933), mientras que el resto de las especies se vendía por sarta[1].

 

Juan Collao afirma que fueron entonces la pericia, la serenidad, la intuición y la suerte “los factores comunes de la supervivencia” (2001: 122). Por eso, ante la difusión del motor, las ansias por capturar albacoras también fueron creciendo, porque cazar una albacora era mucho mejor que cazar 200 pescados; además, la albacora ya contaba con una fama de buen sabor, motivo por el cual su carne era más cara. 

 

Como respuesta a la especulación con la albacora durante el primer lustro de la década de 1930, el Comisariato General de Subsistencia y Precios[2], dependiente de la Gobernación Departamental, fijó su precio en $ 1,70. En esas circunstancias, los pescadores de Tocopilla e Iquique acordaron una huelga que consistió en paralizar sus labores para estimular la escasez de pescado en ambos puertos, lo que “vendrá a agravar la situación de las clases populares, ya difícil con el elevado precio de la carne” (La Nación, 10 de septiembre de 1934).

 

Los nuevos desafíos que comportaba la caza de grandes especímenes implicaban también desembarcar las enormes albacoras en muelles sin grúas. Entonces, fueron surgiendo algunas denuncias por el uso de niños para aquellas labores. Por ejemplo, en junio de 1932 se constató que en el Muelle de Pasajeros (aún no existía el Muelle Fiscal[3]) trabajaban numerosos niños, muchos de ellos indigentes, quienes no sobrepasaban los 10 años de edad. Ante dicha realidad ominosa, tuvo que intervenir el alcalde Juan Daniel Ruiz, quien envió una carta a Carabineros señalando lo siguiente: 

 

"Ayer en la tarde he podido imponerme de un hecho que a mi juicio es estrictamente prohibido, entre las 18 y 20 horas he visto al menos 9 muchachos metidos en el agua ayudando a las labores del desembarco de albacoras (...) con el frío que a la hora señalada reina en este tiempo en Tocopilla (junio), es fácil comprender que esos muchachos en medio de su ignorancia o de su inexperiencia, no hacen más que labrarse un puesto entre los atacados por el reumatismo y la tuberculosis. Por añadidura, el espectáculo es inhumano y la labor debe ser prohibida y castigada para los promotores. El municipio tratará de evitarlos por lo que Carabineros debería cooperar"[4].

 

Como demuestra la carta del alcalde Juan Daniel Ruiz, el espectáculo era espantoso y precisaba, incluso, de una intervención policial. Favorecía a dichos actos la propia normalización del trabajo infantil[5] no solo en el muelle, sino también en las pequeñas minas de cobre situadas en los altos cerros del litoral local. 

 

Durante los primeros meses de 1929 visitó las costas del norte de Chile el alemán Hans Lübbert[6], técnico en pesquería. Según el diario La Nación, lo más llamativo, según su perecer, fueron las modalidades de la pesca artesanal, ya que muchos de los pescadores pasaban la noche en altamar sin mayor precaución, “con el mundo reducido a una piragüita bailadora y la inmensa oscuridad en torno. Eso que para mí fue la emoción aventurera de una noche, es para los pescadores la labor y el peligro de todas las jornadas” (15 de marzo de 1929).

 

El técnico alemán señaló en el diario La Nación que los pescadores debieran ser considerados “heroicos” y que no lo sabían, pues se había quedado maravillado al: 

 

"...verlos partir en sus esquifes primitivos que al menor movimiento de los tripulantes parece que se van a volcar, con una velita triangular toda remendada, y disolverse como sombras en el horizonte (…) siguiendo el rumbo de las corvinas y los congrios de las grandes profundidades. Vuelven al otro día como si tal cosa, calados de frío a entregar su pesca que será después materia de suculentas especulaciones comerciales, mientras ellos marchan hacia sus viviendas con unas pocas chauchas en el bolsillo(15 de marzo de 1929)

 

El diario La Nación consigna que los pescadores artesanales eran una clase empobrecida en todo el país y que, de todas las clases pobres, era la que vivía peor. Eran trabajadores por cuenta propia, razón por la cual no figuraban en las clasificaciones del trabajo como asalariados y eran excluidos de los beneficios de las leyes de previsión social. En conclusión, Hans Lübbert llamaba a observar el mar tal como se observa el desierto y sus riquezas salitreras y cupríferas, porque consideraba que el mar de Chile era una fuente natural de recursos no tan valorada. Dicha valorización debía ir de la mano con la protección a los pescadores, que eran pobres, analfabetos y en numerosos casos alcohólicos, pero contaban con cualidades activas que los hacían irremplazables. 

 

Aún en esas circunstancias, el técnico alemán consideraba que los procedimientos náuticos eran ingeniosísimos e insuperables. Señaló que dichas técnicas eran transferencias de saberes que se habían realizado de modo familiar, en generaciones innumerables. Así lo señaló al diario La Nación

 

Son un espléndido material humano. Son valientes, sufridos, hábiles, con una ciencia que no lograrían infundir a cualesquiera años de universidad. Con toda esta preparación, con todas estas cualidades magníficas, con el mar ubérrimo a sus pies, se mueren de hambre. Y lo que es peor: si alguna vez en el mar les toca la mala y una ola se los traga, o la albacora enfurecida les agujerea con su espada la chalupa, ahí quedan los hijos en total desamparo[7].

 

Sobre este la vulnerabilidad de los pesadores ante el ataque de albacoras o tiburones, hemos hallado el caso del pescador tocopillano Aníbal Beytía Geisse, residente en calle Sucre Nº 1252, quien envió una carta al gobernador del Departamento para que lo autorizara a usar una carabina Winchester calibre 44, además de un revolver Smith y Wesson calibre 32: con el fin de dar muerte a los tiburones que con frecuencia siguen a los botes de pescadores, hecho que constituye una seria amenaza para la vida de los tripulantes en caso de volcadura, la que en ciertas oportunidades han efectuado los mismos tiburones[8].

 

Vistos estos antecedentes, el gobernador remite la orden a Carabineros para evaluar el caso, indicándose lo siguiente: 

 

Esta Jefatura de Carabineros se permite hacer presente a esa Gobernación después de haber comprobado la necesidad que asiste al recurrente para acceder a su petición (…) sería conveniente concederle el permiso (…) para sus viajes a alta mar”[9].

En esas circunstancias, el pescador tocopillano Aníbal Beytía fue autorizado por el gobernador Arturo Peralta para cargar armas y de ese modo defenderse de los ataques[10].

 

Un caso de agresión de albacora a los botes de pescadores se notició en mayo de 1936: “El bote Nº 113 de propiedad de Antonio Trobollo fué atacado por una albacora, siendo el golpe tan recio que el bote hizo agua (La Prensa, 8 de mayo de 1936). Gracias a una defensa que de los pescadores con la experiencia que ya tenían, lograron salvarse y pudieron llegar nadando a otro bote.

 

Farrington también se refirió a los riesgos que generaba la albacora: “En las aguas cristalinas fuera de la Corriente de Humboldt, es imposible poder acercarse lo suficiente al pez espada y al marlín como para lanzar su arpón, ya que los peces ven el bote e inmediatamente se vuelven salvajes” (1942: 77).

 

Un panorama general sobre los pescadores artesanales de Tocopilla lo brinda un documento enviado por el capitán de puerto de Tocopilla a la Dirección del Litoral y de Marina Mercante en febrero de 1941, en el cual se indica que la lista de pescadores matriculados en el puerto eran 73, de los cuales solo 18 tenían embarcación propia para sus trabajos. El marino señalaba: “El gremio de pescadores del puerto es pobre y no puede adquirir la embarcación indispensable del pescador, una embarcación cuesta $1.500, los aperos, las redes, anzuelos y lienzas valen otros $1.000[11].

 

También detallaba que los dueños de las embarcaciones eran generalmente del gremio de lancheros o jornaleros de mar, que obtienen salarios bastante elevados y que los más “sobrios y económicos” de aquellos gremios podían adquirir embarcaciones, algunas con motor: “En los mares de esta región abunda el pescado, congrio, corvina, lenguado, pejerrey y en especial la albacora, que produce buenas ganancias a quienes logran pescarla”.

 

El tenor de dicha carta era indicar, entre otros antecedentes, que Tocopilla era un pueblo caro para vivir y que tenía una alta dependencia de los barcos que traían la mercadería, y que cuando “falla el vapor, escasea todo en Tocopilla”: 

 

Me permito insinuar a Ud. que por intermedio de la Dirección de Pesca y Caza se solicite a la Corporación de Fomento a la Producción que facilite el dinero necesario para el gremio de pescadores de Tocopilla para que adquieran sus embarcaciones y elementos de pesca”, señalaba el marino.

 

La petición directa tenía que ver con el propósito de dinamizar el rubro de la pesquería artesanal y así generar un movimiento económico que produciría “abundancia de pescado y bienestar del puerto y al gremio de pescadores”. Ante la sobreproducción, se indicaba que las oficinas salitreras de María Elena y Pedro de Valdivia, además del campamento de la mina de cobre de Chuquicamata, absorberían los pescados tocopillanos. La petición tenía como antecedentes las diversas ayudas que habían recibido los pescadores de Antofagasta e Iquique, menos los de Tocopilla, lo que implicó que varios trabajadores de la pesquería se dedicaran a trabajar como jornaleros marítimos en los muelles que embarcaban salitre[12].

 

Finalmente, más allá de las consideraciones estructuralistas y formalistas que intentaron esencializar las relaciones sociales y las actividades de la extracción marítima, estableciendo puntos comunes que buscaron enlazar y sustancializar a grupos locales, los pescadores tocopillanos fueron considerados tradicionales en el marco de una actividad económica, de interrelación social, pero por sobre todo por los patrimonios tecnológicos con los que contaban y la forma como influían en su inserción y participación en el mercado. 


Ver libro: "Tocopilla es un paraíso para los pescadores". Espectáculofama y archivo de la caza deportiva de la albacora (1933-1942)

 



[1]          Una sarta es un conjunto de entre cuatro a seis pescados unidos por un cordel delgado. Una collera es un conjunto de sartas.

[2]          Institución estatal creada el 31 de agosto de 1932, cuyo objetivo principal era asegurar a toda la población, especialmente a los más empobrecidos, la adquisición de bienes de primera necesidad concernientes a vestuario, alimentación, calefacción, alumbrado, transporte, productos medicinales, entre otros. De esa manera, el Estado controlaba los precios para evitar la especulación, la inflación y el contrabando. 

[3]          El Muelle Fiscal se comenzó a construir en 1930, no obstante, demoró 11 años en terminarse y se empezó a usar en 1941, cuando era alcalde de Tocopilla Víctor Contreras Tapia. La terminación tuvo un costo de 200.000 pesos de la época. La demora se debió a las crisis económicas de la ciudad y de la región, y a la inoperancia de las autoridades que no supieron administrar los recursos ni gestionar otros nuevos.

[4]          Archivo de la Gobernación de Tocopilla, Copia de carta s/n enviada por el alcalde Juan Daniel Ruiz al Comandante de Carabineros, 25 de junio de 1932. 

[5]          Este grupo de la población estaba compuesto mayormente de niños indigentes que, vistos en esas circunstancias, se veían obligados a trabajar en duras faenas, lo que conllevaba su casi nula su instrucción y alfabetismo.

[6]          Luis Schmidt señaló en 1929 que Lübber había sido contratado por el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo para estudiar la organización y fomento de la industria pesquera en Chile. Agregó que había realizado diversas investigaciones y que desempeñaba el alto cargo de director de Pesquería de Hamburgo, que también era presidente honorario de la Unión de Pesquería de Hamburgo, miembro de la Comisión Alemana de Investigaciones Marítimas y del Consejo Internacional permanente para la explotación del mar. 

[7]          Un año antes de estos comentarios, se conoció a través de los diarios de un lamentable hecho ocurrido en el puerto de Pisagua, donde un bote pescador de albacoras tripulado por Romelio Castillo, Simón Segisfredo Morales y Luis Núñez fue atravesado por un pez espada en la barreada de la proa, con lo que los pescadores quedaron tres días al garete. La Nación indicó que dos de ellos habían perecido por consecuencias del frío y el tercer tripulante logró resistir hasta que fue rescatado. El sobreviviente comentó que mientras estaban naufragados pidieron ayuda a la tripulación del vapor de nombre Alba, quienes les negaron la ayuda: “Esta actitud de la tripulación del Alba ha causado justa indignación. Las autoridades reúnen los antecedentes del caso para dar cuenta a la superioridad marítima sobre este hecho inaudito del jefe y tripulantes” (7 de julio de 1928).

[8]          Archivo Gobernación de Tocopilla, Providencia Nº 360, Al Sr. Gobernador. Solicitud para autorización uso y carga de armas prohibidas, 11 de marzo de 1932. 

[9]          Archivo Gobernación de Tocopilla, Oficio Nº 866, A la Gobernación Departamental, sobre permiso para cargar armas prohibidas, solicitud de A. Beytía. 19 de marzo de 1932. 

[10]        Archivo Gobernación de Tocopilla, Decreto Nº 26, 21 de marzo de 1932. 

[11]        Archivo Gobernación de Tocopilla, Ord. Nº 22, al Sr. Director del Litoral y de M.M., remitente Pedro Acevedo Valenzuela, Capitán de Puerto de Tocopilla, 22 de febrero de 1941.

[12]        Íd.

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