domingo, 19 de enero de 2014

Los pobres y el Biopoder (1930-32)


El delincuente, el comerciante considerado como especulador, el enfermo, el “insano”, el deshigienizado, la prostituta, el cesante marginado territorialmente, fueron construidos en el discurso del Estado como categorías horizontales, que compartieron un supuesto nivel de peligrosidad hacia la población, sus cuerpos fueron asumidos como un locus de riesgo para la sociedad en cuanto potencial degeneración e infección. Sobre ellos la violencia fue imperante, por ello su control y examen. Contra ellos y ellas, fueron creadas técnicas de lo cotidiano para vigilar y corregir que permitieron desarrollar alianzas múltiples y conflictivas, por ejemplo entre alcaldes, gobernadores, jueces, médicos, carabineros e inspectores. Todos ellos imaginaron a los pobres como delincuentes que lidiaron con una gradación mínima entre normalidad y anormalidad.
El poder  visto desde Foucault es la multiplicidad de las relaciones de fuerzas inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las invierte.[1] El Estado en este periodo de crisis buscó y expresó en su discurso de cuidar la vida, controlar para cuidar. En esa lógica, Foucault nos dice que, “la consideración de la vida por parte del poder es un ejercicio (…) sobre el hombre en cuanto ser viviente, una especie de estatización de lo biológico”.[2] Aquello fue la muestra de gestionar la salud, de un paternalismo exuberante sobre los cuerpos. Gestión expresada en la planificación, organización, integración, dirección y control.
Los representantes del Estado, en especial los gobernadores e intendentes, como así también los alcaldes, fueron tras el control de una masa poblacional que, fruto de la cesantía, habían dejado las estructuras de domesticación social conocidas en la pampa salitrera que cumplían función de inspectoría, en un contexto político determinado por dictaduras militares de izquierda. Se estatiza el control que va desde la biología hasta la circulación de los cuerpos en la localidad. Se aprecia el Biopoder entendido como el conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia general del poder.[3] Una estrategia centrada en el cuerpo fiscalizado como medio a un objetivo de domesticación mayor.
Fue necesario un carácter de nosología[4] por parte del Estado, a través de la clasificación, descripción y diferenciación de las enfermedades. Por ello la prostituta, o el padecido por tifus o coqueluche o alfombrilla, eran proscritos. No sin antes ser parte de las estadísticas clasificatorias, que condenaron a la pena de muerte social.
En la realidad de Tocopilla de 1930-32, los cesantes se constituían como el “súbdito” que, al presentarse frente al poder, no está, por pleno derecho, ni vivo ni muerto. Desde el punto de vista de la vida y la muerte, es neutro, y corresponde simplemente a la decisión del soberano –el Estado- que el súbdito tenga derecho a estar vivo o eventualmente muerto.[5] Todavía más, en estas políticas descritas en cuanto al aislamiento de los infectos, lo que ocurrió fue la aplicación del derecho a matar: en definitiva, el derecho de matar posee efectivamente en sí mismo la esencia misma de ese derecho de vida y de muerte en el momento en que puede matar, “el soberano ejerce su derecho sobre la vida”.[6] Pero no debemos soslayar que en estas consideraciones del Estado, está la lectura de un sujeto social puramente pasivo, como una veleta irracional comandada por un poder. Estas visiones tan unidireccionales, permeación pura “desde arriba”, suelen omitir la capacidad de agencia que por supuesto ejerce cada uno de los actores sociales dentro de las leyes del campo en que operan. El Estado tuvo que hacer frente a espacios rebasados, casi fuera de control. Surge entonces la pregunta sobre la eficacia de todos estos intentos higienistas, morales, blanqueadores, arribistas, decentes, etc. El sujeto político siguió existiendo y la agencia que se manifestó frente al orden establecido, fue lo que estimuló la reacción estatal.

El poder, ejercido como disciplinario es una cierta forma capilar, una modalidad mediante el cual el poder político y los poderes en general logran, en última instancia, tocar los cuerpos, aferrarse a ellos, a los cuerpos, tomar en cuenta los gestos, los comportamientos, los hábitos, las palabras; la manera, en síntesis, como todos esos poderes, al concentrarse en el descenso hacia los propios cuerpos y tocarlos, trabajan, modifican y dirigen.[7] En esa dirección, se organizan las estadísticas que permiten centralizar toda la información, se multiplican las coordinaciones de atención médica, se inician las campañas de prevención a través del aprendizaje de los aspectos de la higiene personal, así como la medicalización de la población. No sin antes censurarla en el discurso y discriminar, a través de la delación, del resto del grupo.
El control de la sociedad sobre los individuos no sólo se comete mediante la conciencia o por la ideología, sino también con el cuerpo. Para la sociedad capitalista es lo biopolítico lo trascendental ante todo, lo biológico, lo somático, lo corporal. El cuerpo es una entidad biopolítica, la medicina y el control sanitario son estrategias de aquella entidad. Los médicos y los inspectores sanitarios empezaron a verse a sí mismos como los nuevos apóstoles de la República, quizás estas visiones hacia los  médicos es la sustitución de los héroes muertos –como toda la galería de héroes nacionales que fracasaron en sus batallas- eran en esta ocasión, los médicos, los héroes vivos en periodo de trance, eran ellos los que señalaron al país el camino del “progreso” pero esta vez desde lo bio-social, ya que el sistema capitalista requiere de un pueblo sano, trabajador y bien alimentado, eficiente y altamente subordinado. Se erige así, en el lenguaje de Foucault de panópticos sociales, un vigilar y castigar que sigue a los ideales propuestos por los gobernantes. [8]

Por ello hubo funciones de incitación, de reforzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que somete; es decir, un poder destinado a producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas. [9]
Fue este trienio un periodo de acciones por parte el Estado orientadas a modelar la vida, a administrar y gestionar cuerpos en el territorio, y al modo en que la intervención de Estado se inscribió en un proyecto biopolítico que establece la necesidad de matar los “unos” para que los “otros” puedan vivir. La violencia al servicio de las élites.
Tocopilla, a través de esta búsqueda de “sospechosos”, de “peligros sociales”, vivió una higienización y sanitarización compulsiva. Una modelación de la población, la invasión del cuerpo viviente, la gestión distributiva de sus fuerzas, el poder que toma a su cargo la vida, la implementación de tecnologías políticas, que a partir de allí van a invadir el cuerpo, la salud, los modos de alimentarse, las condiciones de vida, el espacio entero de la existencia, de esta forma se ejercieron estos operativos en forma directa, literal y furiosamente legal.
Según Giorgio Agamben el llamado “cuidado de la vida” podemos asociarlo a principios políticos de orden eugenético[10]: la biopolítica nacionalsocialista, lo que en ese escenario calza con un proceso de chilenización vigente aún en la década del 30. En ese contexto, “la policía se hace ahora política y el cuidado de la vida coincide con la lucha contra el enemigo”.[11] Se suman a los enemigos, además del peruano y boliviano, el cesante en hambruna.
La chilenización como campaña de fomento de una identidad nacional impulsada por el Estado chileno, tras la Guerra del Pacífico vista la anexión de las provincias de Tarapacá y Arica a Chile, significó a la postre un proceso de transculturación de las zonas ocupadas (sólo habían transcurrido 50 años de la guerra). La intervención del Estado chileno buscaba consolidar una identidad nacional homogeneizadora y así inculcar el sentimiento nacional y borrar deliberadamente todo rasgo cultural peruano y boliviano,  además de la  educación pública, el servicio militar obligatorio, el cambio de nombre de las calles, debemos sumar el control y la construcción de un cuerpo sano, útil para la nacionalidad forzada e impuesta en estos nuevos chilenos del norte. Chilenización y biopolítica se aúnan en un proyecto de racismo de Estado. La cohesión temporal subsumida bajo la autoridad del Estado se halla construida en la necesidad de llevar la guerra desde afuera de las fronteras hacia adentro. Expuesto en otros términos: defender la sociedad bajo una supuesta amenaza biológica, se convierte en el mensaje dominante. En el adoctrinamiento simbólico y físico sobre el cuerpo, la reclusión, funcionará como el instrumento de disuasión para que los súbditos cesantes se sometan a los deseos del soberano.  
Como deudores de Agamben, afirmamos que la biopolítica vista en este caso provocó una censura entre pueblo y población. Ésta censura consiste en hacer surgir del seno mismo del pueblo una población; es decir, en transfigurar un cuerpo político en un cuerpo esencialmente biológico.[12] Cuerpo biológico que trata de controlar y regular en tanto su salud y enfermedad. “Con el nacimiento del biopoder, cada pueblo se dobla en población, cada pueblo democrático es, al mismo tiempo, un pueblo demográfico biológico, y en tanto tal, impolítico[13], que el movimiento tiene que proteger, sustentar y dejar crecer”.[14]
Así, lo que no “encaja” en el “paisaje social” que se quiere diseñar se aleja del campo visual, se aísla. O se facilita su muerte en un lazareto. O se le mata socialmente a través del destierro y al escarnio público sometido.
Desde otra óptica, el rol asumido por Estado en este periodo, puede ser concebido en la lógica de un Estado Pastor, porque si el Estado es la forma política de un poder centralizado y centralizador, podríamos llamar pastorado al poder individualizador. Porque en ese caso, el papel del pastor consiste “en asegurar la salvación de su rebaño”.[15] El pastor Estado es omnipotente, paternalista, porque según Foucault: “Debía asumir la responsabilidad del destino del rebaño en su totalidad y de cada oveja en particular. (…) el pastor debe poder dar cuenta, no sólo de cada una de las ovejas, sino de todas sus acciones, de todo el bien o el mal que son capaces de hacer, de todo lo que les ocurre”. [16]
El rol de  Carabineros puede ser entendido desde un foco distinto,  “la policía se ocupa de la religión, evidentemente no desde el punto de vista de la verdadera dogmática, sino desde el punto de vista de la calidad moral de la vida”.[17] Carabineros es por ello un brazo que articula la biopolítica y los dispositivos de poder por sobre el cesante. Al velar sobre la salud y los abastecimientos, se preocupa de la preservación de la vida; tratándose del comercio, de las fábricas, de los obreros, de los pobres y del orden público, se ocupa de las comodidades de la vida.[18] Ya lo vimos en el caso de la repartición de agua o en la violencia hacia los ebrios o cesantes en marchas y protestas por el pan. Es decir, golpear al ebrio para que deje de alcoholizarse, en el tenor que “no tomar” mejora su vida. Por ello se justificó como necesaria la violencia física.[19]
Es misión de la policía garantizar que la gente sobreviva, viva e incluso haga algo más que vivir. Porque Carabineros, y su violencia legalizada, explica, lo que permite al Estado aumentar su poder y ejercer su fuerza en toda su amplitud. La policía debe mantener a los ciudadanos felices, entendiendo por felicidad la supervivencia, la vida y una vida mejor. Define perfectamente lo que considera la finalidad del arte moderno de gobernar, centrado en una racionalidad estatal, la de desarrollar estos elementos constitutivos de la vida de los individuos de tal modo que su desarrollo refuerce la potencia del Estado.
El espacio público engendraría miedos al tratarse de un territorio incontrolado, o supuestamente incontrolado, por ello peligroso para la estabilidad del país, un espacio en el que la civilización es considerada excepcionalmente frágil. En este caso, los usos que se demuestran en el espacio público por parte de los cesantes son considerados como sujetos en una supervivencia, mientras los representantes del Estado, consideran este deambular como una transgresión al orden, a la dignidad y a la “civilización de la ciudad”. [20]

La ciudad puede ser vista como lugar en donde se sitúa una relación entre individuos y grupos que manifiestan formas de apropiación diversa respecto del espacio. En este contexto, las formas de apropiación del espacio se estamparon en la constitución de basurales o de letrinas de públicas: una clara señal de modificación del orden establecido a favor de un régimen de control sanitario de “lo público”. Por ello, la ciudad aparece como un trabajo o una obra en la cual emergen o son inventados nuevos modos de vivir, de habitar y de  producir lo urbano.[21] Surgieron así representaciones nuevas de los espacios urbanos, quizás como respuesta violenta al orden instaurado. En Tocopilla esto se nota muy especialmente en las laderas de los cerros como espacio, exclusivo, de los pobres; el muelle como lugar de pernoctación, la ciudad misma como lugar de embarque de los pampinos en su retorno hacia el sur, y quizás la prostitución y la constitución de verdaderos barrios rojos, como otra forma de respuesta en discordia al orden hegemónico y su biopolítica del espacio. 

Se desencadenó el disciplinamiento del espacio, por efecto de la articulación de un principio de clausura, es decir, la especificación y determinación de un lugar heterogéneo a los demás y cerrado sobre sí mismo, lugar protegido y distinto, que se inscribe en la monotonía disciplinaria. La disciplina, el orden, irrumpe aquí como la forma de la distribución de los individuos en el espacio urbano, que se realiza por la técnica de otorgar a cada individuo y su grupo un lugar, pero a su vez, a cada emplazamiento un individuo. 

En control de la circulación, como así también el confinamiento de los cesantes en las laderas del cerro, puede ser concebidas en una suerte de marginalidad explicitada: surge la criminalización, y el espacio es su supuesto delator. Se configura un discurso del Estado que imputa las enfermedades y suciedades a determinados lugares de la ciudad, lo que no es más que el ejercicio de un dispositivo de poder basado en las estadísticas redundando en una geografía de la transgresión. Una nueva geografía que intenta sobreponerse a otra, a la de la transgresión del orden. Frente a ella se instala una cartografía construida desde el Estado. La cartografía que criminaliza, ordena y controla.

Se confirman dispositivos separativos entre tocopillanos, en razón de compartir un territorio, pero que se torna disgregado, marginado y estigmatizado por la prensa y el discurso oficial. Se demuestra que la planificación de la ciudad está influida y viciada por las grafías de segregación sanitaria y marginación socioeconómica. Se asumió, en una denotación fiscal, una predisposición inherente a cualquier cesante en cuanto a condiciones de vida malsanas y faltas de pulcritud.


Plano Oficial de Tocopilla, desarrollado por Luis Muñoz Maluschka en base al área de transformación y ensanche planificada por Karl Brunner en su paso por Tocopilla en 1929. En él podemos apreciar las distintas zonas de apropiación y prohibición. 1.- Muelle de Pasajeros: lugar de pernoctación y campamentos improvisados. 2.- Playas: pernoctación y tolderías. 3.- Barrios obreros en las laderas de los cerros. 4.- Zona de prostitución. 5.- Reparto de comida en el Patronato de la Infancia. 6.- Callejón del estadio: letrina pública y basural. 7.- Reparto de agua usada por termoeléctrica. 8.- Cementerio y lazareto para aislar a los infectos. 



Descarga libro Migración y Biopolítica


[1]      Foucault, 2003: pág. 112.
[2]      Foucault, 2000: pág. 217.
[3]      Foucault, 2007: pág. 15.
[4]      La nosología es la ciencia que tiene por objeto describir, explicar, diferenciar y clasificar la amplia variedad de enfermedades y procesos patológicos existentes.
[5]      Foucault, 2000: pág. 218.
[6]      Foucault, 2000: pág. 218.
[7]      Foucault, 2005: pág. 59.
[8]      Sin embargo debemos agregar a estas teorizaciones que, el mismo sistema capitalista, adiciona otras evidentes necesidades del mismo sistema, que apuntan precisamente a lo contrario: el gasto, el derroche, la actividad improductiva, incluso la irracionalidad del consumo, como piedras fundamentales del mismo.
[9]      Foucault 1977: pág. 165.
[10]     Aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana.
[11]     Agamben 1998: pág. 186.
[12]     Agamben 2000: pág. 88.
[13]     Lo impolítico no es lo contrario a la política, sino la política llevada a sus límites, a su imposible.
[14]     Agamben 2000: pág. 88.
[15]     Foucault, 1990: pág. 41.
[16]     Foucault, 1990: pág. 45.
[17]     Foucault, 1990: pág. 52.
[18]     Foucault, 1990: pág. 52.
[19]     La fuerza policial fue la base de la  represión del gobierno de Carlos Ibáñez del Campos (1927-1931), sin Carabineros su manutención en el poder hubiera sido débil. La institución del Cuerpo Carabineros nace en 1927, pero no por un intento de mejorar la gestión de la seguridad interna, sino como una estrategia de consolidar el poder de Ibáñez, lo cual se logró unificando a todas las policías rurales y civiles, cuya data de funcionamiento es desde 1908. No quepa duda, que Ibáñez admiraba al movimiento de las faces (faces es la raíz etimológica desde donde deriva la palabra Fascismo) del  Italiano Benito Mussolini, ante ello emuló el nombre de la policía itálica. Además, a Carabineros se les aumentó el sueldo, hubo también un aumento en la dotación y se les dio el rango de pertenencia a las Fuerzas Armadas de Chile.
[20]     Mitchell, 2003: pág. 12.
[21]     Mitchell, 2003: pág. 18.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.