En 1854 el
científico alemán Freiherrn Ernst Von Bibra publicó el libro Reise in
Südamerika consistiendo en un extenso informe sobre sus viajes. En su
paso por Tocopilla y Algodonales, da cuenta de lo siguiente:
“Allí, las
montañas parecen más y más pronunciadas, y el negro cono volcánico, que se
menciona en varias ocasiones fundan pintorescas formaciones rocosas en la
costa, salvaje y vistoso, a menudo muy superiores en los acantilados del mar.
Que la tierra en la bahía en Tocopilla, construido en sabores chilenos, por lo
general de los edificios de madera, que habitaban un norteamericano que tiene
la superintendencia de una parte de las minas. Alrededor de mil pasos más lejos
de aquí hacia el sur está Bella-Vista, el propietario de la mina es Thomas Helsby,
un inglés.”[1]
En su recorrido por
la costa, Freiherrn Ernst Von Bibra llegó hasta los dominios mineros de
los Latrille: “A una hora de ambos asentamientos -Algodonales y
Bella Vista- surge el dominio convertido por un francés, Maximien
Latrille, se llama su finca minera de Duendes (…) a excepción
de las minas, sólo tiene un lugar para dormir en una casa residencial y con
varios cobertizos, en la que los trabajadores, y probablemente también las
mulas y caballos descansan”. [2]
El científico
concluye: “Tocopilla y Bella Vista son similares a Cobija, en un área plana
de la playa, que se extiende desde el agua a las montañas cerca de un centenar
de pasos. A continuación, se eleva rápidamente ascendiendo las montañas, y en
muchos lugares tan empinada que subir es imposible. Así que la vista es contra
el país, delimitada por las paredes crecientes rocas por todas partes, y
aparece la esterilidad. Pero si tomamos la posición a los pies de la montaña, o
sube probablemente un poco más arriba, y luego mira hacia el mar, veremos un
pueblo como un salvaje-agradable, la imagen que se despliega es peculiar”.[3]
Henry Willis Baxley
fue un médico cirujano de Baltimore y en 1860 el Presidente
de EE.UU. James Buchanan lo nombró como Comisionado especial
del Gobierno de los Estados Unidos a la cabeza de una misión para
diagnosticar las condiciones hospitalarias en varios distritos consulares
norteamericanos en el Pacífico. Fue entonces en los finales de 1860 que inició
un viaje hacia el sur del continente.
Al pasar por
Paquica, habla de un “promontorio de un cuarto de milla de longitud de una
altura de 1.200 pies, que forma un ángulo de noventa grados con un escarpado
que se levanta abruptamente”. [4]
Al llegar a
Tocopilla, interesante resulta conocer sus apreciaciones de la intensa
actividad minera de este sector:
“…Tocopilla, que
está formado por una cantidad de pequeñas casas y varios hornos de fundición de
cobre situados en la playa directamente al pie de un escarpado alto de rocas
metamórficas, donde, en varios puntos, por largas distancias hacia el norte y
el sur, se encuentran yacimientos ricos de metal de cobre, dando al lugar
aspecto de un inmenso contrafuerte metálico que resguarda el continente del
sur. Hay tres barcos anclados cerca de la orilla, y al pasar tan cerca de este
majestuoso escarpado que casi se puede vocear, podemos ver catorce hornos encendidos
en este sector de la costa boliviana”.[5]
En 1871 se publicó
en la ciudad de Sucre el informe Cuestiones del Litoral Boliviano ante
la opinión pública, siendo este un informe crítico sobre la gestión del
Estado boliviano en el territorio. En él se indica: “Tocopilla, 54, ó 60
millas al Norte de Cobija, se aleja también demasiado tanto de Calama, como de
Caracoles, ofreciendo el grandísimo inconveniente de una larga quebrada de más
de 10 leguas, con una gradiente fuerte y rápida, que exige inmensos desembolsos
para adaptarla á un camino carretero ó ferrocarril y sobre todo” [6]
La critica de Lucero
sería aún mas lapidaria: “ Tocopilla, es el más horrible y pésimo
desembarcadero, carece de agua absolutamente y tampoco tiene el Estado, ningún
edificio que valga algo, en esta miserable caleta despoblada y sin recursos.” [7]
En el mismo año
-1871- surgió el informe proporcionado por el Delegado del Departamento
del Litoral Justino Daza, quien recorre sus dominios administrativos
reseñando las características generales.
El informe sobre
Tocopilla, indicó lo que sigue: “Conociendo mucho el camino que conduce al
interior por la quebrada de Gatico, resolví hacer mi viaje por la ruta de
Tocopilla, que desde el descubrimiento de Caracoles es bastante frecuentada, i
por esta razón exijía un estudio de ella. Me embarqué el 21 de Marzo, i en la
misma noche arribé al puerto indicado. Las condiciones de la bahía no son de
las mejores, pero ofrecen alguna comodidad para el servicio de playa á merced
de dos muelles de propiedad particular que allí se encuentran, i que se
construyeron cuando las minas de cobre de aquel asiento estaban en auge. Hay
una población regularmente ordenada, con tres a cuatro cientos habitantes,
fuera de los establecimientos de Punta Blanca, situado á cinco millas al Sud, i
Duendes á dos millas al Norte, que cuentan con un número de cien trabajadores.
La administración local está encargada a un Capitán de Puerto que desempeña á
la vez las funciones de intendente de Policía i un Teniente Administrador con
un oficial auciliar que desempeña las funciones fiscales con dependencia de la
Aduana mayor de Cobija. Hai además, un alcalde parroquial, dos ajentes
municipales, una escuela de varones costeada por el Estado.”[8]
El francés André
Bresson indicó que dada la inhospitalidad de la costa boliviana, además de la
ausencia de recursos, el conjunto de pequeños poblados y caletas quedaron
prácticamente en el olvido, no presentaban interés algunos en capitales
privados y tampoco el respaldo del Estado boliviano.
En su libro
publicado en 1886, que retrata una mirada francesa sobre el litoral
boliviano nos dice sobre Tocopilla: “Está situado en una
posición muy mala, al pie de acantilados tan oprimidos por el mar, que apenas hay
lugar para las pocas casas de madera que existen. Su relativa importancia se
debe únicamente a una compañía comercial que eligió este punto, porque
contantemente tiene un gran número de mulas en los caminos del desierto de
Atacama y sus caravanas necesitan agua para poder continuar el viaje. Mantener
depósitos de agua dulce en el desierto resulta muy caro; ahora bien, utilizando
el mal puerto de Tocopilla, se puede recorrer una ruta larga, es cierto, pero
que en un cierto lugar, está provista de agua más o menos potable para las
mulas.” [9]
La negativa visión
de Bresson sobre Tocopilla, “puerto que no permitió mayor estudio” contrastaría
con lo que el Estado boliviano venía proyectando en este puerto anclado al pie
de acantilados oprimidos por el mar, en cuanto a ir elevando su categoría:
Cantón, luego Aduanilla y finalmente Puerto Menor.
En ese mismo tenor,
el viajero de origen inglés Nelson Boyd, en 1881 ya había descrito a Tocopilla
como un lugar en donde “las bocaminas están esparcidas por las colinas que
se levantan abruptamente de la costa. Pequeños senderos como líneas delgadas
serpentean de mina en mina hasta llegar a la playa. Los minerales de cobre son
muy ricos aquí, lo que explica la presencia de moradores en un lugar tan
inhóspito y desolado”. [10]
Posteriormente, en
1896, Francisco San Román[11] afirma que esta zona costera de
Bolivia ofreció escondite y refugio para insurgentes de las guerras de la
Independencia, siendo ocupada temporalmente por una u otra de las partes de la
guerra.
Con la independencia
de la puna de Atacama, evidentemente la concentración territorial y demográfica
se orientó hacia la pre cordillera, hacia la zona andina. Todo lo anterior era
el efecto de una costa considerada inhóspita. “Sus pésimas condiciones
de habitabilidad, -subraya San Román- ya que en ella escaseaba
hasta el agua, habían ahuyentado al hombre, y apenas si existían al norte
caletas miserables como Cobija y Tocopilla, habitadas por pobres pescadores de
lobos…moraban allí como en Cobija, grupos indígenas de ese mismo tipo rácico (changos)”.[12]
Esta mala fama del
sector tocopillano, estaba fundada además en la carencia de agua. A saber que
en el tramo de la costa comprendido entre la boca del río Loa y caleta
Duendes, se hallaban cerca de la playa, dos vertientes de agua potable de
regular calidad. “Cerca de Cobija hay también en la misma orilla del
mar, un pozo de agua potable” apuntaba Billinghurst en
1886.
La gravitación que
proyectó el sector de Algodonales, también es advertida por Francisco San
Román, quien da cuenta de la decadencia ya casi total del sector de caleta
Duendes.
“Tomando datos y
verificando trechos en lo pertinente a los intereses del fisco, se llegaba a
saber que en la caleta Duendes, inmediata a Tocopilla, existían los restos
abandonados de un gran establecimiento que alcanzó a vivir algún tiempo como
centro de administración de las oficinas del interior”
La notoriedad del
saqueo y la destrucción son anotadas por el explorador chileno:
“Junto con
saberlo se constataba la depredación de que era presa y el aspecto de ruina que
ofrecía todo aquel depósito de maquinaria y útiles, muelles, galpones,
edificios y cuánto elemento de trabajo requiere un gran negocio industrial,
revelándose en todo el sello del libre aprovechamiento y vandalaje que cayó
como azote de la guerra y del desgobierno sobre bienes y obras del trabajo que
pudieron haber sido protegidos y salvados oportunamente”.[13]
Como es evidente en
estos apuntes, la visión de los viajeros en su paso por Tocopilla del siglo XIX
es sencillamente negativa hacia el poblado en conformación. Con o sin razón en
lo que afirman, cabe indicar que como buenos hijos de su época, estos viajeros
están mirando, describiendo, analizando o evaluando desde sus propios prismas y
concepciones de verdad. Operando un etnocentrismo, es decir: una actitud o
punto de vista por el que se analiza el mundo de acuerdo con los parámetros de
sus propias culturas. Por ello no pueden comprender el cómo es posible que se
desarrolle vida en el desierto, sin vegetación, con escasez de agua o
equipamientos. Para muchos de ellos, desarrollar un poblamiento en lugares con
ausencia vergel era insólito.
Confluyen en estas
miradas críticas la idea de inferioridad, de atraso, salvajismo, de lento
progreso, incluso de brutalidad en el poblado naciente. De una fuerte sensación
de inexplicación de procesos sociales, económicos e industriales en “geografías
tan abruptas”, en plenos escarpados. Apelando constantemente a la desolación de
los parajes y sus condiciones de inhospitalidad. Una fijación recurrente en la
exotización del paisaje, tanto natural pero también cultural. Prevaleciendo,
sin duda, una mirada desde lo urbano.
Esta idea de
superioridad supuesta del observador, permite el poco interés como acusó
Bresson en su paso. O bien, directamente, miradas racistas sobre los habitantes
nativos y también criminalización con los habitantes migrados hacia los
sectores de Duendes y Algodonales. Por su parte los bolivianos encargados de
informar a la sede de gobierno, dan cuenta de una mirada más crítica en cuanto
a la gestión deficiente en estos territorios acusados como abandonados, con
ausencia de recursos y de personal.
Hermanos Latrille: impronta en el desierto (2015)
D. Galaz-Mandakovic y E. Owen
[1] Von
Bibra, 1854: Pág. 164.
[2]
Ibídem. Pág. 165.
[3]
Ibídem. Pág. 166.
[4]
Baxley, 1865: Pág. 181.
[5]
Ibídem. Pág. 181.
[6]
Lucero, 1871: Pág. 9.
[7] Ibídem. Pág. 9.
[8]
Daza, 1871: Pág. 2.
[9]
Bresson, 1886: Pág. 154.
[10]
Boyd, 1881: Pág. 179.
[11]
Francisco Javier San Román y Navarro, fue explorador, ingeniero en minas y
topógrafo chileno. Nació en Copiapó en 1838 y murió en Santiago en 1902.
[12] San
Román, 1896.
[13] San
Román, 1896:142

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