SACRIFICIO Y COLONIZACIÓN DEL AMBIENTE


Plaza Colonia Americana y la humeante termoeléctrica en 1953. Archivo: Tarjeta postal distribuida por la Unión Universal de Correos, 1953.


La condición de ciudad sacrificial está sustancialmente relacionada con el funcionamiento de la termoeléctrica a través de la quema de combustibles fósiles y los diversos procesos ambientales asociados a la termogeneración de energía eléctrica. Dicha quemazón de combustibles se sustentó en petróleo, carbón y petcoke, proceso que propició una estructura contaminante a lo largo del siglo XX hasta el tiempo presente, constituyendo al puerto de Tocopilla como una Zona de Sacrificio ambiental, afectando profundamente a la población, la que finalmente, dispuso de sus cuerpos para el desarrollo de la termoeléctrica y del proceso del capitalismo minero en niveles industriales inaugurado desde 1915.   

Entendemos a las Zonas de Sacrificio como aquellas localidades que se ven forzadas a sacrificarse o inmolarse por el “desarrollo” y “bienestar” del resto del país (Terram, 2014). Según Carmona y Jaimes (2015) la denominación de Zona de Sacrificio hace referencia al extenso e intenso impacto de la contaminación industrial, la que supera lo medioambiental y abarca integralmente el resto de los ámbitos de la vida en el territorio, pues genera el menoscabo de la economía doméstica o local y proscribe finalmente cualquier capacidad de desarrollo humano.

Estas Zonas de Sacrificio develan que el problema de la contaminación ambiental responde a patrones de desigualdad social y de asimetría económica, porque son las comunidades de menores ingresos las que deben soportar y contener los efectos negativos del crecimiento económico de la sociedad en su conjunto (Terram, 2014).

Según Irmgard Emmelhainz (2016) el capitalismo se funda, se mantiene y se reproduce con la razón técnica, fundándose en un modelo de acumulación por despojo, explotación y extractivismo, desigualdad sistémica, precariedad e individualización extrema de los problemas colectivos. Este sistema ha significado destrucción medioambiental y social, calentamiento global, contaminación por emisiones de combustibles fósiles, deforestación y una división del mundo entre el urbano privilegiado y las denominadas como Zonas de Sacrificio, la que define como comunidades enteras que sobreviven con la carga tóxica de nuestra necesidad sistémica, comunidades cuyos bienes son expropiados, explotados y destruidos, sus formas de sustentabilidad autónomas son destruidas en nombre de la modernización, bienestar y desarrollo: “cuando en realidad esta destrucción tiene el objeto de sostener los privilegios de gente que vive en otras zonas urbanas y que justifica o ignora la destrucción bajo la lógica de la razón técnica” (Emmelhainz, 2016:2).
Por su parte Klein (2015) define a estos territorios de sacrificio como subconjuntos enteros de humanidad clasificados en un nivel inferior a los seres humanos, lo que hizo su envenenamiento en el nombre del progreso siendo aceptable en cierta manera. Esas clasificaciones remiten a “una instancia de repetición de los procesos coloniales (…) que en muchas sociedades (como las latinoamericanas) están ya normalizadas; es decir, repiten la normalización del despojo colonial en nombre del desarrollo, trabajo para todos, modernización y apertura de las fronteras al comercio internacional, y tienen como consecuencia la destrucción de las formas de vida” (Emmelhainz, 2016:2). 

Por su parte R. Frascella plantea que existen las categorizaciones de los distintos grupos de personas, “que son tratadas como menos que humanas y, por lo tanto, desechables en nombre del progreso para la ‘gran humanidad’...” Ante lo cual se pregunta en el marco de una critica: “Y bien, ¿Qué es la gran humanidad? ¿Quién decide?¿Quién vive en estas Zonas de Sacrificio? ¿Quién no? ¿Qué es lo que está siendo sacrificado? ¿A quién beneficia el sacrificio?” (2016:44).

Entonces, las Zonas de Sacrificio son aquellos lugares que asumen los costos, que asumen la externalidad negativa de los procesos industriales, que se constituyen en los patios traseros, que son el lado B, la otra cara de la moneda; esos territorios que por la selección del capitalismo y los diversos amparos políticos degüellan a las localidades para que puedan cumplirse objetivos fijados desde una externalidad.

Ya hemos señalado lo pertinente y fundamental de la necesidad de visibilizar el impacto ambiental y comunitario del capitalismo minero en Tocopilla, analizar su huella y su escritura en el territorio pero también visibilizando las huellas y las marcas en las corporalidades que habitan el territorio.

Al entender a Tocopilla como una Zona de Sacrificio, lo hacemos en un marco de comprensión del territorio bajo un proceso de colonización que, además de tener huellas económicas, tecnológicas, simbólicas y políticas, posee profundas huellas ecológicas. Porque colonizar la costa de Atacama para quemar combustibles y generar electricidad para la mina, significó funcionalizar el territorio en aras de un proyecto capitalista, alterando deliberadamente el ambiente, sus naturalezas y sus recursos: para extraer, quemar y también para depositar las miles de toneladas de cenizas resultantes de la combustión de carbón, surgiendo verdaderas montañas de escombros que archivan y testimonializan una forma de colonización de Tocopilla.

Develar esta trama tocopillana es fundamental, porque significa dar muestra del proceso que ha llevado el capitalismo minero en su integridad y no parcelado como lo ha hecho la historiografía y antropología regional y nacional, que usualmente le ha dado la espalda a los densos fenómenos vividos en la costa. Además, invisibilizando las relaciones entre capitalismo y naturaleza, al menos para el caso tocopillano: ciudad que no aparece en los grandes relatos políticos, económicos ni en los diversos trabajos científicos elaborados en la actual Atacama.

Como expuso Marx (1977), la naturaleza está articulada al hombre de modo inorgánico, en el sentido de entender la naturaleza en cuanto a que ella es parte del cuerpo humano. Una dimensión eco-lógica que comprende al hombre como parte de ella misma, como cuerpo extendido y articulado con otros procesos biológicos y ambientales. En ese sentido, se diluye la dicotomía o las separación extraña que se ha hecho entre naturaleza y hombre.

La sacrificialidad Tocopilla es un ejemplo de estos lados oscuros de la luna, que quizás, sabemos que existen, que están allí, pero que no se ha mostrado: son estas circunstancias locales las que develan las crisis y las negatividades del capitalismo y del mercado mundial, evidenciándose aparatosa y dramáticamente las contradicciones y antagonismos de la producción capitalista, del extractivismo y el desinterés por las poblaciones locales que asumen la parte negativa para que la minería siga siendo vista como el “sueldo de Chile”. Pero, para que exista ese “sueldo de Chile”, han debido existir cuerpos y territorios sacrificiales.

Jürgen Habermas (1986), al hablar de las distintas construcciones y fuerzas del capitalismo, además de las estructuras que propenden a la superioridad de las formas de producción capitalista, señala que estas estriban en dos situaciones: en la instauración de un mecanismo económico que garantiza a largo plazo la ampliación de los subsistemas de acción racional con respecto a fines y en la creación de una legitimación económica bajo la que el sistema de dominación puede adaptarse a las nuevas exigencias de racionalidad que comporta el progreso de esos subsistemas. Es por ello que desde “abajo”, o en el espacio sacrificado, se hace sentir una permanente presión a la adaptación tan pronto como con la institucionalización de las relaciones territoriales de intercambio de bienes y de fuerza de trabajo por un lado y de la empresa capitalista por el otro, en donde se impone la nueva forma de producción.

En ese marco, J. Habermas señala que: “Por este medio, las formas tradicionales se ven cada vez más sometidas a las condiciones de la acción instrumental o de la racionalidad estratégica: la organización del trabajo y del tráfico económico, la red de transportes, de noticias y de comunicación, las instituciones del derecho privado, y partiendo de la administración, las instituciones del derecho privado, y partiendo de la administración de las finanzas, la burocracia estatal” (Habermas, 1986:77). Es decir, surge así la infraestructura de una sociedad bajo la coacción de la modernización, de la industrialización con el sistema de dominio que queda justificado, apelando tautológicamente a las relaciones legitimas de producción.
Parafraseando a Harvey (2015) la situación tocopillana vendría siendo un (infeliz) ejemplo de contradicción del capitalismo, en cuanto a que son las dos fuerzas aparentemente opuestas que se presentan en una actividad extractiva: extraer para “alargar” la vida, pero a sus vez, sacrificando a otros.

Vemos que el suelo, el aire, el mar y los cuerpos se transformaron en un grupo de elementos en el ciclo productivo, pero por el cual nadie responde, por el cual sólo se paga y se aporta al cementerio local, como resultado de una relación productiva que adquiere una impronta por la relación humana y ambiental, desde lo cual se adquiere una densidad histórica profunda.

En Tocopilla están los archivos de la tecnología con su correlación fetichista para los historiadores y fotógrafos de las máquinas, turbinas, calderas y chimeneas, pero están también los archivos crecientes de los cementerios y las montañas de cenizas de carbón que se amplifican día a día.

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