LA FATÍDICA CELEBRACIÓN DEL AÑO NUEVO DE 1933


Ayer en momentos en que todo el mundo se entregaba a celebrar alegremente el advenimiento del año nuevo de 1933, una desgracia de grandes proporciones vino a conmover a la opinión pública de Tocopilla…” (El Proletario 2 de enero de 1933)


Finalizado el año 1932, todos los tocopillanos abrigaban la esperanza de recibir un mejor año y olvidar un año difícil: el año el impacto local de la Gran Depresión Mundial, la cual trajo para el país, especialmente para nuestra ciudad, cesantía, pobreza e inestabilidad sociopolítica, una alta tasa de mortalidad y una gran hambruna. Sin embargo, la situación de desgracia seguiría entristeciendo al puerto.

Una vez celebrada la noche del 31 de diciembre, momento en que la comunidad presenciaba los fuegos artificiales, los salnatrones, la quema de “monos”, asimismo disfrutaba de las destrezas realizadas en los ejercicios bomberiles, al día siguiente la celebración de muchas familias consistía en un tradicional paseo en bote por la bahía: paseo que se realizaba con la mejor vestimenta, en donde era infaltable una merienda compuesta por frutas y bebidas. En ese escenario, muchos pescadores tocopillanos trocaban su tradicional actividad y se convertían en verdaderos fleteros recreativos por un dia y así ofrecer una tarde agradable a numeras familias porteñas, especialmente para los niños.

Las familias Soto y Castillo se embarcaron en una pequeña chalupa para recorrer la bahía: en total 12 personas. El paseo en alegría tendría un aciago final.

De un momento a otro, el mar adquirió una potente furia alimentada por los fuertes vientos. Dicha situación llevó a que numerosas familias se devolvieran al muelle y otras decidieran suspender el paseo. La fiesta de Año Nuevo se tornó extraña, diferente, despertando una gran sorpresa para los ansiosos niños y adultos que querían participar de dicho ritual de navegación. La chalupa en la cual viajaba la familia Soto y Castillo no dio noticias en el puerto.

Las horas pasaban y las familias seguían siendo esperadas en la punta del Muelle de Pasajeros por otros integrantes del grupo. La incertidumbre aumentaba minuto a minuto.

Como la chalupa no llegaba, de inmediato se inició la búsqueda por parte de otros familiares que se atrevieron en lanzarse al mar junto a otros pescadores. La búsqueda iba resultando infructuosa, llegó la noche y las noticias sobre la familia eran nulas.

El 2 de enero, a penas salió el sol, se reinició la búsqueda: esta vez eran numerosos los pescadores, voluntarios y marinos que se sumaron a la exploración costera, pero el resultado era el mismo, hasta que unos pescadores vislumbraron a lo lejos unos extraños bultos negros.

“A las 19 horas de ayer, según el parte de Carabineros, mientras los pescadores Carlos Ramos y Julio Ramírez se encontraban entregados de lleno a las labores de pesca, a una media milla de la costa, frente a Caleta Vieja, divisaron dos bultos que flotaban al garete y que parecían ser dos cadáveres” El diario El Proletario añadió: “…acercados los obreros en cuestión a los bultos, se pudo establecer que era el cadáver de dos niños de corta edad, algo así como de cuatro a cinco años".

Luego del denuncio del hallazgo de dos niños, una lancha tripulada por Carabineros y personal de Aduana se dirigieron a Caleta Vieja para rescatar a los difuntos infantes.

Más tarde se pudo establecer que se llamaban Joaquín Segundo Soto Gallegos e Ismael Demetrio Castillo Maturana.

El mismo diario El Proletario señalaba que el rescate de estos cuerpos fue bastante arduo: “…después de un largo y tesonero trabajo, se logró arrebatar al mar sus dos inocentes víctimas, sin poder establecer nada más respecto a la desgracia a pesar de haberse internado la embarcación en cuestión, hasta algo así como dos millas de la costa y haber hecho activas búsquedas que resultaron infructuosas”. (El Proletario 2 de enero de 1933)

Como señalaba este diario más de la mitad del víctimas correspondía a niños, quienes fueron los primeros en ser hallados.

La situación de amargura enternecía a Tocopilla por este mal inicio del nuevo año, ante lo cual la búsqueda era intensa con casi la totalidad de los pescadores locales acompañados también de marinos, Carabineros y como lo indicaba El Proletario con “expertos conocedores de nuestra rada”.

Recién el 4 de enero, a la altura de Caleta Vieja, fue posible encontrar los diez cuerpos restantes: en total fueron 12 muertos.

La identidad de estas personas correspondía a: Joaquín Soto, Florentina Gallegos de Soto, Andolina Soto, Vicente Castillo, Berta Maturana, Humberto Castillo, Zoila Castillo, María Castillo, Carlos Espinosa y Humberto Uribe, estos dos últimos eran los fleteros de la embarcación Nº 150, de la cual era dueño Diego Roldan.

Los cuerpos hallados estaban semidesintegrados debido a la larga estancia en el mar, además de las agresiones propias de los oleajes sobre las rocas.

Las razones esgrimidas para explicar esta tragedia fueron varias, pero la que más predominó – y como era lógico- fue sobre el bravío estado del mar en ese día, especialmente en el sector de la playa frente al cementerio, actual playa El Salitre. La otra versión hablaba sobre el estado de intemperancia de los fleteros, quienes en su porfía decidieron lanzarse al mar sin ninguna precaución.

La muerte de estas dos familias fue muy comentada durante mucho tiempo y este caso se hizo conocido como el de “los ahogaditos”, siendo muy concurridos sus funerales y del mismo modo fueron ampliamente visitadas sus tumbas en el cementerio local, constituyéndose repetidas procesiones para el depósito de flores y velas. Constituyéndose estos niños como verdaderos depositarios de la religiosidad popular tocopillana.

*Fotografía: edición de El Proletario, 2 de enero de 1933.

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