Como a todo niño tocopillano, nuestros padres nos llevaban a pasear a las ramadas ubicadas frente al Mercado Municipal.
Era un típico ritual nacional de septiembre que a nivel local se transformaba en un verdadero desfile y paseo de niños luciendo el pantalón recién comprado, los zapatos nuevos, pero que rápidamente quedaban completamente entierrados por el entorno de las ramadas y por supuesto, todos los niños mostraban la polera nueva con algún logotipo de moda: si no era Maui and Sons, lo mejor era ponerse la chaqueta. Si era Maui and Sons, bien valía la pena de soportar el frío de las ramadas para mostrar la adquisición.
Sabíamos que para muchos niños, septiembre era la ocasión de renovar el vestuario y era la posibilidad de lucirlo frente a sus pares. Ir al desfile y conseguir un helado en Espejos, ahí en 21 de mayo casi llegando a Aníbal Pinto, también era una hazaña ante tanta gente que quería su helado de lúcuma.
Poco había que hacer en la casa: existía un solo canal de televisión, el TVN, que nuevamente nos instalaba a los Huasos Quincheros como estrella pop y nos mostraba las maravillas orgullosas del campo, del cual nada conocíamos. Radio Atlanta tocaba las mismas canciones todo el año y la Radio Makarena intentaba una nueva forma de entretención.
Dar una vuelta por las ramadas sin ramas del desierto, significaba chocar con muchos compañeros de curso, escuchar cumbias que borraban la cueca, ver curao’s y quedar con olor a humo de parrilladas y anticuchos con mucha cebolla. El bullicio de cumbias dispersas, constituía un pequeño carnaval comunitario.
Los viejos jugaban la Lota para ganar alguna tetera, platos, planchas o kilos de arroz. En algunas ocasiones, vi a muchos señores que llevaban vanidosamente alguna gallina como premio, alguna radio china o lámparas sin ampolletas. Los niños más chicos se iban a las Pesca Milagrosa, pero también de dirigían al centro de las ramadas donde había un surrealista stand: los Cuyegüitos Espaciales.
“Dos cuyegüitos espaciales por 100 pesos, dos cuyegüitos espaciales por 100 pesos!”, sonaba borrosamente por un precario parlante con micrófono chino comprado en Iquique. Mientras el humo y el polvo iban reemplazando el aroma de las colonias Rodrigo Flaño.
Rodeando el stand de precarias tablas, muchos niños con los números en la mano esperaban ansiosamente ver al cuye ufológico que era metido en un sorprendente platillo volador. Por mientras, los dueños del stand seguían ofreciendo números a los asistentes. Me daba la impresión que pocos compraban números, muchos llegaban solamente a mirar el cuye y el vistoso platillo multicolor.
“¡¡¡Se acaban los números!!” vociferaba el animador sentado en algún rincón del stand.
De repente aparecía algún familiar del animador y metía al cuye en el platillo cósmico. El nerviosismo infantil aumentaba el tamaño de los ojos.
Una vez que el cuye estaba en el interior del platillo, éste era elevado por un cordel por el mismo animador. Mientras se elevaba, todos los niños levantaban su mirada. El platillo comenzaba a girar por la fuerza aplicada manualmente por el familiar del presentador.
El platillo al levantarse lo hacía girando con el cuye en su interior, mientras las ampolletas de colores de la nave eran encendidas. La idea era marear al cuye.
“Se eleva el cuye para premiar a los tocopillanos, pueden llevarse dos tarros de duraznos, o tres kilos de arroz, o tres botellas de aceite”. La dinámica del espectáculo me recordaba a Enrique Maluenda y su popular Festival de la Una, regalando alimentos, cuyas salsas eran probadas por las modelos en vivo. Acá nada se probaba.
El cuye en las alturas, a dos o tres metros, los que representaba casi 100 metros para cada minúscula mirada infantil.
Después de casi un minuto en las alturas, el platillo volador luminoso comenzaba a bajar girando y girando. El clamor de la gente y de los niños nerviosos por el roedor aumentaba. “El cuye ha llegado a la tierra desde un lejano planeta!!!” se escuchaba por el carraspeado parlante.
“¿En cuál casilla se irá refugiar el cuyegüito espacial?, ¿Qué número elegirá?, ¿Qué número tiene usted señora o señor?” preguntaba el entusiasmado dueño y animador.
Una vez que el platillo llegaba a la tierra, en un rápido descenso, el platillo se alzaba fuertemente y el cuye quedaba en el suelo.
Mareado el cuye, estresado por las luces, los gritos, el polvo y el humo, el descompuesto roedor huía y solamente le quedaba meterse en alguna casilla para refugiarse en la oscuridad y huir de tanto mirón. En algunas ocasiones, el cuye quedaba al centro de la pista de tan mareado que estaba. Quedaba abrumado, sin atinar a nada. El viaje espacial era angustioso y vertiginoso para el bicharraco.
Daba vueltas o miraba fijamente alguna casilla. Hasta que de pronto: “Ohhhhhh!!”, elegía alguna casilla como escondite.
Cada casilla poseía un número, si éste coincidía con el que habías comprado, te llevabas el premio alimentario.
Que el cuye se metiera en una casilla y que coincidiera con tu número, era la felicidad máxima, era como hacer un gol, era la suerte del roedor que llegaba a tu persona. El animal era el fetiche animado en una fiesta patriotera de cumbias y con huasos disfrazados. Era atraer todas las miradas de la gente que rodeaba al stand. El cuye escondido traspasaba la fama al ganador porque te transformabas en el suertudo.
Salir con una bolsa del Supermercado Colón llena de provisiones desde las ramadas era motivo de orgullo tierno, de suerte, de tener “cueíta” con el roedor y en el juego. Era la prosperidad a máximo, ya no importaba si los zapatos comprados en la Bata estaban sucios. Ganar el premio era tener una historia segura para contar una vez que se reiniciaran las clases.

genial articulo... Un primo dijo una vez " eresmas tocopillano que el cuye espacial
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