VERTEDERO Y MEMORIAS: CULTURA DEL CACHUREO.

El recibimiento de pobladores que destinaron sus energías a la recolección de basura, fue paulatinamente caracterizando al nuevo núcleo habitacional de Las Tres Marías. El trabajo de los moradores se dividía según los tipos de materiales por recolectar en el basural. Eran los que en terreno esperaban que llegase el camión municipal para verter lo recolectado por las calles tocopillanas, depositarias de los desperdicios domésticos. Una vez que ellos y ellas escarbaron en la basura, el turno era traspasado a los perros, luego llegaban los jotes y finalmente las gaviotas. Una secuencia de trabajo y relación ambiental repartida entre hombres, mujeres, animales y aves.














Los cartoneros recibían pingues ganancias por la recolección, lo mismo podían decir los recolectores de latas y plásticos. Los objetos encontrados que ostentaban algún valor, eran vendidos en algunas casas de la población tocopillana. Usualmente, los compradores desconocían el origen de los objetos.

La población de Las Tres Marías estaba compuesta por una decena de casas que constantemente acumulaban en sus afueras, en sus fachadas, todo tipo de materiales y objetos: neumáticos, latones, carrocerías, sillones, restos de muebles, etc., sentían que eran parte de un grupo que tenía una labor importante para la ciudad en cuanto a la recepción de los desperdicios que la misma localidad producía.

Ciertas narraciones indican que, para algunos, no era problema comer lo que llegaba. “A veces llegaban productos frescos que quizás por equivocación los habían botado. También había cosas del Supermercado Colón que habían botado, pero estaban vencidos hace pocos días…algunos se los llevaban y los consumían” nos relata un vecino. “A veces los perros nos quitaban los alimentos que llegaban buenos…estaban todos muy gorditos”.

“En el basural, como usted puede imaginar, llega de todo, y siempre nos encontrábamos hartas cosas valiosas. Oro, hartas joyas, ‘teles’ que estaban buenas, ropa ma’ o meno’, hasta plata, pero también perros muertos dentro de bolsas. Sabíamos al tiro cuando venía un perro muerto porque apenas llegaba el camión y tiraba las basuras, los jotes se tiraban directo a la bolsa y había que esperar que se lo mandaran al buche.”

Sin duda que toda la recolección vinculada con la comida, al presentar un buen aspecto, era destinada a la alimentación de los chanchos. Una vez que se veían gordos, un golpe de palo en la cabeza los aturdía y alojaban ferozmente el cuchillo cerca del cuello. Este procedimiento era usual para evitar los estridentes gritos de chancho.

La señora Alicia Rojas, tocopillana nacida en 1942, nos relata su historia de vida relacionada por muchos años al vertedero. “Me dedicaba al basural desde muchos años, antes de los años ochenta, sacábamos cosas y vendíamos los diarios, el cartón, la ropa (…) Yo vivía en calle San Martín y mi hijo vendía la ropa, pal pueblo, él también vendía la chatarra. Pero el año 94 decidí venirme a vivir cerca del vertedero, y era buena la pega ahí. Le dije a mi viejo que nos viniésemos para acá, trajimos todas las cosas desde la calle San Martin, llegué con mi hija y mis hijos Juan Esteban, Eduardo y Yerko. Me vine y después la casa se quemó. Mis niños me ayudaban con los cartones y junto a mi esposo comenzamos a criar chanchos y empezó a juntar plata para poner luz, antes usábamos sólo chonchones. Yo comía del basural, no me da vergüenza decirlo, es más feo que me digan que soy fumona. Y todo lo que tengo es gracias al basural, tengo ropa de cama, frazadas, sabanas, no necesito comprar nada en una tienda. Los pollos congelados venían re’ buenos. Llegaba un camión de la Chilex (CODELCO) y yo como estaba ágil y más alentada, nos subíamos al camión no más. Las ricachonas botaban todo. Los pollos venían buenos, los fiambres, los quesos, nos regodeábamos con los fiambres junto a mi compañeras, la Lucha y la Inés… éramos una cuadrilla y traíamos las cositas. Llenábamos sacos y nadie decía nada, ni por nuestras ropas, ni de cómo veníamos. Yo iba con la niña los sábados y domingos, porque los otros días iba a la escuela. No comprábamos ni té y bastaba sólo una vuelta y teníamos la olla parada, era bonita la vida de antes. Yo iba todos los días, desde la mañana temprano hasta las dos de la tarde. Mi esposo me hizo una ducha, un espacio cubierto con sabanas viejas. Lo complicado era esperar a los camiones y estar bajo el sol. El ‘Chico de las Pecas’, quien vivía en el vertedero nos daba té mientras esperábamos a los camiones y nos decía como chiste ‘disculpe por las moscas’. Llegábamos con un carretón lleno de latas de cervezas, después la aplastábamos y llenábamos los sacos. Era, junto al cobre, lo que más monedas nos daba. Ahora no pasa nada. Era bonita la vida del basural, nadie era atrevido. Nadie nos  impedía trabajar. Ahora es otra cosa, cambió totalmente, han llegado personas nuevas, pero todos en el vicio de la droga”.

El conmovedor relato de Alicia nos remite a un lugar que manifiesta cierta tranquilidad para trabajar. La melancolía de un pasado mejor es clara y del mismo modo la naturalización o normalización que adquieren ciertas prácticas están expuestas en sus dichos: comer desde la basura, temas relativos al olor, a la cantidad de moscas, etc. El cambio de generación de los recicladores conlleva según el relato de Alicia y de otros vecinos, un cambio de comportamiento interpretado como negativo. Se cruza la droga y la violencia que trae aparejada. “Acá todos trabajan pa` comprarse sus cositas pa’ fumar, son todos voladitos”, nos revela un funcionario municipal en el vertedero”. Reitera Alicia.

El vertedero era visto como un lugar en donde la suerte era el evento que, marcado por el hallazgo de materiales valiosos, determinaba ciertas cualidades personales en los trabajadores y determinaba lo que podría venir durante el día. Hallar joyas era signo de buena suerte en un ritualidad del cachureo, que entre otros sucesos era la expresión de una paciencia en la búsqueda.

“Uno encontraba muchas cosas, me encontré, con mucha suerte, una pulsera de oro y me saqué hasta una foto. Me encontré un anillo, por partes y luego lo armé. Había cosas buenas: muebles, utensilios, me encontraba retratos, adornos, cuadritos. Cuando mi hijo encontraba comidas buenas se las traía, si estaba mala se la dábamos a los chanchos. La ropa la vendíamos en el topless El Trece, frente al cementerio. A mi hijo, al que le decían Pelao’ Truiki, le iba re bien con las ventas, tenía harta suerte para vender”. Indica Alicia Rojas.

La ansiedad constante de encontrar elementos, artefactos o joyas en buen estado, marcaba la cotidianidad en el basurero comunal. El indagar, el rebuscar, el hurgar dentro de montañas de desperdicios daba pie a ciertas experticias a la hora de querer hallar determinados materiales.

Sidney Covarrubias, remontándose a los finales de los años setenta, evoca: “Había gente que cachureaba de noche, me acuerdo de ‘El Mala’, quien empezaba a trabajar en el vertedero a las 2 am, sólo se alumbraba con la fogata, con el fuego que quemaba la basura. El Chong a veces hacía lo mismo. Trabajaban toda la noche. Cuando yo quería ganar más plata, también me levantaba en la madrugada y me ponía a cachurear. Aunque los camiones llegaban entre las 11 de la mañana y las 2 de la tarde. Además el basural estaba cerca, no estaba más allá de 50 metros del último corral” nos comenta Sidney Covarrubias, quien agrega: “A mi me servía cachurear porque así me armé una bicicleta y podía ir a la escuela, antes me iba en la carreta con mi madre”.

Por otra parte, toda esta dinámica del basural y la población surgida, nos permite comprender la segregación socioespacial surgida en tanto lógica de distribución de los bienes y personas en el espacio social y urbano, como es en el caso tocopillano. En ese sentido, se instalan lógicas de valorización propias del capital y del sistema neoliberal. Midiéndose la “producción” en base a cuerpos “disponibles” para ese tipo de trabajo. Pero, ese carácter de “disponible” no es más que la disposición impuesta por el sistema educativo y económico, que según ciertas biografías, se han separado de esos sistemas. Se cruza una especie de agencia de grupos marginados ante un determinante estructural. Grupos que ven en lo que se vota, una posibilidad de ganancia, de lucro, de vida.

En este tipo de trabajo, la recolección de residuos, se expresa por la dejación de la necesidad del aire puro, respirar bien deja de ser una necesidad. Es un trabajo por el cual se paga a través de la salud, es una renta corporal y mental trabajar sobre la basura. Se hipoteca la vida y su exposición a todo tipo de dramas biológicos y sociales.

En estos trabajadores que siguen existiendo, surge una paradoja: la basura, lo desechado, lo muerto llega a ser un elemento vital, un espacio de desenvolvimiento, de trabajar para vivir. Un escenario hostil, caótico, que representa lo otro o lo imposible de hacer. La vida útil de los objetos, se acaba, pero surge la vitalidad de los elementos una vez que son recuperados del basurero.

Germina un nuevo significado, otro punto de partida desde lo semántico: ¿Qué es la basura? ¿Cuándo pasa a ser residuo? La basura se define como “lo que ya no sirve”, frente al residuo que es aquello que tiene posible uso posterior. Los residuos se integran por desechos que pueden volver a utilizarse, re-ciclarse, y por tanto, la basura es aquello que no se reutiliza. Evidentemente, esa definición de lo que es basura y residuo, depende de las condiciones técnicas y sociales que predominen en la sociedad en ciertos momentos determinados.

Entonces, cada uno de estos trabajadores define, en base a la apropiación de los objetos “botados”, lo que se puede hacer o no, en tanto ser que reflexiona. Podríamos preguntarnos, qué es la basura y para quién lo es. Se privatiza la basura y surge lo conocido como residuo.

Lo que llega al basural puede tener distintos valores, pero también distintos significados. La basura, según lo que contenga, adiciona a ese significante de riesgo sanitario para la salud pública y el ambiente, un carácter múltiple, sea algo estético, como vector de contagio, como fuente de ingreso, como pasatiempo, la posibilidad de hallar algo que brinde una oportunidad económica, o bien como espacio de residencia, posibilidades que se cruzan en la cultura del “cachureo”.

Los basurales por su naturaleza generan un entorno de degradación en esencia, el cual afecta evidentemente a las condiciones de vida de la población que cotidianamente interactúa en estos espacios. Sin duda que la residencia y trabajo en un basural expone a los vecinos a un sinfín de infecciones, porque un basural es un gran foco de propagación de vectores epidemiológicos cuyo nivel de peligrosidad está coligado al tipo y cantidad de residuos dispuestos, a la capacidad de biodegradación de los recursos ecológicos del ambiente tales como el agua, aire y suelo, lo que aumenta el grado de vulnerabilidad social de la población, dada la precariedad habitacional, por la manipulación de residuos en condiciones insalubres, etc. Cuando hablamos de los principales problemas acarreados en este sector tocopillano, todos los relatos nos apuntan a las plagas de moscas, de cucarachas, de ratones, guarenes, etc. Todos ellos vectores o transmisores de fiebre tifoidea, de disentería, de diarrea infantil, de gastroenteritis, de infecciones intestinales, de lepra.

La pobreza visada como cruda y chocante era lo que identificaba al sitio desde la ciudad. Desde lo lejos, siempre se avizoraba una humareda negra, una nube eterna de humo sobre esta zona, el trayecto que unía Tocopilla con Iquique tenía como limite urbano estos tugurios.

José Peña Meza, Diputado en el año 1992, comentaba en la Cámara Baja la situación de marginalidad en la población Las Tres Marías  indicando lo siguiente:

“Señor Presidente, por razones que no es del caso señalar, el pasado fin de semana visité la comuna de Tocopilla. Aparte de lo grato que puede significar conocer más nuestro país, sobre todo la zona desértica, tan distinta de aquella donde nací, la Novena Región, me vine dramáticamente impresionado por la situación de pobreza y marginalidad en que vive un importante sector urbano de la comuna de Tocopilla, la población denominada Las Tres Marías, donde no existe ningún tipo de saneamiento y hasta falta el agua potable. Pido que se oficie a su Excelencia el Presidente de la República, para que instruya al Ministro de la Vivienda y Urbanismo, a fin de que estudie la posibilidad de adquirir terrenos con el objeto de construir viviendas básicas o de emergencia para radicar a esas familias, ya que viven en paupérrimas condiciones”.

Otra situación evidenciada en los relatos, tiene que ver con que en el basural, dada las condiciones de lejanía, siempre existía una predominación de situaciones de clandestinidad. Es decir, se fue creando un espacio sub-urbano que fue favorable para el desarrollo de actividades ilegales: robos, tráficos de contrabando, transacciones ilegales, etc. En casi todas las ciudades los basurales representan la imagen de un sitio donde la violación de la norma parte de la propia administración pública por acción u omisión. Es una especie de “zona liberada” expresada en el descontrol de lo que ocurre allí. Contribuye en ello, la propia lejanía o distanciamiento que se construye desde la ciudad sobre el lugar. Era y es muy común que en las crónicas de los diarios locales se retraten situaciones ilegales: hallazgos de cadáveres, de autos robados, conflictos entre vecinos, asesinatos, intoxicaciones, transacciones ilegales.

El siete de mayo del año 2011, una grave denuncia realizó un concejal de Tocopilla ante la PDI y ante el Concejo Municipal del puerto salitrero, por el traslado ilegal de restos humanos y ataúdes al vertedero. El edil señaló al Mercurio de Antofagasta que recibió información de anónimos, llegando donde testigos oculares del hecho macabro.

Años anteriores, nos hablan de continuos incendios en el sector por efecto de actividades ilícitas. “Justo antes del mediodía comenzó el incendio en la calle número Tres del sitio 5, Manzana A de la población Las Tres Marías. El hecho se debió a la quema indiscriminada de cables de cobre por parte de desconocidos, según indicaron los habitantes del sector, afectó gravemente el terreno de Guillermo Mondaca Jofré y a su señora Margarita Pérez Milla, que era ocupado como aparcadero de chatarra.” Indicaba La Prensa de Tocopilla el 5 de marzo del año 2007.

Según el relato de vecinos del sector, continuamente se veían afectados por la delincuencia, porque era muy común que, debido al robo de cables y cañerías de cobre, los delincuentes se dirigían al lugar y aprovechaban la amplitud y falta de vigilancia para reducir el material, quemándolo para luego venderlo en bolones, situación que favorecida el desarrollo de incendios.

Angélica Martínez, nos indica un dato interesante, que nos remite a cierta cultura del reciclaje como práctica que ha sido adquirida por los nuevos residentes de la población Pacífico Norte: “Nos quejamos del basural pero mucha gente va a buscar cosas que a veces faltan en las casas, una tablita, una puerta, una plancha…etc., mucha gente va a buscar cosas, uno encuentra zapatillas impeques, al final, uno igual cachurea, porque hay cosas buenas, y nos quejamos de algo, y al final mucha gente se beneficia. Te apuesto que gran parte de la población ha ido más de alguna vez al basural, le decimos ‘Easy Hogar y Construcción’, porque hay de todo… La gente que trabaja allá, hace paquetitos o amarras con materiales, o bien tú le encargas y te lo tienen a la semana siguiente y te lo venden a bajo precio. Como están tan lejos las ferreterías y barracas, es mejor ir para allá… y te ahorras mucho. Si alguien necesita algo, uno va al basural y lo encuentra, es como mágico.”

En la observación actual de las actividades diarias en el vertedero, lo primero que llama la atención es la difusa demarcación de los sectores considerados para verter la basura. En ese aspecto, los límites y los bordes de lo considerado como basural, varían día a día.

En ese sentido, surge también la confusión y la improvisación de áreas de trabajo. Cercioramos la descarga de basuras en sectores perimetrales al vertedero. Esta irregularidad se debe en parte a la presencia de recolectores que salen a recibir a los camiones o camionetas, siendo usual que muchos de ellos se suban a los vehículos generando conflictos con los choferes, quienes, finalmente, deciden arrojar la basura decenas de metros antes del lugar considerado como autorizado para volcar desechos. En otros casos, esta práctica de captar vehículos para acceder a la ansiada mercancía, se ejecuta con la autorización del chofer, quien incluso ofrece dinero para descargar rápidamente el vehículo.

Cuando el camión llega a la zona central de vertedero, los recolectores corren ansiosos a esperar la descarga que, una vez iniciada, se arrojan sobre los materiales más preciados, como el cobre, el aluminio, la madera. En ese instante se producen ciertas tensiones en cuanto a la propiedad de lo arrojado por el camión, dando paso a empujones, a quitadas de material, a prácticas de matonajes y discusiones. Esto ocurre en momentos en que la descarga no termina, implicando el riesgo de que los materiales caigan sobre las personas. La técnica de reconocimiento y recogida se realiza con rapidez, siendo toda una experticia la ejecución de la actividad.

En algunas ocasiones opera maquinaria pesada por mandato municipal, que tiene como propósito diseminar los montículos de desperdicios, para luego nivelar, distribuir e intentar compactar la basura. Este hecho provoca una mayor presión en cuanto a la velocidad con la cual deben operar los recolectores.

En los márgenes del vertedero surgió un pequeño caserío, en donde se acumulan constantemente una gran cantidad de materiales. Sus residentes manifiestan una dependencia que no tiene horarios: están mañana, tarde y noche pendientes de la llegada de cualquier camión.

Aunque el trabajo de los recolectores suele ser temático y especifico, en el sentido que algunos se especializan en plásticos, otros en cartones, aluminios, cobres; o bien existen algunos que recolectan todo lo que es posible de comercializar, el riesgo de permanecer y laborar en lugar como el vertedero, los torna completamente vulnerables a una serie de desperdicios, que llegan y que no poseen limites o filtros en cuanto a origen o componentes químicos que poseen o las dimensiones físicas de cada uno de ellos. Llega de todo, literalmente.
 
En esa confusión de cerros de basuras, muchos materiales son invisibles, pero su peligrosidad puede ser excelsa. Desechos hospitalarios (artefactos, insumos, jeringas), residuos  orgánicos que facilitan la proliferación de guarenes, etc. Desde allí, la propagación de infecciones y enfermedades por cucarachas y bacterias. Compuestos químicos, tóxicos radioactivos, inflamables. Surgen desprendimientos de plomo en la combustión de desechos. En algunos casos evidenciamos consumo de agua por parte de los recolectores que muchas veces vienen contaminadas por lixiviados, ácidos y varias toxicidades. Han muerto recolectores por esta práctica. En los vertederos existe desprendimiento de gas metano y riesgo de explosión por la emisión de gases, riesgo de incendios, combustión de residuos orgánicos. La presencia de materiales diversos, da pie a una serie de rasguños, cortes, cercenamiento de extremidades, golpes y traumatismo. 

Una vez caída la tarde, algunos recolectores prefieren comercializar sus productos dentro del mismo vertedero con quienes llegan directamente a comprar cuando finaliza la jornada. Sin duda que la decisión de vender depende de los precios y de la cantidad recolectada de materiales. Cuando el valor de la transacción es bajo, muchos optan seguir acumulando hasta que lo precios se tornen atractivos. Este tipo de negocios se realiza en el mismo basural, bajo improvisados toldos o sobrillas, instalando además las romanas para pesar cada uno de los productos.
 



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