II Capitulo del libro Tocopilla Norte: imágenes y memoria
Hasta la década del cincuenta, toda la basura recolectada en la ciudad
era lanzada directamente hacia el mar. Cerca del molo en el cual se vertía la
basura y escombros, existía un pequeño caserío con corralones destinados a la
crianza de cerdos.
El buen olfato de los animales, los periodos en celos, además de la
precariedad de los corrales, influían a que los cerdos rompiesen las tablas y
se fugaran hacia el sector en donde era arrojada la basura. El sector comenzó a
ser llamado como la Playa de los Chanchos.
“Los criaderos de cerdos estaban
en el terreno en donde se instaló después la Pesquera Coloso. Había una playa
que le decían la Playa de los Chanchos. El primer criadero estaba ahí. En ese
antiguo sector estuvo un señor al que le decían Nene, su apellido era Acuña.
Era ex funcionario del Comando de Defensa de Costa. Él comenzó criando
chanchos, posteriormente llegó el señor Vega, quien murió después en un
accidente cerca de las pesqueras. Y después llegó mi abuelo, Nicolás Bacho”.
Nos cuenta Antonio López Bacho, antiguo residente del sector y ex criador de
cerdos.
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Antiguo
molo usado para verter la basura tocopillana hacia el mar, un poco más al norte
se hallaban los pequeños corrales con cerdos.
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López Bacho, sobre su abuelo,
agrega: “Él era de la zona central y
llegó a Antofagasta trabajando en el hipódromo, era jinete y criador de
caballos. Estuvo sólo un par de años pero, le gustaba Tocopilla; se hizo de un
capital corriendo caballos y remató una yegua y con ese capital se vino en
caballo desde Antofagasta a Tocopilla, eso fue en los finales del treinta”.
Bacho, el jinete, dedicado al flete de carbón en carreta, decidió ir a vivir en
el pequeño caserío, cercano a la Playa de los Chanchos. “Empezó a trabajar como
fletero con una carreta junto al curco Frías, trabajaban en el puerto y
llevaban las cosas a los almacenes y negocios de Tocopilla, principalmente
llevaban carbón a varias partes de Tocopilla. Con la plata que juntó se compró
animales y se vino al sector de la Playa de los Chanchos."
Fue en el año 1955 el momento en que comienza el traslado paulatino del
vertedero tocopillano, ya no era posible derramar todos los desperdicios hacia
el mar, acción que se realizaba en las cercanías del Matadero Municipal en la
Costanera. Influía en ello temas sanitarios y la expansión urbana que se estaba
llevando a cabo en la mitad del siglo XX. Por tales motivos el vertedero es
erradicado hacia el norte siguiendo la línea de la costa, distando un par de
kilómetros del vertedero original.
Al transcurrir de los años fue surgiendo un pequeño poblamiento en las
periferias del vertedero. Los recolectores y los nuevos vecinos con vocación de
crianza de animales fueron dando paso al pequeño villorrio. Influyó además la
erradicación del sector de la Playa de los Chanchos por la instalación de la
industria pesquera.
Sin duda que este proceso de poblamiento no escapaba a lo que venía
sucediendo en la región a contar de la década del sesenta. Periodo en que se
vivía un empoderamiento popular frente a los terrenos eriazos. Era el
desarrollo de un movimiento poblacional entendido como una movilización de
reivindicación urbana.
El poblamiento del sector aledaño al vertedero impulsa a otros procesos
de ocupación espacial por parte de vecinos sin casa, por ejemplo la
conformación de la población La Patria. En ambos sectores comienza la
instalación de algunas viviendas informales en base a cartones, calaminas,
cholguanes y latones, desechos, trozos y maderas que servían para alcanzar el
sueño de la casa propia. La Población La Patria consolida su poblamiento en
1967.
La toma de terrenos en Tocopilla no es aislada porque surge en un
contexto en donde el problema de la vivienda era el centro de la problemática
social de ese entonces, en la medida que se saturaba el “conventillo” o los
cites y se reproducían las ocupaciones espontáneas de tierras en desuso, lo que
se conoció con el nombre de Poblaciones Callampas.
La toma de terrenos en Tocopilla puede ser vista como acción colectiva
organizada pero también como iniciativa individual, significó en la práctica
una fractura radical con las lógicas institucionales y con el principio
fundamental de las democracias liberales: la propiedad. De hecho, la acción
directa que caracteriza a la toma, es portadora de una legitimidad basada en la
necesidad y en la noción de derecho a la vivienda o un espacio para el trabajo,
situándolo como un acto basado en la justicia social.
Cabe indicar que, en una toma de terreno, es el valor de uso del
territorio el que prevalece por sobre el valor de cambio que posee la propiedad
de la tierra.
La toma en La Patria y el sector
de las chancherías y luego en Caleta Vieja y Remanso que colindaban con el
vertedero y que luego derivó en Las Tres Marías, permitió visualizar a un actor
social que hasta ese momento ni siquiera era considerado como existente en el
espacio público local y regional, por lo que también estaba fuera del radio de
acción de los partidos políticos de izquierda, que orientaban su praxis
esencialmente al sector obrero. Con la toma, los pobladores irrumpen como
sujetos sociales capaces de remecer y desbordar la institucionalidad vigente,
demostrando que no sólo estaban preparados para enfrentar directamente al
Estado, sino que sobre todo podían tomarse las soluciones y construir sus
propias alternativas. Aprovechando de extender el radio espacial de lo
tocopillano.
Una vez que son erradicados los vecinos desde la Playa de los Chanchos,
se ubican en las cercanías de Caleta Vieja y playa Remanso.
En la búsqueda de los primeros habitantes del nuevo sector que sería conocido como Las Tres Marías,
según lo indicado en las actas de reuniones de la Junta de Vecinos, desde los
finales de la década sesenta hallamos los nombres de Juan Crisólogo Peralta, en
1970; Jesús Campillay, en 1972; Fernando Gallegos Álvarez, Inés Contreras
Cortes, Liria Gallegos Contreras, Orlando del Rosario Pizarro, Juana Peña
Esquivel, Sofía del Rosario Pizarro Peña, Ernesto Guerra Izarrauldez, Verónica
Guerra Muñoz, Juan Villalobos, Guillermo Mondaca, Oscar Varas y Mario
Covarrubias. Todos ellos avocados a la crianza de animales de corral.
En el acta de reuniones de la Junta de Vecinos de la población, con
fecha del 24 de noviembre de 1997, se deja constancia de la intervención del
señor Abel Vásquez, uno de los socios más antiguos. En la ocasión recordó el
esfuerzo desplegado a la hora de constituir el nuevo barrio. El vecino expuso:
“Agradezco la valiosa cooperación del
alcalde de la época Sr. Marco De la Vega,
solicitando máquinas pesadas y camiones para abrir camino,
posteriormente todos los vecinos se ayudaban entre ellos a levantar sus mejoras
y corrales, para posteriormente trasladar los animales al sitio en donde se
encuentran hoy cada uno de los socios”.
El rol de Marco de la Vega tiene que ver con cierta legitimación que
adquiere el poblamiento, muchas veces discriminado y negado por el resto de los
alcaldes que antecedieron a De la Vega. Gracias a esta autoridad la vialidad es
mejorada, facilitando una mejora en los accesos al sector. Los antiguos vecinos
recuerdan la generosidad y la atención desplegada por este alcalde comunista.
Los criaderos poseían cerdos, burros, chivos, cabras, ovejas y algunos
caballos. Éstos, fueron configurando un grupo de corrales y un caserío. Los
cerdos, sin duda, eran los que predominaban en la crianza y en la venta de sus
carnes.
Poco a poco las labores de crianza fueron ampliando la población animal
y también la población humana. Los tocopillanos “del centro”, los urbanos, ya
mencionaban o se referían al sector como El Corral de los Chanchos,
Chanchilandia, Las chancherías, el Sector de los Corrales o simplemente lo
llamaban El Basural. Los vecinos, los residentes del nuevo barrio, le llamaban
Las Tres Marías. Comenzaba la diversificación de las labores de habitantes:
destinados a la crianza y otro grupo destinado a labores de recolección de
latas, cartones, vidrios, fierros, etc. En fin, todo tipo de materiales que
pudiesen ser comercializados o reciclados.
No era difícil llegar, no obstante ser considerado un barrio conformado
por pocilgas y barracas, entre corrales y un basural, se fue conformando y
consolidando un barrio no agradable para los sentidos visuales ni olfativos.
Era considerado el peor lugar de Tocopilla. La cotidianidad era descrita por
las moscas, por caminos de tierras polvorientos, olores fuertes, jotes,
gaviotas, perros bravos agrupados, una estética deprimente, una pobreza
explícita y extrema. De personas quemadas por el sol bravo. De rostros con
surcos expandidos que expresaban el esfuerzo y la dureza de las labores.
No se contaba con alcantarillado ni con electricidad. Redundaban
condiciones higiénicas poco saludables. El municipio era el encargado de
proporcionar agua potable cada dos o tres veces por semana.
El sector descrito, al norte de las pesqueras, era un lugar apartado,
mal mirado por los tocopillanos. Un distrito considerado insalubre y
pestilente. En donde la dependencia con la basura comenzaba a tomar terreno. Un
lugar que era prácticamente invisible para el resto de la ciudadanía: nunca
visitado por autoridades ni menos por los ciudadanos. Ocasionalmente, al
momento en que había que botar algo de modo urgente, los tocopillanos, los
urbanos, realizaban “un esfuerzo” para llegar al sector atiborrado por casuchas
de latas, cartones, cholguanes disparejos, calaminas oxidadas y puertas
pequeñas. Autos abandonados y una gran cantidad de carrocerías que repletaban
el estrecho pasaje.
El Corral de los Chanchos era un lugar conocido a lo lejos, distante en
lo geográfico y relatado desde la percepción de discriminación practicada por
los tocopillanos. No obstante, la venta de carne de cerdos era un buen negocio
para algunos emprendedores, en ese sentido no se practicaba la discriminación
con el origen de los cerdos a la hora de venderlos en la ciudad.
Día a día, mañana a mañana, desde los principios de la década del
setenta, se veía por las calles tocopillanas a un hombre montado sobre una
carreta tirada por burros, era El Espía: el recolector de desperdicios
alimentarios de restaurantes, almacenes y casas locales.
La recolección se iniciaba por la Costanera, luego por calle Sucre
hasta San Martín, inmediatamente por calle Prat, subiendo en algunas ocasiones
a la calle 21 de Mayo. Lo recolectado era para alimentar a los chanchos y
cabríos.
El popular personaje se llamó Orlando del Rosario Pizarro, llegó desde
el sur cuando era muy joven, ingresó a trabajar como matarife al Matadero
Municipal, ubicado en la actual avenida Teniente Merino, sector de la
Costanera. Una vez cerrado el conspicuo matadero, lugar al que llegaban los
toros y vacas que bajaban por la Huella Tres Puntas, El Espía tuvo que
reconvertir su vida laboral y decidió retomar el oficio de criador de animales.
Se dirigió al sector de Las Tres Marías.
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Orlando del Rosario Pizarro, “El
Espía”, en uno de sus constantes recolecciones mañaneras de alimentos
desechados en los restaurantes y hogares tocopillanos.
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El caso de Pedro Lorca, dueño
del restaurant “El Zepelín” ubicado en calle Sucre esquina Dolores, representa
la historia de los criadores y comerciantes que, con labores simultaneas,
dieron el impulso a este sector.
“Mi tío Pedro, criaba chanchos
muy cerca de Caleta Vieja. Cuando traía los chanchos y los mataba con un
cuchillo al cuello, se preparaban arrollados, perniles, queso de cabeza…había
un ayudante en el restaurant el Moncho, era el ayudante para matar los
chanchos, mi tía, por mientras picaba la cebolla, comino y ajo y con las tripas
hacían prietas. Separaban la grasa, los pedazos de carne de cerdo, y con
zanahorias, cebollas y luego lo cocinaban en fondos grandes (…) También vendía
los costillares, pocas veces vendía chanchos vivos. Para las fiestas mataba 5 o
6 chanchos. Cocinaban tantos fondos grandes para la mucha gente que iba al
restaurant.” Nos relata Ana Pérez Merello, sobrina del comerciante y
criador Pedro Lorca.
Lorca fue otro de los precursores en la crianza de cerdos en los
inicios de la década del sesenta. “Él
partió criando en Caleta Vieja, después en una mina y finalmente en un sector
cerca de La Piedra del Elefante” nos indica la Sra. Pérez. Los relatos
sobre el restaurant nos revelan el éxito del negocio: “iba mucha gente, y para el 18’ se hacía una ramada grande, la ramada El
Zepelín, todos iban a comer chanchos…” nos testifica Myriam Fernández,
vecina del restaurant.
La especialización en venta de cerdos, hizo que el negocio se ampliara.
“Había una cantina, un comedor y un salón grande para las ramadas”, señala Ana.
Al igual que Pizarro (El Espía) Pedro Lorca también era un recolector
de desperdicios para alimentar a los marranos: “Mi tío conseguía la comida en algunos almacenes cercanos, como en La
Laurita, (ubicado frente al restaurant) en
el almacén Barraza en la avenida Diagonal, además compraba en sacos el afrecho
(…) llenaban un tambor y metían todo ahí,
afrecho y restos de comidas, luego con su cacharro se iban al corral, siempre
después de almuerzo y con una pala se distribuía adentro. Él tenía más de 50 chanchos y el corral era bien
grande. A su ayudante le faltaba una pierna y cuidaba los chanchos, él le
avisaba cuándo iban a parir las chanchas, a veces una chancha paría 10, 13,
hasta 15 chanchos!”, testimonia la sobrina Ana, quien además dice que Pedro
Lorca era conocido en Tocopilla como el “caballero de los chanchos”;
paulatinamente en los finales de las década del setenta, la crianza incorporó a
gallinas, cuyes y conejos. Según el relato de los familiares, las labores de
Lorca, fueron aprendidas en su tierra de origen, en el sector de La Rinconada,
en Calle Larga, cerca de la ciudad de Los Andes.
“Yo nací en Taltal y de ahí me
vine a Tocopilla, a las chancherías, llegué en el año 1965, en ese tiempo
tiraban la basura de Tocopilla al sur de Caleta Vieja.” Nos cuenta Mario
Covarrubias, el vecino más antiguo de la población. En su decir nos indica que
el sector era habitado por varios pescadores y también mariscadores, además de
las personas dedicadas a la crianza de chanchos. “Había harta tranquilidad y harto espacio, teníamos terrenos grandes,
casi de 50 metros de largo por 20 metros de ancho (…) Comenzamos a criar
chanchos y llegué a tener hasta 60, mi casa parecía un zoológico porque tenía
hartos animales: pichones, burros, gallinas, patos, perros, chanchos, cabritas.
Vendíamos harto para las fiestas, como para el 18 de septiembre, para el 21 de
mayo, para los Año Nuevo, para el día del minero el 10 de agosto. La gente
sabía que vendíamos, pero vendíamos a la mala, porque nos decían que el único
autorizado para vender chanchos y otros animales era el Matadero, siempre nos
amenazaban con las multas, pero nunca me multaron.”
A la hora de recolectar comida, Mario Covarrubias usaba un vehículo y
como forma de agradecimiento, siempre a sus colaboradores les regalaba un
chancho para las Fiestas Patrias.
El balneario Caleta Vieja era visitado con una gran afluencia en las
década del sesenta. Había un restaurant en donde también se jugaba póker y se
realizaban algunas fiestas. “En Caleta
Vieja, había un restaurant y cantaba la Irene Farfán, todos los domingos iba
mucha gente a almorzar allá, y después se iban a la playa y algunos se iban a
mirar los chanchos. El local era rústico pero, la playa era bonita. Endesa
celebraba la navidad allá para los hijos de los empleados, allá se entregaban
los regalos, entonces tan malo no era (…) Para los 18 de septiembre, mi papi
también nos llevaba (…) Cuando uno comía chancho, teníamos miedo de tomar agua”
indica Ana Pérez.
“El restaurant tenía una pista de baile, medía cerca de 50 metros de
largo por 30 metros de ancho aproximadamente. Tenía, además de la cocinería,
alojamiento y unos corrales de caballos y burros. Funcionó hasta 1975. Cuando
llegaron las pesqueras, al menos con la Guanaye, se mató el restaurant y
también la playa. Usted sabe que aquí manda el billete.” Indica Sidney Covarrubias.
Para las Fiestas Patrias, Año Nuevo, cumpleaños, o todo tipo de fiestas
en empresas locales, la concurrencia al corral era una habitualidad. “A veces los chanchos salían muy grasientos,
uno le daba un corte, y se notaba que la capa de grasa era tres o cuatro veces
más gruesa que la carne (…) a veces se rifaban chanchos en las ramadas del 18,
con lotas o con otros juegos y la gente jugaba para ganarse un chanchito…”
indica Myriam Fernández.
Por otra parte, Romualdo Gutiérrez Mardones, nos cuenta: “yo llegué a Tocopilla en los años 70, venía
desde Villa Alegre. Cuando llegamos fuimos armando una casita, una ruca,
después nos pasaron una mediagua. Comenzamos a traer tablitas del vertedero y
armamos algunas piezas. Tirábamos pompa con la mediagua, porque la pusimos
adelante. Llegamos a tener 45 chanchos y sábado por medio comíamos chancho
asado. Los chanchos los vendíamos por pedido. Uno de los principales
compradores era don Pedro de la carnicería La Hacienda en calle 21 de Mayo
frente al Supermercado Colón. Ahí los vendíamos. A veces me daba dos kilos de
huesos con carne por la gentileza de venderle los chanchos. (…) Comprábamos
unos tambores con agua a 500 pesos. Un vecino nos pasaba luz por debajo tierra
y a él le pagábamos una parte. Hicimos una franja. Cuando llegamos en el sector
vivía la viuda de un Carabinero, el Rosamel, el Hugo, el “Chancho Seis”, el
Covarrubias, la Córchola, el Rojas, el López, en la esquina estaba el dueño de
una lavandería. La gente de Tocopilla miraban mal, pero a la hora de comprar
chanchos venían sin ningún problema, le vendía a mucha gente, tenía mi
clientela. Uno se salvaba para el Año Nuevo y el 18 de septiembre, nos iba re’
bien con las ventas”.
Hugo López, criador y matarife nos describe su caso: “Llegué a los doce años, (1972) me fueron a
buscar a Coquimbo, Clemente Álvarez era mi abuelo, Él me fue a buscar. Trajimos
monturas, espuelas, lazos, pencas, ramales, chicotes, vinimos a criar animales.
Mi abuelita iba desde Tocopilla a vender ropa, la cambiaba por gallinas, quesos,
charqui, la gente era muy pobre en Coquimbo y en el sector de Pichasca, y se
iba en tren. Ella hacía trueque, por nueces, higos. Mi tío trabajaba en el
matadero, mi tío era El Espía”.
Hugo vivía en calle Esmeralda, a varios kilómetros del corral. Pero su
vida transcurría entre el corral, el vertedero y el Matadero.
“Íbamos al matadero a buscar la
sangre y los mondongos y hacíamos prieta y las vendíamos en María Elena,
llegábamos hasta Vergara. Los criaderos de chanchos los teníamos acá, cerca de
las pesqueras, cerca del puente, en la conocida como Playa de los Chanchos,
pero vivíamos en otro lado. También era conocido como Caleta Vieja. Ahí se
amarraban los caballos de los Carabineros, estaba el curco Frías, Huachicay, el
cojo Robinson, y todos esos tenían carretas, y nosotros teníamos burros e
íbamos a buscar en carretas las cervezas a la CCU para el restaurant. Todos los
domingos íbamos en grupo a la playa. Llegaban hartas niñas lindas, íbamos a
lagartear, llegaban los de billete, hacían bailes. Era un salón grande y lindo.
Llegaban los pacos en caballo, los viejos que venían de la pampa y
Chuquicamata. También me acuerdo que cantaba la Irene Farfán con orquesta. Los
domingos, mi abuelo y tíos se iban para allá. Cuando cerró el local como que
murió Caleta Vieja, la señora que era cantante se iba a cantar a los cerros.
Parece que no estaba bien.”
Sobre la cotidianidad de Las Tres Marías, Hugo señala: “el barrio era tranquilo, no pasaba nada. En
la población estaba la familia de los ‘Cocolas’, había otra familia que vendían
tragos, y cuando se iban a tomar nos robaban los chanchos, mi tío, El Espía,
andaba siempre con un revolver y estuvo a punto de dispararle a uno. Pero lo
dejó ir no más con los chanchos(…) Poco a poco se fueron cambiando las
familias, (…) recuerdo al Guatón Birrín, la señora Manuela, el señor Acuña, al
Marrot, a los Soto, quienes tenían moledora de huiro y metían harta bulla. Al
frente vivía Josefina y más allá la María Vega, también la María Órdenes, la
María Barraza con don Sabino, el chato Luís Vásquez, que era boliviano; abajo
el papá de Rosa Castillo, el Marcelino, don Jesús, el pajarito Covarrubias. Era
un sólo pasaje y había una bajada para Remanso y todos íbamos para allá y
éramos todos unidos. Hacíamos asados y prendíamos neumáticos y comíamos en
montoneras en las rocas de la playa. Después se sumó la Magaly y el caballero,
el Carvajal, un viejito re’ choro que andaba con cuchillo en la cintura, lo
usaban pa’ trabajar, un cuchillo que era de un buen acero, era bueno pa’ los
matarifes”.
Hugo López en su locuaz relato exterioriza a cada momento que siendo
niño le tocaba trabajar arduamente para colaborar con la familia. A cambio
recibía zapatos plásticos, no veía el dinero. Las labores se mezclaban entre el
vertedero y la crianza. “Mi tío El Espía
se levantaba a las cinco de la mañana y llegó a tener hasta 300 chanchos por
eso se iba temprano al pueblo con los burros, para recolectar más comida,
cuando llegaba jugaba rayuelas todas las noches con los vecinos, porque no
había nada más qué hacer, y cuando llegaban los camiones –al vertedero- se
hacían asados, se instalaba un catre y rico el asado y al día siguiente todos a
trabajar. A veces nos íbamos a sacar mariscos entre niños y adultos”.
“El barrio era tranquilo y nos
ayudábamos entre todos. Cuando llegaba alguien, lo acomodábamos y le dábamos
algún espacio y montábamos las casas. Todo era por amistad. Cuando la ventas
estaban malas, el mar salvaba, porque nos íbamos a sacar maricos y hartos
pescados. Había harto marisco y pescado, no como ahora.” Comenta Mario
Covarrubias.
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La crianza de cerdos iba forjando una identidad barrial en el pequeño
caserío al norte de la ciudad.
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Otros datos referidos a la cotidianidad de antaño son indicados por
Sidney Covarrubias, nacido en 1957 y criado en el sector, nos remite a la
importancia de la efemérides en cuanto a la influencia en la venta de cerdos: “Las fiestas eran buenas porque se mataba y
se vendía hartos chanchos. Todos los chanchos que pesaban más de 15 kilos, los
vendíamos.” Del mismo modo recuerda:
“veíamos hartas cosas por acá, por ejemplo todos los días venían muchos
niños a cachurear, venían desde el pueblo -Tocopilla- y como pasaban todo el
día acá, mi papá los llamaba y les daba comida a todos, siempre había en la
mesa entre 10 a 20 cabros (niños). O también con los cabros de la población
cuando fue el golpe (1973), escuchábamos siempre hartos balazos en la noche.
Los pacos venían con los presos y le decían que arrancaran y justo cuando
comenzaban a correr, los pacos les disparaban en la espalda. Nadie se metía.”
A la hora de preguntar por la toponimia, Hugo López nos dice: “La población se llama Las Tres Marías,
porque había tres Marías, tres señoras: la María Vega, María Órdenes y María
Barraza. Eran vecinas, estaban frente a frente en el barrio y formaban una especie
de triangulo.” Este dato lo corrobora Covarrubias, quien llegó en 1965 al
sector de las chancherías.
Antonio López Bacho llegó en el año 1978, indica que era un campamento
de extrema pobreza, y que las casas eran construidas con material reciclado,
generalmente extraído del vertedero, “esta
gente era muy mal mirada”. Luego agrega:
“traje a mi padre que quería seguir la tradición de mi abuelo, mi padre fue
bueno para los caballos, y siempre quiso tener un terreno en Las Tres Marías,
trabajó en la Anglo Lautaro. Le compró un terreno a la María Pérez, hija del
dueño del bar El Radical, le compró los animales también (…) Decir que esto era
una población era para no tratar mal a la gente, porque era en realidad un
campamento, no teníamos agua potable, se le pedía al municipio, se demoraban, a
veces no llegaba, teníamos poca luz, Marco de la Vega hizo un camino, pero una
entrada no más, mandó una máquina pero eso no más. Y cuando llegué ya había 70
personas, lo digo porque fui dirigente vecinal, entonces tenía todos los datos.”
Sobre algunos personajes, muchos recuerdan al famoso Roto de la Mula,
quien ha quedado inmortalizado en la memoria colectiva de los antiguos vecinos.
Se llamaba Manuel Vergara Gaete, de contextura gruesa y de baja estatura,
conocido por haber pertenecido al equipo de box de la Armada, espacio que le
brindó pintoresca fama local. Fue allí en donde adquirió el apodo, tanto por
sus raíces campesinas como para diferenciarlo de los otros púgiles, cuyo origen
también era rural. Recuerdan que “pegaba como una mula”, por lo que se
consolidó en la memoria tocopillana como El Roto de la Mula.
La fama de este personaje vistoso surgió el 25 de julio de 1940,
momento en que vino el gran aluvión: el gigante lodazal arrasó con todo, sin
diferencia entre objetos y vidas humanas. Muchos cuerpos fueron depositados
después de un largo arrastre en el mar. Este valiente hombre habría rescatado
los cuerpos desde el turbio mar, sacando alrededor de 13 muertos de la playa,
luchando contra la oscuridad y con la bravura marítima. Se configuró así una
leyenda y un heroísmo sin antecedentes en Tocopilla, siendo este boxeador el
protagonista, y su repetida frase: “Yo
soy el Rotito de la Mula, campeón de Chile y de Caleta de Vieja”, se hizo
cada día más famosa.
Era un personaje ermitaño, “el
Roto de la Mula se hizo un ruco -pequeña casa-. El viejito se las machucaba
para vivir, se las rebuscaba, pero le gustaba estar solo, era tranquilo”,
comenta Mario Covarrubias. Su hijo, Sidney agrega: “Al Roto de la Mula yo también
lo conocí, era un viejo chico que usaba un canasto de palta en la espalda
cubierto con un saco de arpilleras. Había sido boxeador. El vivía entre Caleta
Vieja y Remanso”.






Yo soy hijo de hugo lopez y tambien vivi en las tres maria un lugar de muchos recuerdos buenos de la infancia
ResponderEliminarYo soy hijo de hugo lopez y tambien vivi en las tres maria un lugar de muchos recuerdos buenos de la infancia
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