LA QUEMA DE MONOS Y SALNATRONES



Por Damir Galaz-Mandakovic F.

Fotografía: archivo de José Valenzuela


La quema de “monos” es una práctica que ha sido detectada en las salitreras tanto de la zona de Tarapacá como en la región de Antofagasta. Cada “mono” representaba la quema de lo negativo del año que finalizaba. 

Una vez que algunas salitreras del cantón El Toco comenzaron a cerrar, en especial en los años 20' y 30’ y después en la década del 50’, la llegada de pampinos a los puertos conllevó el traslado de estos rituales. Cabe indicar que la ropa era un tema importante en las fiestas de fin de año, en cuanto a renovación y lucimiento, por ello, la quema de lo que ya no se usaría contribuía a la formación y fabricación de estos "monos", que eran básicamente ropa rellena con otros trapos, adornados con algunas maderas y mensajes de buenos deseos.

En Tocopilla ya se venían realizando los famosos salnatrones (gran fogata realizada en la playa, la cual era posible con la mezcla de salitre y agua, adicionándose neumáticos para generar una gran llamarada y potentes estruendos). Pero estos salnatrones no nacen precisamente para el Año Nuevo, sino que nacen cuando se estaba luchando contra la espantosa Fiebre Amarilla, por allá en 1912: peste mortal que llegó a través de un barco y que provocó 319 muertos.

La quema de salitre fue otra medida de mitigación tomada por las autoridades médicas de la ciudad, la que se adicionaba a la fumigación con azufre y la colocación de petróleo en los depósitos de agua para extinguir, por falta de aire, las larvas de los mosquitos llamados Aedes aegypti. De esto modo, se comenzaron a producir simultáneamente pequeñas fogatas en varios puntos de la ciudad, siendo el nitrato el principal combustible.

Una vez superada la peste, los salnatrones, primera instancia una medida utilitaria, derivó en la ritualización de la quemazón de lo negativo del pasado y se cruzó con la combustión de figuras antropomorfas y zoomorfas que poco a poco han derivado en estilizaciones y verdaderas obras artísticas que sorprenden por su refinamiento en la manufactura, en donde el cine y la televisión juegan una gran influencia en la definición de las figuras y contextos de contenidos de estos “monos”. Este proceso derivó en la municipalización de la tradición a través de un concurso que posee premios que no alcanzan a cubrir los gastos que conlleva la fabricación de estas figuras: importa más el ritual, y el concurso no es más que una pequeña forma de reconocimiento y patrimonialización de la litúrgica combustión.  

Esta quema de “monos” y salnatrones es la expresión de una ritualidad comunal, alimentada con la religiosidad popular, fetichismos, supersticiones, numerologías, la celebración de la magia -supuesta- atribuida a los números y una serie de sugestiones en un nuevo andar del calendario gregoriano. De este modo, la fiesta de Año Nuevo adquiere las características carnavalezcas; es la expresión del ocio que ayuda a exhibir las habilidades de artistas autodidactas que ven en esta fecha la posibilidad manifestar sus destrezas y gustos por ciertas tendencias cinematográficas.

La quemazón de "monos" es en cierto modo la combustión simbólica de un archivo de la negatividad anual. Pero, a su vez, es una “apertura mágica” de optimismo ante un nuevo año pero que también nos va indicando cuáles son las imágenes y contenidos de moda dictados por la televisión y el cine.

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