LOS CUYES ESPACIALES



Siendo un niño nuestros padres nos llevaban a pasear a las ramadas. El típico ritual nacional de septiembre que a nivel local se transformaba en un verdadero desfile y paseo de niños luciendo el pantalón recién comprado, la polera con algún logotipo de moda y los zapatos nuevos completamente entierrados por el entorno de las ramadas.

Para muchos niños, septiembre era la ocasión de renovar el vestuario, y la posibilidad de lucirlo frente a sus pares. Nada había que hacer en la casa: había un solo canal de televisión, el TVN, que nuevamente nos instalaba a los Huasos Quincheros como estrella pop y nos mostraba las maravillas orgullosas del campo, del cual nada conocíamos.

Dar una vuelta por las ramadas sin ramas del desierto, significaba chocar con muchos compañeros de curso, escuchar cumbias que borraban la cueca, ver curao’s y quedar con olor a humo de parrilladas y anticuchos. El bullicio de cumbias dispersas, constituían un pequeño carnaval comunitario.

Los viejos jugaban la Lota para ganar alguna tetera, platos, planchas o kilos de arroz. En algunas ocasiones, vi a muchos señores que llevaban vanidosamente alguna gallina como premio, alguna radio china o lámparas sin ampolletas. Los niños más chicos se iban a las Pesca Milagrosa, pero también al centro de las ramadas en donde había un surrealista stand: los Cuyegüitos Espaciales.

Dos cuyegüitos espaciales por 100 pesos, dos cuyegüitos espaciales por 100 pesos”, sonaba borrosamente por un precario parlante con micrófono chino comprado en Iquique. Mientras el humo y el polvo iban reemplazando el aroma de las colonias Rodrigo Flaño.

Rodeando el stand de precarias tablas, muchos niños con los números en la mano esperaban ansiosamente ver al cuye ufológico que era metido en un sorprendente platillo volador. Por mientras, los dueños del stand seguían ofreciendo números a los asistentes. Me daba la impresión que pocos compraban números, muchos llegaban solamente a mirar el cuye y el vistoso platillo multicolor. 

“Se acaban los números!!” vociferaba el animador sentado en algún rincón del stand.

De repente, aparecía algún familiar del animador, y metía al cuye en el platillo cósmico. El nervio infantil aumentaba el tamaño de los ojos.

Una vez que el cuye estaba en el interior del platillo, éste era elevado por un cordel por el mismo animador. Mientras se elevaba, todos los niños levantaban su mirada. El platillo comenzaba a girar por la fuerza aplicada manualmente por el familiar del animador.

El platillo comenzaba a levantarse girando con el cuye en su interior, mientras las ampolletas de colores de la nave eran encendidas. La idea era marear al cuye.

“Se eleva el cuye para premiar a los tocopillanos, pueden llevarse dos tarros de duraznos, o tres kilos de arroz, o tres botellas de aceite”. Todo me recordaba a Enrique Maluenda y su popular Festival de la Una, regalando alimentos, cuyas salsas eran probadas por las modelos en vivo. Acá nada se probaba.

El cuye en las alturas, a dos o tres metros, los que representaban casi 100 metros para cada minúscula mirada infantil.

Después de casi un minuto en las alturas, el platillo volador luminoso comenzaba a bajar girando y girando. El clamor de la gente y de los niños nerviosos por el roedor aumentaba. “el cuye ha llegado a la tierra desde un lejano planeta!!!” se escuchaba por el carraspeado parlante.

“En cuál casilla se ira refugiar el cuyegüito espacial?, ¿Qué número elegirá?, ¿Qué número tiene usted señora o señor?” preguntaba el dueño.

Una vez que el platillo llegaba a la tierra, en un rápido descenso, el platillo se alzaba fuertemente y el cuye quedaba en el suelo.

Mareado el cuye, estresado por las luces, los gritos, el polvo y el humo, el descompuesto roedor huía y solamente le quedaba meterse en alguna casilla para refugiarse en la oscuridad y huir de tanto mirón. En algunas ocasiones, el cuye quedaba al centro de la pista de tan mareado que estaba. Quedaba abrumado, sin atinar a nada. El viaje espacial era angustioso y vertiginoso para el bicharraco.

Daba vueltas o miraba fijamente alguna casilla. Hasta que de pronto. “Ohhhhhh”, elegía alguna casilla como escondite.

Cada casilla poseía un número, si éste coincidía con el que habías comprado, te llevabas el premio alimentario.

Que el cuye se metiera en una casilla que coincidiera con tu número, era la felicidad máxima, era como hacer un gol, era la suerte del roedor que llegaba a tu persona. Una fetichización animal en una fiesta patriotera de cumbias y sin huasos disfrazados. Era atraer todas las miradas de la gente que rodeaba al stand. El cuye escondido traspasaba la fama al ganador, porque te transformabas en el suertudo.


Salir con una bolsa del Supermercado Colón llena de  provisiones desde las ramadas, era motivo de orgullo, de suerte, de tener “cueíta” con el roedor y en el juego. Era la felicidad máxima. Era tener una historia segura para contar una vez que se reiniciaran las clases.


Damir Galaz-Mandakovic
Fotografía: Daniela Cáceres Villalón. 

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