DIMENSIONES COTIDIANAS DEL BARRIO NORTE






 
Al transitar diurnamente por las calles de las poblaciones, el silencio[1]  se deja sentir en expansión; calles vacías, escasos vehículos de locomoción colectiva al paso, escasas personas a la vista. Una gran cantidad de vehículos en deterioro, sin uso y en estado mecánico inerte atiborran las estrechas calles. Entre chatarras y autos nuevos se vislumbran soldaduras en ejecución, trabajos mecánicos realizados en plena calle, ante la ausencia de espacio para desarrollar este tipo de labores en los interiores de las casas. No sólo trasladaron muebles y electrodomésticos a la nueva morada, sino que además los antiguos vehículos en desuso, los que han sido instalados en las afueras de las casas. Verdaderos archivos mecánicos del cual se extraen piezas que son vendidas lentamente al que las requiere. O bien la manifestación de la esperanza de ver nuevamente rodar al vehículo o venderlo completamente. Mientras tanto, las calles se van aglomerando y acumulando estas carrocerías que, frente a la agresiva humedad costera, se oxidan velozmente, tornando sus colores deprimentemente. Estos dos barrios, separados por escasos metros, se diferencian por sus arquitecturas, por su carácter habitacional y laboral entre ambas. De hecho, Pacífico Norte es una población eminentemente habitacional, es un conglomerado de casas que dan las evidencias de ser prácticamente un “dormitorio”.

En Las Tres Marías el silencio es interrumpido por el relincho de potros y rebuznes, cantos de gallos, ladridos de perros callejeros, gatos recorriendo techos. Se nos presentan otros sonidos y olores, el carácter rural de la población se deja notar. Caballos, burros, palomas, jotes, perros, cabros, se dejan percibir a la lejanía. Asoman pequeños ranchos y corrales. Y por qué no decirlo también, otros rostros, otras fisonomías y pieles faciales que nos remiten a sacrificio, al paso del sol sin misericordia. A una gran cantidad de ancianos melancólicos con sus crías de chanchos.

Camiones cargados con cartones, fierros, basuras, latas, chatarras generan otra dinámica y otro tipo de flujos. Camiones aljibes o camionetas particulares cargadas que circulan demostrando el nivel de compra y venta de microempresas destinadas al reciclaje de todo tipo de productos, predominando los cartones. 

Las expresiones sonoras de los animales trasladan a otra dimensión a quien visita la población, remite a sonidos escasos y de pronto desconocidos en Tocopilla. En la costa desértica absoluta, como lo es Tocopilla, escuchar un relincho o un burro rebuznado puede constituir una gran novedad para los niños. Son sonidos exóticos, extraños y quizás atractivos.

Llegué el año 2003 a la población Las Tres Marías, fui sobrina de Pedro Lorca, que también fue criador por estos lados. Llegar acá fue un cambio drástico porque venía de Calama. Vivir acá es rico, acá se valoran mucho más las cosas, afuera no apreciaba nada, la lejanía hace apreciar por ejemplo un pedazo de pan (…) Acá hay colores al amanecer que no están en Tocopilla. Mi esposo es uno de los últimos matarifes que están quedando, porque es una tradición familiar.” Relata María Espinoza, dirigente vecinal de Las Tres Marías. 
 
En su interesante relato, acota: “Acá la subsistencia es sana pero a la vez sacrificada, entre los vecinos nos ayudamos mucho, porque comprendemos nuestro trabajo, una papa puede ser transformada en cinco kilos, hay mucha solidaridad entre los vecinos. Mi esposo alimenta a veces a sus amigos, porque a veces las cosas están malas. Me rehabilité de un cáncer, y llegar acá, a Las Tres Marías, mi vida adquirió un nuevo impulso. Quiero hacer una casa de acogida para abuelos, ayudar a los vecinos que están mal. Es mi misión, quiero tener una vejez linda. Mi vida en campamentos me mostró la dura vida de los abuelos, muchos de ellos han muerto, no quiero que eso siga pasando en la población…"




María Espinoza describe de este modo el habitar en Las Tres Marías, quien junto a su esposo poseen una gran cantidad de animales, los que son faenados y luego vendidos a una gran diversidad de clientes. “En esta cuadra hay muchos criaderos, está el señor Garrido, la señora Karla. Yo tengo chanchos, pichones, burros, gansos, patos, gallinas. Y los vendo todos. Mis clientes son de Calama, mucha gente de Tocopilla, de la villa, de todos lados. Incluso hasta doctores. Ellos los ven, los eligen y dicen en qué día los van a necesitar. Los chanchos comen las comidas que sobran en los restaurantes, se las dan en el Mercado, el Hugo, que es mi esposo, va en la mañana y las retira. Luego, entre los dos separamos los tipos de comidas. Por ejemplo, lo seco pa’ los burros, los huesos y papillas  pa’ los chanchos, el pan y tomate pa’ las gallinas y patos. Después de los 20 kilos, el lechón ya se puede vender…”. 

Según lo que narran nuestros informantes, para matar a los cerdos se les llama, se les acaricia y luego ejecuta un certero golpe en la cabeza y el cuchillo va directo al corazón. Las aguas están hirviendo, se despela, es todo rápido, en menos de 15 minutos queda listo, y se encaja el chancho sin ningún bello. Un kilo cuesta $ 2.500 pesos. “Mi esposo ha estado toda la vida dedicado a esto. Mi esposo y yo somos reconocidos por lo que hacemos, incluso la gente de la película que filmó Jodorowsky le regaló unos burros y la carreta que usa mi esposo apareció en la película. (…) Con el burro hacemos charqui, el doctor viene revisa y nos autoriza, porque hay clientes y hay que cuidar la salud de todos ellos. A los ecuatorianos y colombianos le gusta el charqui. Hay tantos pedidos que hay que matar a los burros, eso quiere decir que hay que cerrar una pieza con mallas y tirar los cordeles para colgar los charquis, hay que tener cuidado con todo para que no lleguen las moscas” Narra María.

María Espinoza relata que llegó a una población en donde la vida cotidiana estaba reducida al trabajo, con poca sociabilidad, con escasas relaciones de amistad, con poco interés en participar, en integrarse a la comunidad. Con una especie de auto marginación y una baja estima. “Yo reactivé la Junta de Vecinos, partiendo por renovar el timbre, quería darle vida al sector, mejorar la estima, porque era necesario organizarse. Hicimos la reunión y quise decir que quería ser presidenta. Los vecinos poco a poco han ido sumándose a la actividades que hemos organizado, por eso me uní con la Junta de Vecinos de la Pacífico Norte y eso ha dado buenos resultados, porque tenemos hartos problemas y era necesario juntarnos. Por ejemplo los problemas de movilización, se cortaba la electricidad seguidamente, la empresa eléctrica tenía muy malas mantenciones. Como Junta de Vecinos hicimos las gestiones y ahora ha mejorado la situación. La oscuridad facilitaba los robos, y hubo muchos robos. Por el momento es imposible tener cuartel policial porque dicen que somos poca gente, pero al menos el Plan Cuadrante hizo que bajaran los robos”.


 En la descripción de algunos problemas, los vecinos relatan que uno de los principales tiene que ver con los malos olores y la culpabilización va hacia los criadores de porcinos.

Tenemos empresas que dejan sus productos vencidos o descompuestos, desde los supermercados, y los dejan no en el basural, sino que en un criadero y el comprador o quien recibe no realiza el tratamiento adecuado y eso genera fuertes olores. Las cosas se acumulan y se crean como pantanos de alimentos descompuestos, es una especie de barro. Eso nos trae moscas, zancudos, guarenes que una vez se comieron un gato! Son muy grandes. A veces es una pesadilla. El vertedero, no nos genera últimamente tanto problemas como lo hacen estos depósitos ilegales de desperdicios de alimentos del supermercado. Hay relajo en las autoridades que a veces no supervisa este problema. Uno lava la ropa y se queda impregnado con esa hediondez”, menciona una vecina.

No obstante, Brígida Castillo, atribuye a que cada vez que surgen incendios en el vertedero, el humo, los malos olores afecta principalmente al sector norte de la población: “lo negativo de vivir aquí en verano es por olores, (…) sólo la semana pasada el basural prendió unas 3 veces (octubre 2013) creo que por el calor combustionan los gases y el humo invade la parte norte de la población, comienzan a arrancar los ratones que dicho sea de paso son grandes, del tamaño de un gato”.

María Villanueva recuerda: “Al comienzo había hartos olores, pero ya no es tanto como antes. Le echaban la culpa a un cartonero, pero él no tenía nada que ver con el tema. Había polémica al comienzo, por las moscas. La gente de afuera cree que es por el vertedero, pero no. Hay gente que compra cosas descompuestas y luego las revende.”

Por su parte María Espinoza indica que, “La gente me reclama a mí como dirigente vecinal, porque esto afecta a los pobladores de la Pacífico Norte. Y me piden que solucione el problema. A veces se da la rareza que la gente del vertedero cumple más las normas que cierto criadores de cerdos. La gente del vertedero no nos provoca problemas. Le hemos hecho fiestas para ellos e intentado integrarlos.” Otra vecina dice: “aquí la gente hacía lo que quería con los chanchos y nadie reclamaba”.

Por otra parte, sobre los temas de integración y participación, María Espinoza nos menciona algo relevante que sintetiza sociológicamente, según su visión, lo acontecido durante todos estos años: “Acá aún tenemos gente con ‘Mentalidad de Remanso”.

En la explicación de dicho concepto, expresa que consiste en que los vecinos se auto discriminan, porque se sienten marginales, como las autoridades nunca vinieron, eso influye mucho en que sean reacios. Muchos no sabían leer y eso complicaba las cosas, al menos cuando tenían que acercarse a alguna autoridad. “El Alcalde Kurtovic fue el primer alcalde que tomó en cuenta el sector, fue uno de los primeros en acercase y tratar de mejorar las cosas. Pero yo lucho contra la Mentalidad de Remanso. Los vecinos recuerdan que cuando tenían una casa con luz se emocionan. Las autoridades a veces hablan, pero nunca han venido, no saben lo que se vivía acá y lo que pasa actualmente. Yo les digo a mis vecinos que ya pasó el tiempo en que vivían en el sector de Remanso, ahora tenemos que ser integrados, tenemos derecho a participar, tenemos derecho a ser escuchados.” Comenta claramente María.

Por su parte María Villanueva agrega que, “Muchos de Las Tres Marías no creen en nada, porque dicen que han estado mucho tiempo botados, que vienen con puras promesas, a veces hay mucha gente negativa, pero en realidad, al poco tiempo se han ido integrando. Porque van entendiendo que las cosas son para todo el sector, no sólo para la Pacífico Norte, sino que para todos. Todos estamos marginados y hay que luchar contra eso.”

Romualdo Gutierrez
El matrimonio compuesto por Romualdo Gutiérrez y Alicia Rojas exteriorizan aspectos de conflicto entre los antiguos vecinos de Las Tres Marías y Pacífico Norte. Romualdo indica que “Cuando comenzaron a embromar que la gente no iba a querer los chanchos cerca de sus casas, la gente nueva de la Pacífico Norte, vendimos todos los chanchos pa’ no tener problemas”. La misma decisión tomó el poblador y criador Antonio López.

Alicia Rojas nos dice: “Nos deshicimos de los chanchos porque la gente iba a reclamar, la gente decía que iba a haber moscas, y que la gente iba a ser delicada. Pero al final no es así, hay droga, peleas, hay muchos conflictos entre los vecinos. Hay jóvenes que se juntan en las esquinas. Con la población nueva, muchos dejaron la crianza de chancho. Así que para no tener atao’s, era mejor que los vendiésemos”.

Nos miran como carne de cogote, me he fijado yo” sentencia Romualdo. Añade: “Me arrepiento de haber dejado de criar chanchos. Pero igual ya estoy viejo pa’ trabajar en eso, así que desarmamos los corrales.”

Alicia se refiere a las alteraciones cotidianas por efecto de la llegada de nuevos vecinos: “Yo tenía mi cocina a leña, con chimenea, mis hornos, ahora no se puede hacer nada en estas casas nuevas. No se puede quemar ni basura, mejor no hago nada. Me acuesto mejor. Romualdo agrega: “En el barrio antiguo se compartía y no se molestaba a nadie, ahora es más complicado. Era tranquilo, uno conversaba con todos, ahora ni saludan. Nos miran mal”.

Alicia explica su marginación: “No participo en las reuniones, porque nos miran mal la gente de la Pacífico Norte, se ríen de nosotros, nos dicen los chancheros, que somos cochinos, pero uno sube por las calles y siempre está sucio. Ahora está más sucio que antes.
           
Hugo López acota: “Acá se murieron varios de los criadores cuando nos cambiamos, el drama es recolectar la comida, porque el vertedero, antes, estaba más cerca y nadie miraba el basural, entonces todos llegaba cerca de uno y uno la seleccionaba y luego se quemaba el resto, entonces ahora es muy distinto porque ahora hay muchos ojos. El camión de la Chilex, era bueno, traía de todo. Me traían cartón pero ya no, se me criaban ratones y dije que no trajeran más, porque como yo trabajo en la comida y era mucho trabajo, el cartón es pesado trabajarlo porque pagan poco pero hay que estar doblado trabajando y agachado y son 4 o 5 toneladas y uno solo tira las 5 toneladas arriba del camión, y es mucha responsabilidad tener peonetas porque el camión es resbaloso.”

Variados relatos pertenecientes a los vecinos de Las Tres Marías, fluctúan entre la molestia por los nuevos vecinos o bien por una acogida positiva. Sin duda que las cotidianidades de la población han sido modificadas por la ampliación del barrio. Eduardo Gutiérrez en repetidas ocasiones apostilla que jamás pensó que llegaría gente del pueblo a vivir cerca del basural. Porque, indica él, era un sector muy mal mirado por los tocopillanos, que era muy lejos y que era maloliente. “Hay cosas buenas –dice Eduardo- ahora llegan los colectivos. Antiguamente los colectiveros ganaron harta plata con nosotros, nos cobraban tres lucas, ahora por quinientos pesos te llevan tranquilamente. Pero en este barrio nuevo también llegó la droga”.

Una vecina que no quiso identificarse dice que en este sector las cosas cambian radicalmente en la noche. “Acá hay mucha droga, y eso hace que muchas niñas se lancen a la prostitución, hasta por quinientos pesos están dispuesta a vender sus cuerpos, igual es terrible que pasen cosas así porque yo tengo hijas y la droga es terrible”.

Brígida Castillo agrega: “la droga es bastante visible, a plena luz del día ves muchachos fumando y consumiéndola, haciendo sus transacciones como si fuera un trabajo normal y natural, como cualquier otro, tampoco haces ni dices nada, al final las leyes no tienen resultados, entran y al otro día salen, más arriesgas denunciando.”

Alicia Rojas por su parte nos dice: “acá hay mucha corrupción, los Carabineros no vienen, además acá es re’ fácil arrancar, se van pal’ basural no más. Allá nadie pilla a los drogos. En la noches es mejor quedarse en la casa encerrada, mejor veo la tele y así no paso susto”.

Hay mucha droga y antes había hasta cinco robos diarios en las casas. Ahora, gracias al Plan Cuadrante, los robos han disminuido.” Señala la vecina María Villanueva. Ella misma comenta que, como Junta de Vecinos, han ido difundiendo variadas técnicas para disminuir los robos: “Le decimos a los vecinos que deben dejar la luz prendida, que el vecino le riegue la casa a quien no está, los vecinos recogen las cartas de quien vive al lado para que no se acumulen, dejar las radios prendidas. Los fumones recorren el sector tanteando si hay gente. Además le decimos a los vecinos que tienen que limpiar las fachadas, y tantas cosas. Hicimos ‘puerta a puerta’ para que aprendieran. Al delincuente hay que asustarlo, insultarlo, incluso pegarle. No nos queda otra. Sin embargo, la gente igual tiene culpa porque algunos compran las cosas robadas, y eso es grave. Hay casos de hijos que han sido echados de la casa y se quedan deambulando por las calles.

Los relatos de los vecinos y vecinas en general manifiestan una discrepancia entre lo acontecido en la noche y en el día. Desde el tema de vicios, violencia, prostitución y hasta de olor.

Angélica Martínez menciona uno de los temas que ha caracterizado al sector en tanto identidad negativa. “Lo que molesta es el olor a burro y a chancho, en la humedad de la noche como que se esparce más el olor. Al final uno se acostumbra, uno se acuerda cuando llega gente de afuera y dice que está hediondo a chancho o guano. Y es incómodo cuando la gente nos dice que no debemos estar acá…al final cada uno de nosotros termina riéndose (…) Se han hecho denuncias pero no pasa na’, se compran ilegalmente comidas vencidas de los supermercados para los chanchos, pero a veces se venden para los kioscos, y es muy sospechoso. Una vez compré una carne muy extraña y se puso verde…”. El esposo de Angélica, Juan Carlos, menciona cierta resignación ante el tema: “nosotros somos los que llegamos, ellos ya tenían la costumbre de criar chanchos”.




[1] Sobre el silencio tan característico de la población, Brígida Castillo afirma: “el silencio se siente de lunes a viernes, tu notas al tiro cuando llega el fin de semana porque las calles se llenan de niños jugando, porque sientes el olor a asados y fiestas, o porque la cancha está llena de jugadores”.

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