miércoles, 5 de mayo de 2010

¿GLORIAS NAVALES?



¿Es el 21 de mayo la conmemoración de un fracaso bélico naval? ¿Podría considerarse esta fecha como el origen simbólico de los llamados “triunfos morales” en la historia y sociología política chilena?

La muerte del capitán Arturo Prat, lejos de ser simplemente un episodio trágico durante el Combate Naval de Iquique, se transformó en una poderosa herramienta movilizadora. Su figura fue convertida en símbolo del sacrificio patrio, y su acto –lanzarse al abordaje de una corbeta enemiga prácticamente sin posibilidad de éxito– pasó a encarnar el ideal de la entrega total a la nación. Este gesto, sin embargo, no puede ser comprendido al margen de un contexto más amplio: la Guerra del Pacífico fue impulsada por intereses económicos de la oligarquía chilena, en estrecha connivencia con capitales británicos, interesados en consolidar el control sobre el salitre.

En ese marco, miles de jóvenes –“rotos”, en la terminología de la época– fueron convocados a una cruzada nacionalista dirigida desde una élite que veía en la guerra una oportunidad de expansión territorial y enriquecimiento. Enfrentaron a los “cholos” peruanos o “cuicos” bolivianos en una contienda que distaba de ser moral o defensiva, y que más bien respondía a una racionalidad imperial, dictada por las necesidades del capitalismo extractivista.

Una lógica similar se reproduce en el Día de la Bandera, el 10 de julio, que también se celebra como el Día de la Juventud. Esta fecha conmemora la Batalla de La Concepción, donde un grupo de jóvenes soldados chilenos, cercados en la sierra peruana, resistió hasta la muerte en un acto que ha sido canonizado como gesto supremo de lealtad y valentía. Pero cabe preguntarse: ¿por qué celebramos su muerte en lugar de interpelar las condiciones que los llevaron a esa inmolación?

En esa misma jornada, miles de conscriptos –muchos de ellos obligados– prestan juramento a la bandera en una ceremonia que, simbólicamente, refuerza la disposición al sacrificio por la patria como un destino incuestionable. La narrativa hegemónica impone así una pedagogía del heroísmo trágico, donde la entrega sin condiciones es el modelo a seguir, sin espacio para el análisis crítico de sus causas ni consecuencias.

Resulta llamativo que mientras el 21 de mayo es un feriado nacional, otras fechas asociadas a victorias decisivas, como el 7 de junio en la Batalla de Arica, no tengan el mismo estatus simbólico. En Arica, el ejército chileno logró una victoria, pero el énfasis memorial se diluye, quizás porque no ofrece el mismo pathos trágico ni permite construir el relato de “gloria en la adversidad” que tanto ha calado en la cultura nacional.

Incluso los triunfadores de Arica, según relatos de la época, combatieron bajo los efectos de la llamada chupilca del diablo, una mezcla de alcohol y pólvora que elevaba su bravura al paroxismo, en una escena que mezcla lo heroico con lo abyecto. Aquí también, la memoria selectiva privilegia el sacrificio por sobre la estrategia, la sangre por sobre la reflexión.

¿Es posible que la sociedad chilena haya naturalizado la frustración y, como respuesta, haya convertido en héroes a sus derrotados? La galería nacional está repleta de mártires: Prat, los 77 de La Concepción, entre otros. Se ha mitificado la inmolación hasta confundir sacrificio con heroicidad. En contrapartida, los verdaderos sobrevivientes de la Guerra del Pacífico –los soldados rasos, los mutilados, los desamparados– fueron rápidamente condenados al olvido, mendigando pensiones o viviendo en la indigencia.

Se exalta al oficial que muere con honor, pero se ignora al combatiente que sobrevive con traumas. La épica ha sido escrita por las élites y sostenida por una historiografía oficialista que ha evitado, salvo contadas excepciones, interrogar las bases materiales e ideológicas de esta guerra.

Cada 21 de mayo se repite el rito cívico con discursos que oscilan entre la solemnidad y la autocomplacencia. En ellos, se renueva un imaginario nacionalista que busca cohesión a través del dolor glorificado. Se impone una lectura de la historia impermeable a la crítica, cultivada por generaciones de políticos, educadores y medios de comunicación que han operado como guardianes del mito patrio.

Desde esta lógica, Chile parece preferir el relato del esfuerzo antes que el de la victoria, el de la “derrota honorable” antes que el análisis estratégico. Lo vemos también en el deporte: “perdimos, pero con garra”. La épica del intento desplaza la interrogación por las condiciones estructurales del fracaso. ¿No será esto una forma de evadir la responsabilidad histórica y mantener un relato que tranquiliza más que incomoda?

El 21 de mayo se ha arraigado en la idiosincrasia nacional como el inicio simbólico de una expansión territorial y económica, pero también como el punto de partida de una memoria construida sobre el sacrificio. Es un caso paradigmático de cómo las derrotas pueden ser reconfiguradas como victorias morales, y de cómo el relato nacional se construye muchas veces no sobre la verdad histórica, sino sobre la necesidad de cohesión simbólica.

Tal vez ha llegado el momento de revisar críticamente estos relatos, de desmontar las narrativas del heroísmo trágico, y de preguntarnos qué tipo de ciudadanía cultivamos cuando glorificamos el martirio por sobre la vida, el mito por sobre la historia.

 

2 comentarios:

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  2. Agradezco tu respuesta, y da una visión muy dstinta a los que tratas de imprimir. Es buena la discusión y más si te apoyas en elementos técnicos. La idea era esa, el que pudieras discrepar , y que vieras más allá de la mera contradicción.
    Ten por seguro que seguirás recibiendo mis comentarios, ya sean de critica positivas o negativas, pero si siempre ellas constructivas.
    Son pocos los que se arriesgan a hacer o mantener el raingambre de nuestra ciudad. Asi que adelante.
    Sergio Yoma Rojas

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