Carta publicada en La Estrella de Tocopilla (23-05-2014)
Siendo profesor acudí a una serie de jornadas de reflexión
sobre "cómo mejorar la educación", escuchando por horas infinitas
las quejas por parte de los docentes sobre muchos temas. El más repetido: la
violencia en los niños, el matonaje, los golpes, el bullying.
Las causalidades detectadas por los profesores sobre estas conductas eran: 'la culpa es de los apoderados' , 'la televisión', 'los videojuegos', 'la sociedad', etc. La típica culpa del empedrado.
Culpabilización que no los lleva a reflexionar sobre sus
propios actos, siendo, en ciertas ocasiones, verdaderos agentes de la
violencia.
Solo bastó mirar cómo celebran el 21 de mayo en Tocopilla:
niños disfrazados de marinos, jugando a matar peruanos con pistolas de plástico
en mano, arengas nacionalistas, sentimientos de superioridad recordando una
guerra: una macro violencia a nivel de países. Ridiculizando a los peruanos por su forma de hablar, al
punto que en un colegio disfrazaron a una alumna de nana peruana. En otro,
disfrazaron a niños colombianos de marineros, forzando una 'integración'.
Esto es recordar y reproducir un bullying entre naciones.
¿Cómo se habrán sentido los numerosos niños peruanos y bolivianos que asisten a
las escuelas tocopillanas, mientras miraban en el acto de la escuela cómo sus
propios compañeros representaban la ejecución de peruanos y bolivianos en un
acto planificado por sus propios profesores?
Por mientras los pedagogos felices: incitando a que los
niños lean discursos nacionalistas y patrioteros, llenos de sentimientos de
superioridad, con la satisfacción de derrotar y haber matado peruanos y
bolivianos. Después a celebrar con un cóctel lo lindo del acto.
Pero el contenido del acto queda dando vuelta, es asimilado
por los niños, estructura sus lenguajes, sus imaginarios, sus relaciones con
los otros y se definen desde esos contenidos de diferencia, pero desde una
violencia que está legitimada por la escuela. Por una escuela que no reflexiona
sobre lo que inculca, por la aceptación de muertes tangibles y simbólicas que
año a año representan y las enseñan enorgullecidos.
Mejorar la educación tiene que ver también con la
integración, muchos más en un escenario multinacional en el norte. Mientras
sigan estos actos marcados y refrendados por la violencia histórica,
difícilmente tendremos una sociedad mejor. Seguiremos presenciando actos de
atrevimiento físico contra profesores o entre los propios compañeros.
Necesitamos una escuela para la paz que necesariamente nacerá
gracias a una reflexión en los docentes.
Atentamente,
Damir Galaz-Mandakovic Fernández
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