Remitiéndonos al colectivo de los
inmigrantes ingleses, por antonomasia nos remitimos al salitre y a la llegada
del ferrocarril en Tocopilla.
Acabada la Guerra del Pacifico,
Tocopilla pasa a ser parte del territorio chileno, y desde ahí comienza un
proceso de industrialización para la explotación, traslado y embarque del
salitre dando pie a las instalaciones de la Compañía
Salitrera, la cual ha sido denominada de distintas formas en su historia:
Concesión Squire, Anglo Chilean Nitrate & Railway, Chilean Consolidated
Nitrate Corporation, Compañía Salitrera Anglo Chilena, Compañía Salitrera Anglo
Lautaro y finalmente derivó en Soquimich (Hoy SQM).
En
base a lo dicho, en el periodo postguerra, se inicia todo un proceso de
reorganización de la explotación del salitre. Su evidencia es la atrevida
construcción de un ferrocarril montañoso costeño a cargo del británico Edward
Squire, concesión adquirida el 12 de mayo de 1883. La ley que lo oficializó fue promulgada en el Diario Oficial
recién el 23 de enero de 1888. “se
concedía (…) también el uso de
terrenos fiscales necesarios para la construcción (de) vías, estaciones, muelles y el uso de los caminos públicos que
atravesaran las líneas, siempre que no perjudicaran el tránsito”.
Mientras
se ejecutaban los trabajos de planificación de la línea y de la oficina
salitrera que se levantaría, se funda en Londres el 28 de marzo de 1888 la sociedad
anónima Anglo-Chilean Nitrate & Railway Company Limited.
En octubre comienza la construcción de la Oficina Santa Isabel, punto de
término del ferrocarril. El
encargado de la obra fue el ingeniero chileno Manuel Ossa Ruiz.[1]
La concesión fue transferida a la
compañía Anglo Chilean Nitrate and Railway; se ha estimado que poseía un
capital 500.000 libras esterlinas, las que estaban distribuidas en alrededor de
treintaicinco mil acciones, de preferencia de 10 libras cada una. Aquella venta
también involucraría el traspaso de diez estacas[2]
bolivianas en terrenos salitrales considerados productivos.[3]
La maestranza ferroviaria en Tocopilla, una de las más tecnológicas del
Conosur. Abajo: barcos surtos en las cercanías de la compañía salitrera.
Poderosas máquinas importadas por los ingleses utilizadas en el osado
trayecto cordillerano para transportar salitre, toda una revolución mecánica para
Tocopilla. Fotografía de B. Fawcett, R.F. Archivo © Ellis Collection, “The Anglo-Chilean Nitrate & Railway
Company” de Donald Binns.
El
24 de diciembre de 1924, Anglo Chilean Nitrate and Railway pasó a obtener una
nueva razón social, denominándose como Anglo
Chilean Consolidated Nitrate Corporation. Asociación constituida
por Guggenheim Brothers que tuvo como objetivo poseer el control de la empresa
salitrera y ferroviaria de Tocopilla, con la intención de instalar a gran
escala su nuevo procedimiento de explotación de salitre. Las propiedades de la
compañía británica pasan a su poder el 1 de enero de 1925. En 1931, a través de la intervención
y asociación estatal, impulsado por los efectos de la gran depresión económica,
la empresa se constituye en compañía anónima chilena, bajo el nombre de Compañía Salitrera Anglo Chilena (CSAC),
requisito para su incorporación como compañía subsidiaria a la Compañía de
Salitre de Chile, la tan amargamente popular COSACH, liquidada en 1933.
Seguidamente,
la fusión de la Compañía Salitrera
Anglo Chilena y The
Lautaro Nitrate Company Limited, propiedad de Guggenheim,
da paso a la Compañía Salitrera Anglo
Lautaro el 1 de junio de 1950. Para
atenuar las dificultades que enfrentaba la industria, se aprobó un Referéndum en
1956, el cual indicaba que se cambiarían los ingresos productores al tipo de
cambio real y se calcularían los impuestos en base a las utilidades, no a los
ingresos por venta. Luego,
una vez caducado la vigencia del Referéndum, se intentó una nueva forma de
revitalizar la industria, por ello, en 1968, se crea la Sociedad Química y
Minera de Chile, Soquimich. Pasó por varias fases: al principio, su propiedad
era compartida entre el Estado de Chile y la Compañía Salitrera Anglo Lautaro
S.A. Prontamente, la industria inglesa se nacionalizó y quedó completamente en
manos del Estado chileno y, finalmente, en el año 1983, en plena dictadura
militar, comenzó su proceso de privatización, que se completó exitosamente en
1988.[4]
Todo este proceso contribuyó a que la colonia inglesa fuese disminuyendo gradualmente.
Su presencia mayor sólo la podemos detectar en los finales del siglo XIX y
principios del XX. Signo de los efectivos beneficios resultados por haber financiado la Guerra
del Pacífico.
La inauguración oficial del ferrocarril
montañoso[5]
se efectuó el 15 de noviembre de 1890. Cientos de trabajadores chilenos y
antiguos esclavos chinos coolies del
Perú estuvieron trabajando en escarpados barrancos, angostas quebradas, donde
las caídas, explosiones y
derrumbes provocaron muchas muertes.
Antes de la inauguración, las obras fueron visitadas por el Presidente de Chile José Manuel Balmaceda el 13 de marzo de 1889.[6]
Los
ingleses y su proyecto ferroviario, da pie a un proceso vinculado con la
vialidad y creación de oficinas salitreras, y la producción de éstas sustenta
el crecimiento de la línea, así
se desarrollan nuevos ramales: en 1895
el ramal se extiende a Peregrina y Santa Fe pasando por Buena Esperanza e
Iberia, a lo largo del cual se levantarán en los inicios del siglo XX, las
oficinas Empresa, Rica Aventura, Grutas y Prosperidad. En 1910 como parte del
proyecto de implementación de la oficina Coya,
se emprende la construcción de un ramal de 31 kilómetros que parte desde la
estación El Toco.
En 1899
el Ferrocarril traslada 215.475 toneladas de carga y 20.025 pasajeros, que en
1909 han aumentado a 307.919 toneladas y 45.512 personas.
En lo
concerniente a las locomotoras importadas por el capital británico, cabe
indicar que corresponden a las construidas por la firma Kitson & Company.
Luego llegaron otros modelos fabricados por Manning Wardle & Company, Yorkshire Engine Company, Kerr Stuart
& Company. Pero las que más predominaron fueron las de Kitson &
Company. (En el periodo de 1888 y 1927, trabajaron en la construcción de la vía
férrea en sector de la cuesta, además en el transporte del nitrato un total de
37 locomotoras a carbón).[7]
En
la documentación del Estado y periódicos, usuales son los nombres de estos
alóctonos y sus descendientes: A. B. Turpie, A. Buchaman, A. Datheil, A. J.
Wastting, A. Pratricson, Alberto Terrel, Alfredo Hornsby, Alfredo Murley,
Alfredo Ross, Alfredo Wood, Carlos Manley, Carlos Nicholls, Carlos Wall,
Eduardo Lerch, Eduardo Matthews, Eduardo Owen, Enrique Terrel, Fear Endside,
Guillermo Dunnn, Guillermo Lean, H.A. Ankey, H.D. Ellis, Hugo Knuckeys, J.
Lapaya, J.H. Billyard, J.H. Taylor, Jonh Jonh, Juan James, R. Sherwood, Samuel
Wodall, Tomas Phillips, W.H. Gowean, W.H. Smythe, M. Walden, etc.
El impacto de la presencia
inglesa, además de la revolución mecánica para Tocopilla, tiene que ver también
con la planificación urbana descontrolada, el fuero social, político y
económico se dejó notar con prácticas que poco les importaba en cuanto al
impacto que producían. Aquello se evidenció cuando la ciudad creció hacia el
sur por la implementación del campamento estadounidense. La urbe se extendió hasta un límite impensado. Todo el nuevo flujo,
tanto de los primeros vehículos, como de carretas o bien el tráfico a pie
estaba obstruido por la compañía inglesa. “Los
ingleses no dejaban pasar…” retrata una informante. En ese aspecto, el
crecimiento y la ocupación de los espacios han sido prácticamente espontáneos y
descontrolados. Al menos con las compañías The Chile Exploration y Anglo
Chilena su crecimiento fue exacerbado y poco planificado, forjando que la
intervención en los terrenos yermos fuese prácticamente funcional a sus
intereses. Influía, además, una topografía estrecha. Sólo había un pequeño
callejón que tenía que conectar “La Villa” y “El Pueblo”. Se acrecentaba una
fragmentación vial y social. Las esperas en aquel angostillo eran largas, al
menos así lo constataban los primeros camiones de la compañía, las góndolas y
los vehículos de tracción animal. Lo anterior fue configurando una percepción
negativa de la ciudadanía ante la compañía de los británicos. La solución
propuesta por ellos sólo se remitía a la contratación de señaleros y serenos
para que tratasen de dirigir el tránsito. Se sumaba a estas dificultades el
paso del ferrocarril por ese callejón.
La presión hacia la compañía, finalizando los años veinte, hizo que la gerencia de la
compañía anglo, resolviera la edificación de una obra ingenieril de alto valor
agregado y de alto costo monetario: la construcción de un puente, por el cual
pasaría el tren recientemente electrificado (1927). El año 1929 marca el inicio
de la construcción. Para ello se tendría que ampliar el “callejón” que llegaría
a alrededor de los seis metros. Los ingenieros fueron los señores Stoot y
Street, ambos ingleses. Una forma de seguir mejorado la planificación y la
vialidad complejamente impuesta por la compañía, el municipio implementa el
Paseo Sloman, teniendo un costo de $119.000.
El Paseo Sloman enlazó la construcción de un muro de concreto de 60 metros, al
mismo tiempo, se construyeron calzadas y aceras con soleras de piedra en seco[8],
todo un progreso vial con mejoramiento
estético del sector.
Paralelamente, la colectividad
inglesa construye grandes casonas ubicadas en Calle Prat y Paseo Sloman, que
además de poseer una ubicación privilegiada, buscaron en sus diseños un
carácter de aislamiento para otorgar mayor seguridad para sus ocupantes: los
directores y administradores. Las edificaciones fueron inauguradas a inicios
del siglo XX, eran el símbolo de
la gran fisura social y económica existente en la comuna. Estas casas que
poseían jardines, balcones, con una gran altura, estéticamente bien decoradas y
pintadas, con césped, a modo de antejardín, con un mayor grado de salubridad,
como así también en volumen, contrastaban con la pobreza de los barrios
tocopillanos, dispuestos en terrenos maltrechos, no homogéneos, atiborrados con
casuchas de material ligero y desperdicios de materiales emanados de las
industrias, ya sea cartones, latones o planchones metálicos. Su materialidad,
altura y estilo arquitectónico consolidó su paso por estas tierras.
Recién allegados al puerto
tocopillano, los ingleses instituyeron la Iglesia Anglicana y fueron creando
grupos cerrados para realizar tertulias. Entre ellas estuvo “The Tocopilla
Reading Club” y “Tocopilla Library and Literary Society”. Los pioneros en esta organización
fueron Guillermo Fletcher, Guillemo Fraser, E. Shepherd, A. Murdoch, J.
Anderson, T. Tervit, H. Mattews, D. Butterrield y Johan Foster.[9]
No quepa duda que el colectivo británico fue en el
periodo postguerra el más poderoso, situación sostenida también por la gran
cantidad de estos trabajadores. Su poder económico, empresarial, intervenía
notablemente en la política local, en lo social, redundando en un alto nivel de
influencia. Poseían el control de casi todas las actividades industriales,
mineras y mercantiles en estos nuevos territorios chilenos. Se reflejaba muy
bien el carácter imperial que Inglaterra imprimía en gran parte del mundo.
Con tal de velar por sus intereses económicos, los
ingleses estaban dispuesto a matar. Así quedo en demostración el 6 mayo de 1892
en un conflicto entre la Anglo Chilean y trabajadores “enganchados”.
“La llegada del vapor Puno con un gran enganche de trabajadores para la
oficina salitrera Santa Isabel, distante a 89 kilómetros de la ciudad, fue el
punto de partida de un levantamiento masivo originado porque el almuerzo
ofrecido por la Compañía no había alcanzado para todos. A los que habían
quedado sin ración se sumó más de un centenar de trabajadores que exigieron el
cumplimiento de la promesa del agente reclutador o enganchador de pagarles $ 50
a cada uno de los casados y $ 25 a los solteros…”. [10]
De este
modo comenzaba a surgir el descontento por los incumplimientos hechos por los
ingleses en un escenario tristemente célebre: el enganche salitrero. El gerente de la compañía había rechazado todo
tipo de peticiones. Ante ellos, los “enganchados” se amotinaron y bloquearon la
línea férrea, paralizando todo tipo de faenas.
La
intervención del Gobernador Pedro Benavides no logró hacer deponer la actitud a
los sublevados. Los trabajadores estaban dispuesto a seguir bloqueando la línea
férrea hasta obligar a la compañía salitrera a pagarles lo ofrecido una vez que
el reclutador ratificara lo que ellos declaraban que les había sido prometido,
a cambio de que aceptaran continuar el viaje hacia su puesto de trabajo. De
todos modos, los jefes de la compañía Anglo Chilean habían ofrecido cinco pesos
a cada obrero enganchado para dar
término al levantamiento. Se hizo necesario la presencia de militares; no
obstante, vista su demora, la Gobernación presionada por los ingleses solicitó
la cooperación de bomberos para poder reducir a los amotinados. Entonces, la 1º
Compañía de Hachas y Escaleras se
hizo presente y fueron equipados por la Comandancia de Armas. También se
armaron treinta hombres de la Empresa del Ferrocarril y la mayoría de los
comerciantes junto con sus dependientes. La improvisada Guardia Blanca comenzó el patrullaje por el pueblo.
“La llegada de tropas y la presencia de un barco de guerra ‘Presidente
Errázuriz’ en el puerto de Tocopilla lograron calmar los ímpetus de los
trabajadores. Algunos persistieron en su rebeldía, pero ante la amenaza armada
debieron escapar, unos cuantos en dirección del Río Loa, otros hacia el camino
de Calama y la gran mayoría se dirigió a la pampa…”.[11]
Este hecho refleja el poderío e imperio de los ingleses
que, en su fuero, movilizaron las fuerzas para acribillar a los trabajadores.
Fue un levantamiento espontáneo, breve,
violento y sin más conducción que la proporcionada por improvisados caudillos y
lideres que surgían al calor de la acción. Por lo comprobado no apuntaron a
ningún cambio substancial de las condiciones de trabajo o de las relaciones
laborales. Pero quedaba en evidencia el claro desequilibro sospechoso de
fuerzas entre el Estado chileno y los ingleses.
[1] Hijo de José Santos Ossa,
poseía la experiencia de haber participado en la construcción del ferrocarril
que unió a Osorno y Pichiropulli. Una de sus más importantes
obras fue la construcción del ferrocarril de Arica a La Paz, obra inaugurada el 13 de mayo de 1913.
[2] Estaca es la denominación usada en Bolivia
y Chile hacia los Derechos de Pertenencia
Minera, que eran concedidas por los Estados mencionados.
[3] Mención
hecha a los terrenos salitrales de Bella Vista, Buena Esperanza, California,
Casualidad, Diana, Emilia, Empresa, Eufemia, Flor del Licancabur, Las Grutas,
Leonor, Peregrina, Puntilla, Porvenir, San Andres y Santa Ana.
[4] El nuevo dueño sería el yerno del dictador
Pinochet: Julio Ponce Lerou, involucrado en las corruptas privatizaciones de
una treintena de empresas del Estado realizadas por la dictadura entre 1985 y
1989, que significó una pérdida superior a los mil millones de dólares para el
patrimonio estatal.
[5] La
línea fue proyectada desde el puerto hasta la pampa siguiendo el curso de la
quebrada Barriles, sorteando decenas y decenas de curvas, algunas de hasta 55 metros
de diámetro y con una gradiente máxima de 4,1 %; es decir cada un kilometro,
la línea de eleva cuarentaiuno metros. Su altura máxima la alcanzó en la
estación Ojeda llegando a los 1.495 m.s.n.m., desde allí iniciaba un
lánguido descenso hasta El Toco y Santa Isabel, en el kilómetro 88. La línea fue construida con una trocha de
3’6’’ (1,067 m), y originalmente con rieles de un peso de
24 kilógramos por metro. Contemplando el perfil de la
gradiente concerniente en el tramo de la cordillera costeña, veremos que en
Tocopilla se posee una elevación que alcanza los 16 metros. En estación
Reverso, se llega a los 242 metros de altura. En el sector Carmelita, el trayecto
asciende a 420 metros. En estación Quillagua, en donde existen dos vetustos
estanques de agua, la altura se eleva por los 597 metros. Desde allí el trazado
ferroviario electrificado llega hasta Barriles, alcanzando los 1.001 metros. En
el sector El Tigre la ruta llegó hasta los 1.295 metros de altura sobre el
nivel del mar.
[6] En cuanto a la visita de Balmaceda, debemos
consignar que fue un magno evento. La comitiva compuesta por conspicuas
autoridades políticas de la época, entre ellas el Ministro de Hacienda Enrique
Sanfuentes y el Ministro de Industria Justiniano Sotomayor, acompañados por los
generales Gostostiaga y Velásquez. Era una de las primeras giras presidenciales
que se realizaba en Chile; en el caso tocopillano, dicha comitiva recorrió las
oficinas de la empresa del ferrocarril, para luego inaugurarlo, no sin antes
haber realizado un pequeño recorrido por una vasta extensión de rieles. La
inauguración consintió en una pequeña ceremonia y un paseo en un carro
elegantemente ornamentado para recibir a tan “excelsa visita”. Una vez llegado al hotel El Comercial, se le
brindó un almuerzo al Presidente, todo con el auspicio del Ingeniero del
Ferrocarril, míster Jackson. En dicho hotel se escuchó el discurso del dueño
del ferrocarril, míster E. Squire quien hizo hincapié en “que el Presidente había adoptado por el lema el progreso y el adelanto
de los pueblos” asimismo, hubo
énfasis en la importancia de la visita presidencial para “estos pueblos recién incorporados a Chile y su familia” (Diario La
Tribuna, 16 de marzo de 1889) Según el diario El Pueblo, (14 de marzo de 1889)
este fue un regio banquete de cien cubiertos, que los “grandes vecinos admiraron con frenesí al Presidente y prestaron toda
la colaboración al Gobernador del Departamento”.
[7] En 1927 hubo una renovación bastante
sustantiva: se optó por electrificar el convoy y para ello hubo que realizar
una alta inversión en cuanto a tendidos eléctricos y renovar completamente las
locomotoras. Las nuevas máquinas fueron fundadas en
el condado de Schenectady en el Estado de Nueva York, maquinarias especialmente elaboradas para
el Ferrocarril de Tocopilla al Toco por la Compañía General Electric. El
reemplazo de las antiguas maquinarias a vapor Kitson-Meyer fue relevante para
cubrir el tramo entre el puerto y El Tigre, ideales y óptimas para superar la
gran cuesta determinada por la Cordillera de la Costa.
[8] Archivo de la Gobernación
de Tocopilla. Copia de actas de Obras Municipales, Nº 121. Febrero 1930.
[9] Archivo
de la Gobernación, copia de Acta Constitutiva, 8 de octubre de 1895.
[10] Arch. Nac. FMI, Vol. 1682.
Comunicaciones con varias autoridades 1891-1892 Oficio del Gobernador de
Tocopilla, Nº 132, Tocopilla, mayo 13 de 1892.
[11] Arch. Nac. FMI, Vol. 1682.
Comunicaciones con varias autoridades 1891-1892 Oficio del Gobernador de
Tocopilla, Nº 132, Tocopilla, mayo 13 de 1892.

Buen artículo
ResponderEliminarMuy interesante!
ResponderEliminarMi abuelo william Stevens trabajo en el salitre entre los años 1910-30 me gustaria encontrar informacion sobre el! Saludos.