Las exclusiones barriales y los procesos
de desintegración urbana en Tocopilla no son nuevos: en el transcurrir del
siglo XX fueron varios los sectores que recientemente formados, clamaban la
integración, denunciando siempre la marginación física y simbólica, por sobre todo
económica y social por parte del resto de la ciudadanía, de los políticos y del
Estado.
En la mención de ejemplos de barrios
locales segregados en sus orígenes, podemos identificar el antiguo sector de La
Manchuria, actual población Diego Portales que a contar de la década del
treinta fue expandiendo la ciudad hacia el noreste; asimismo, el simultáneo
caso de los antiguos barrios obreros: El Salto, Pampa Este, Ciudad Perdida,
Huella Tres Puntas, todos ubicados en laderas de cerros, contantemente
marginados y criminalizados desde el punto de vista sanitario, estético,
social, incluso hasta del olor.
En todos estos barrios predominó
originalmente una materialidad precaria, la sensación de lejanía, de tierrales
infinitos, la vulnerabilidad ante fenómenos naturales como el desplazamiento de
laderas en la Huella Tres Puntas o los violentos aluviones que afectaron a La
Manchuria en 1940, sin duda la población más afectada desde el punto de vista
material y también por el alto costo en vidas humanas perdidas en esta tragedia
aluvional del 25 de julio de 1940.
En base a lo anterior podemos afirmar que
cada proceso de expansión urbana en Tocopilla ha incluido un dislocamiento en
la percepción de territorio local. La expansión y la extensión conlleva nuevos
paradigmas, modificaciones de locomoción, nuevas mensuras y una lucha por
sortear escarpadas topografías, dando pie al eterno retraso en la habilitación
de caminos y equipamientos públicos como proceso de gestión reactiva ante la
agencia de vecinos que fueron apropiándose del espacio, en una apropiación no
planificada desde el Estado.
Aunque tarde, estos barrios han sido
integrados al resto de la ciudad, al menos desde el punto de vista vial y se
incluyen dentro de la oferta pública, dejando de ser estigmatizados o negados
por el Estado.
En la actualidad, estos barrios se
con-funden dentro de la trama urbana y pasaron a ser parte de la tendencia a la
homogeneidad material que se observa en la comuna. De esto modo, se naturaliza
el nuevo barrio, la nueva población, es decir el arrabal, el suburbio, la
barriada, dejan de ser como tal, porque la ciudad ha seguido creciendo,
generándose constantemente nuevas fronteras locales.
En esa lógica, proyectamos que el barrio
Pacífico Norte y Las Tres Marías, en un proceso quizás lento, serán parte de
una naturalización y normalización que redundará en una integración. Su
presencia zonal un tanto apartada, será tarde o temprano asumida por el resto
de la comunidad. Lo mismo ocurrió con la población Eduardo Frei (surgida
después del terremoto de diciembre de 1967) y la población Padre Hurtado, en
donde la cotidianidad de la segunda parte de la década del noventa se veía
afectada por varios temas, muchos de ellos referidos a la sensación y
percepción de exclusión y aislamiento; por ejemplo, con el tema de la
locomoción colectiva. Los mismos dramas narrados por los vecinos en cuanto a la
impresión de barrio incomunicado, de espacio de clausura, fue evidenciada en la
población del sector sur. Hoy por hoy, la población se halla completamente
abarcable desde el punto de vista de la locomoción y es parte de las
articulaciones viales. Es parte del cuerpo de la ciudad, aquella empalmada con
las arterias. En efecto, es probable, pero no deseable, que estos fenómenos de
expansión, incluyendo marginación, sigan existiendo. La ciudad es un ente vivo,
que crece, cambia, se modifica en función de los acontecimientos históricos,
sociales, políticos y culturales. Es allí en donde los administradores y agentes
del Estado deben desplegar la proactividad.
En base a los resultados de nuestro
trabajo, atestiguamos la necesidad de una real y auténtica participación
popular, con el propósito de lograr el mejoramiento de las condiciones de vida,
superando el estado precario del asentamiento actual.
Desde las poblaciones se debe desarrollar
una articulación entre propuestas, negociaciones, participación, integración y
aporte crítico en la discusión de ideas y líneas de acción encaminadas a
fortalecer la construcción de la democracia vecinal participativa.
Los vecinos y vecinas ya han explicitado
sus vindicaciones, por tales motivos el mejoramiento de la calidad de vida,
debe ser un proceso de intervención consciente y planificado, a través del cual
la población organizada, con la participación del Estado y otras instituciones,
realiza de manera permanente una transformación progresiva de su propio
hábitat, instalando énfasis en la integralidad del mismo, y asegurando la
replicabilidad del proceso. Se deben ir conformando espacios de participación
democrática a nivel poblacional y local que puedan servir de entrada para el
logro de cambios significativos.
Las poblaciones Pacífico Norte y Las Tres
Marías requieren de tres ejes fundamentales en este proceso: el primero de
ellos debe estar basado en la integridad, es decir en la necesidad de ver la
solución de los problemas como un todo, con una mirada estratégica, de
globalidad y a largo plazo. En segundo lugar, la mejora de la calidad de vida
se debe plantear de modo continuo, siempre ascendente; es decir, de modo
progresivo, atendiendo siempre las particularidades de cada caso. En tercer
lugar, con el fomento de la participación, se hace énfasis en el reconocimiento
de los pobladores, deben ser vistos como sujetos conscientes y activos en la
construcción de un ambiente ciudadano integrador.
Los programas de Estado deben visualizar
a los pobladores como un aporte en las ejecuciones de los proyectos, en las
decisiones y en el desarrollo de la autogestión. Deben proveerse las
herramientas necesarias para la identificación de problemas, la búsqueda de la
soluciones, el diseño de la propuestas, la negociación y gestión de los
recursos, la ejecución y administración de los proyectos, así como la
evaluación y control de su desarrollo y la administración.
Todos los procesos de inclusión social,
traen aparejado el reconocimiento y revalorización de los pobladores a través
de la representatividad y consenso del tejido social barrial para el desarrollo
de una planificación comunitaria que facilite la identificación y articulación
de intereses y la interiorización de objetivos y metas comunes a ser logradas.
Para ello, el desarrollo de procesos de autogestión comunitaria es fundamental.
La participación derivaría en arraigo al barrio, fortaleciendo relatos que
aúnen ideas y proyectos, teniendo presente la articulación de tiempos, ritmos,
actores, fortaleciendo la diversidad vecinal.

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