El delincuente, el comerciante considerado como
especulador, el enfermo, el “insano”, el deshigienizado,
la prostituta, el cesante marginado territorialmente, fueron construidos en el
discurso del Estado como categorías horizontales, que compartieron un supuesto
nivel de peligrosidad hacia la población, sus cuerpos fueron asumidos como un
locus de riesgo para la sociedad en cuanto potencial degeneración e infección.
Sobre ellos la violencia fue imperante, por ello su control y examen. Contra
ellos y ellas, fueron creadas técnicas de lo cotidiano para vigilar y corregir
que permitieron desarrollar alianzas múltiples y conflictivas, por ejemplo
entre alcaldes, gobernadores, jueces, médicos, carabineros e inspectores. Todos
ellos imaginaron a los pobres como delincuentes que lidiaron con una gradación
mínima entre normalidad y anormalidad.
El poder
visto desde Foucault es la multiplicidad de las relaciones de fuerzas inmanentes y propias
del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el
juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las
refuerza, las invierte.[1] El
Estado en este periodo de crisis buscó y expresó en su discurso de cuidar la vida, controlar para cuidar.
En esa lógica, Foucault nos dice que, “la
consideración de la vida por parte del poder es un ejercicio (…) sobre el hombre en cuanto ser viviente, una
especie de estatización de lo biológico”.[2] Aquello fue la muestra de gestionar la
salud, de un paternalismo exuberante sobre los cuerpos. Gestión expresada en la
planificación, organización, integración, dirección y control.
Los representantes del Estado, en especial los gobernadores
e intendentes, como así también los alcaldes, fueron tras el control de una
masa poblacional que, fruto de la cesantía, habían dejado las estructuras de
domesticación social conocidas en la pampa salitrera que cumplían función de
inspectoría, en un contexto político determinado por dictaduras militares de
izquierda. Se estatiza el control que va desde la biología hasta la circulación
de los cuerpos en la localidad. Se aprecia el Biopoder entendido como el
conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie
humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una
política, una estrategia política, una estrategia general del poder.[3] Una estrategia centrada en el cuerpo
fiscalizado como medio a un objetivo de domesticación mayor.
Fue necesario un carácter de nosología[4]
por parte del Estado, a través de la clasificación, descripción y
diferenciación de las enfermedades. Por ello la prostituta, o el padecido por
tifus o coqueluche o alfombrilla, eran proscritos. No sin antes ser parte de
las estadísticas clasificatorias, que condenaron a la pena de muerte social.
En
la realidad de Tocopilla de 1930-32, los cesantes se constituían como el
“súbdito” que, al presentarse frente al poder, no está, por pleno derecho, ni
vivo ni muerto. Desde el punto de vista de la vida y la muerte, es neutro, y
corresponde simplemente a la decisión del soberano
–el Estado- que el súbdito tenga derecho a estar vivo o eventualmente muerto.[5] Todavía
más, en estas políticas descritas en cuanto al aislamiento de los infectos, lo
que ocurrió fue la aplicación del derecho a matar: en definitiva, el derecho de
matar posee efectivamente en sí mismo la esencia misma de ese derecho de vida y
de muerte en el momento en que puede matar, “el soberano ejerce su derecho sobre la vida”.[6] Pero
no debemos soslayar que en estas consideraciones del Estado, está la lectura de
un sujeto social puramente pasivo, como una veleta irracional comandada
por un poder. Estas visiones tan unidireccionales, permeación pura “desde
arriba”, suelen omitir la capacidad de agencia que por supuesto ejerce cada uno
de los actores sociales dentro de las leyes del campo en que operan. El Estado
tuvo que hacer frente a espacios rebasados, casi fuera de control. Surge
entonces la pregunta sobre la eficacia de todos estos intentos higienistas,
morales, blanqueadores, arribistas, decentes, etc. El sujeto político siguió
existiendo y la agencia que se manifestó frente al orden establecido, fue lo
que estimuló la reacción estatal.
El poder, ejercido como disciplinario es una cierta
forma capilar, una modalidad mediante el cual el poder político y los poderes
en general logran, en última instancia, tocar los cuerpos, aferrarse a ellos, a
los cuerpos, tomar en cuenta los gestos, los comportamientos, los hábitos, las
palabras; la manera, en síntesis, como todos esos poderes, al concentrarse en
el descenso hacia los propios cuerpos y tocarlos, trabajan, modifican y
dirigen.[7] En
esa dirección, se organizan las estadísticas que permiten centralizar toda la
información, se multiplican las coordinaciones de atención médica, se inician
las campañas de prevención a través del aprendizaje de los aspectos de la
higiene personal, así como la medicalización de la población. No sin antes
censurarla en el discurso y discriminar, a través de la delación, del resto del
grupo.
El
control de la sociedad sobre los individuos no sólo se comete mediante la
conciencia o por la ideología, sino también con el cuerpo. Para la sociedad
capitalista es lo biopolítico lo trascendental ante todo, lo biológico, lo
somático, lo corporal. El cuerpo es una entidad biopolítica, la medicina y el
control sanitario son estrategias de aquella entidad. Los médicos y los
inspectores sanitarios empezaron a verse a sí mismos como los nuevos apóstoles
de la República, quizás estas visiones hacia los médicos es la sustitución de los héroes muertos –como toda la galería de
héroes nacionales que fracasaron en sus batallas- eran en esta ocasión, los
médicos, los héroes vivos en periodo
de trance, eran ellos los que señalaron al país el camino del “progreso” pero esta vez desde lo bio-social, ya
que el sistema capitalista requiere de un pueblo sano, trabajador y bien
alimentado, eficiente y altamente subordinado. Se erige así, en el lenguaje de
Foucault de panópticos sociales, un vigilar
y castigar que sigue a los ideales propuestos por los gobernantes. [8]
Por ello hubo funciones de incitación, de
reforzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las
fuerzas que somete; es decir, un poder destinado a producir fuerzas, a hacerlas
crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas. [9]
Fue este trienio un periodo de acciones por parte el
Estado orientadas a modelar la vida, a administrar y gestionar cuerpos
en el territorio, y al modo en que la intervención de Estado se inscribió en un
proyecto biopolítico que establece la necesidad
de matar los “unos” para
que los “otros” puedan vivir. La
violencia al servicio de las élites.
Tocopilla, a través de esta búsqueda de
“sospechosos”, de “peligros sociales”, vivió una higienización y sanitarización
compulsiva. Una modelación de la población, la invasión del cuerpo viviente, la
gestión distributiva de sus fuerzas, el poder que toma a su cargo la vida, la
implementación de tecnologías políticas, que a partir de allí van a invadir el
cuerpo, la salud, los modos de alimentarse, las condiciones de vida, el espacio
entero de la existencia, de esta forma se ejercieron estos operativos en forma
directa, literal y furiosamente legal.
Según Giorgio Agamben el llamado “cuidado de la
vida” podemos asociarlo a principios políticos de orden eugenético[10]:
la biopolítica nacionalsocialista, lo que en ese escenario calza con un proceso
de chilenización vigente aún en la década del 30. En ese contexto, “la policía
se hace ahora política y
el cuidado de la vida coincide con la lucha contra el enemigo”.[11]
Se suman a los enemigos, además del peruano y boliviano, el cesante en
hambruna.
La chilenización como campaña de fomento de una identidad nacional
impulsada por el Estado chileno, tras la Guerra del Pacífico vista la anexión
de las provincias de Tarapacá y Arica a Chile, significó a la postre un proceso
de transculturación de las zonas ocupadas (sólo habían transcurrido 50 años de
la guerra). La intervención del Estado chileno buscaba consolidar una identidad
nacional homogeneizadora y así inculcar el sentimiento nacional y borrar
deliberadamente todo rasgo cultural peruano y boliviano, además de la
educación pública, el servicio militar obligatorio, el cambio de nombre
de las calles, debemos sumar el control y la construcción de un cuerpo sano,
útil para la nacionalidad forzada e impuesta en estos nuevos chilenos del
norte. Chilenización y biopolítica se aúnan en un proyecto de racismo de Estado. La cohesión temporal
subsumida bajo la autoridad del Estado se halla construida en la necesidad de
llevar la guerra desde afuera de las fronteras hacia adentro. Expuesto en otros
términos: defender la sociedad bajo una supuesta amenaza biológica, se
convierte en el mensaje dominante. En el adoctrinamiento simbólico y físico
sobre el cuerpo, la reclusión, funcionará como el instrumento de disuasión para
que los súbditos cesantes se sometan a los deseos del soberano.
Como deudores de Agamben, afirmamos que la
biopolítica vista en este caso provocó una censura entre pueblo y población.
Ésta censura consiste en hacer surgir del seno mismo del pueblo una población;
es decir, en transfigurar un cuerpo político en un cuerpo esencialmente
biológico.[12]
Cuerpo biológico que trata de controlar y regular en tanto su salud y
enfermedad. “Con el nacimiento del biopoder,
cada pueblo se dobla en población, cada pueblo democrático es, al mismo tiempo, un pueblo demográfico biológico, y en tanto
tal, impolítico[13], que el movimiento tiene que proteger,
sustentar y dejar crecer”.[14]
Así, lo que no “encaja” en el “paisaje social” que
se quiere diseñar se aleja del campo visual, se aísla. O se facilita su muerte
en un lazareto. O se le mata socialmente a través del destierro y al escarnio
público sometido.
Desde otra óptica, el rol asumido por Estado en este
periodo, puede ser concebido en la lógica de un Estado Pastor, porque si el Estado es la forma política de un poder
centralizado y centralizador, podríamos llamar pastorado al poder
individualizador. Porque en ese caso, el papel del pastor consiste “en asegurar la salvación de su rebaño”.[15]
El pastor Estado es omnipotente, paternalista, porque según Foucault: “Debía asumir la responsabilidad del
destino del rebaño en su totalidad y de cada oveja en particular. (…) el pastor
debe poder dar cuenta, no sólo de cada una de las ovejas, sino de todas sus
acciones, de todo el bien o el mal que son capaces de hacer, de todo lo que les
ocurre”. [16]
El rol de
Carabineros puede ser entendido desde un foco distinto, “la
policía se ocupa de la religión, evidentemente no desde el punto de vista de la
verdadera dogmática, sino desde el punto de vista de la calidad moral de la
vida”.[17]
Carabineros es por ello un brazo que articula la biopolítica y los dispositivos
de poder por sobre el cesante. Al velar sobre la salud y los abastecimientos,
se preocupa de la preservación de la vida; tratándose del comercio, de las
fábricas, de los obreros, de los pobres y del orden público, se ocupa de las
comodidades de la vida.[18]
Ya lo vimos en el caso de la repartición de agua o en la violencia hacia los
ebrios o cesantes en marchas y protestas por el pan. Es decir, golpear al ebrio
para que deje de alcoholizarse, en el tenor que “no tomar” mejora su vida. Por
ello se justificó como necesaria la violencia física.[19]
Es misión de la policía garantizar que la gente
sobreviva, viva e incluso haga algo más que vivir. Porque Carabineros, y su
violencia legalizada, explica, lo que permite al Estado aumentar su poder y
ejercer su fuerza en toda su amplitud. La policía debe mantener a los
ciudadanos felices, entendiendo por felicidad la supervivencia, la vida y una
vida mejor. Define perfectamente lo que considera la finalidad del arte moderno
de gobernar, centrado en una racionalidad estatal, la de desarrollar estos
elementos constitutivos de la vida de los individuos de tal modo que su
desarrollo refuerce la potencia del Estado.
El
espacio público engendraría miedos al tratarse de un territorio incontrolado, o
supuestamente incontrolado, por ello peligroso para la estabilidad del país, un
espacio en el que la civilización es considerada excepcionalmente frágil. En
este caso, los usos que se demuestran en el espacio público por parte de los
cesantes son considerados como sujetos en una supervivencia, mientras los
representantes del Estado, consideran este deambular como una transgresión al
orden, a la dignidad y a la “civilización de la ciudad”. [20]
La ciudad puede ser vista como
lugar en donde se sitúa una relación entre individuos y grupos que manifiestan
formas de apropiación diversa respecto del espacio. En este contexto, las formas
de apropiación del espacio se estamparon en la constitución de basurales o de
letrinas de públicas: una clara señal de modificación del orden establecido a
favor de un régimen de control sanitario de “lo público”. Por ello, la ciudad
aparece como un trabajo o una obra en la cual emergen o son inventados
nuevos modos de vivir, de habitar y de
producir lo urbano.[21]
Surgieron así representaciones nuevas de los espacios urbanos, quizás como
respuesta violenta al orden instaurado. En Tocopilla esto se nota muy
especialmente en las laderas de los cerros como espacio, exclusivo, de los
pobres; el muelle como lugar de pernoctación, la ciudad misma como lugar de
embarque de los pampinos en su retorno hacia el sur, y quizás la prostitución y
la constitución de verdaderos barrios
rojos, como otra forma de respuesta en discordia al orden hegemónico y su
biopolítica del espacio.
Se desencadenó el disciplinamiento del espacio, por efecto
de la articulación de un principio de clausura,
es decir, la especificación y determinación de un lugar heterogéneo a los demás
y cerrado sobre sí mismo, lugar protegido y distinto, que se inscribe en la
monotonía disciplinaria. La disciplina, el orden, irrumpe aquí como la forma de
la distribución de los individuos en el espacio urbano, que se realiza por la
técnica de otorgar a cada individuo y su grupo un lugar, pero a su vez, a cada
emplazamiento un individuo.
En control de la circulación,
como así también el confinamiento de los cesantes en las laderas del cerro,
puede ser concebidas en una suerte de marginalidad explicitada: surge la
criminalización, y el espacio es su supuesto delator. Se configura un discurso
del Estado que imputa las enfermedades y suciedades a determinados lugares de
la ciudad, lo que no es más que el ejercicio de un dispositivo de poder basado
en las estadísticas redundando en una geografía
de la transgresión. Una nueva geografía que intenta sobreponerse a otra, a
la de la transgresión del orden. Frente a ella se instala una cartografía
construida desde el Estado. La cartografía que criminaliza, ordena y controla.
Se confirman dispositivos
separativos entre tocopillanos, en razón de compartir un territorio, pero que
se torna disgregado, marginado y estigmatizado por la prensa y el discurso
oficial. Se demuestra que la planificación de la ciudad está influida y viciada
por las grafías de segregación sanitaria y marginación socioeconómica. Se
asumió, en una denotación fiscal, una predisposición inherente a cualquier
cesante en cuanto a condiciones de vida malsanas y faltas de pulcritud.
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[4] La
nosología es la ciencia que tiene por objeto describir, explicar, diferenciar y
clasificar la amplia variedad de enfermedades y procesos patológicos
existentes.
[8] Sin embargo debemos agregar a estas teorizaciones que, el mismo sistema
capitalista, adiciona otras evidentes
necesidades del mismo sistema, que apuntan precisamente a lo contrario: el
gasto, el derroche, la actividad improductiva, incluso la irracionalidad del
consumo, como piedras fundamentales del mismo.
[10] Aplicación
de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie
humana.
[13] Lo impolítico no es lo contrario a la política, sino la política llevada a
sus límites, a su imposible.
[19] La
fuerza policial fue la base de la
represión del gobierno de Carlos Ibáñez del Campos (1927-1931), sin
Carabineros su manutención en el poder hubiera sido débil. La institución del
Cuerpo Carabineros nace en 1927, pero no por un intento de mejorar la gestión
de la seguridad interna, sino como una estrategia de consolidar el poder de
Ibáñez, lo cual se logró unificando a todas las policías rurales y civiles,
cuya data de funcionamiento es desde 1908. No quepa duda, que Ibáñez admiraba
al movimiento de las faces (faces es la raíz etimológica
desde donde deriva la palabra Fascismo) del
Italiano Benito Mussolini, ante ello emuló el nombre de la policía
itálica. Además, a Carabineros se les aumentó el sueldo, hubo también un
aumento en la dotación y se les dio el rango de pertenencia a las Fuerzas
Armadas de Chile.


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