IMÁGENES, IMAGINACIONES E IMAGINARIOS DE ALTERIDAD EN CHILE

Dos muros y el mismo mensaje de delación xenófoba con 87 años de diferencia. La fotografía superior corresponde a una casa de Tacna en 1926, se aprecia cruz negra colocada por grupos paramilitares chilenos en casa de peruanos leales durante la campaña de "chilenización" de Tacna. © Archivo departamental Tacna. La foto inferior corresponde al año 2013 en Metro Estación Patronato de Santiago de Chile. © Archivo Pedro Godoy. 

  1. Algunas preguntas

¿Qué diferencia puede existir entre un rayado realizado en una pared de una casa en 1926 y otro rayado perpetrado en el año 2013? El primero marca una cruz en una casa de Tacna cuando esta ciudad era ocupada por Chile, y el segundo rayado realizado en Santiago dice: “Odio a los peruanos de mierda”. El primero realizado por las Ligas Patrióticas[1] en el escenario de la disputa entre Chile y Perú en cuanto a la posesión de Tacna y Arica. ¿Acaso no dicen lo mismo? ¿En qué hemos avanzado?

En una escena parecida: ¿por qué algunos deportistas siguen usando vestimenta correspondiente a Guerra del Pacífico para resaltar cierta virilidad?[2] o ¿Por qué en Chile un preso boliviano es distinto a cualquier otro tipo de preso?. Recordemos el caso de los soldados que atravesaron involuntariamente la frontera en enero del 2013, siendo apresados y generando todo un revuelo comunicacional y tensión entre Chile y Bolivia.

¿Por qué se gastan ingentes cantidades de dinero para colocar una bandera y disfrazar a sus soldados al estilo Guerra del Pacífico en el Morro de Arica?[3]

¿Por qué tenemos políticos xenófobos que derechamente llaman a expulsar a los bolivianos, peruanos y también colombianos?[4] O políticos que en programas de televisión[5], además de ridiculizar a los peruanos en cuanto a que habrían “inventado un caso”, cuestionaba al gobierno de Chile por no tener “capacidad disuasiva militar” para resolver la demanda de Perú en la Haya. Es decir, ¿aún existen políticos que validan la violencia armada para resolver los problemas limítrofes?

¿Por qué en las escuelas públicas de Chile nuestros niños son disfrazados de marinos y juegan a matar a peruanos y recrean la violencia de una guerra? ¿En qué medida la escuela reproduce la violencia y la normaliza o naturaliza en los niños como algo que es legítimo o válido? ¿Por qué es un orgullo para algunos padres vestir como soldados a sus hijas? ¿A qué se puede atribuir a que algunos humoristas chilenos siempre sacan a colación al “peruanito” o al “bolivianito” en sus chistes, ridiculizando en base a estereotipos y prejuicios.[6] ¿Por qué los marinos chilenos siguen cantando horribles frases en sus trotes mañaneros: “bolivianos fusilaré, peruanos degollaré”? [7]
Escolares de Tocopilla reproduciendo simbólicamente la violencia del Combate Naval de Iquique. Armas, disfraces, el juego de la guerra y militarización de niños en actos nacionalistas organizados por profesores, 21 de mayo 2014. © Archivo Damir Galaz-Mandakovic. 
En qué grado éstas e infinitas otras situaciones se inscriben desde una xenofobia selectiva hacia peruanos y bolivianos y por qué esas imágenes, imaginaciones e imaginarios remiten nuevamente a la separación, citándose de modo directo o indirecto, infinitamente, la Guerra del Pacífico, tan presente en la cotidianidad.

  1. La otredad como drama modernista y estructuralista

A lo largo del siglo XX fuimos testigos de números conflictos bélicos, genocidios sistemáticos, masacres y “limpiezas” étnicas, procesos de apartheid, dictaduras, etc. En todos estos procesos primaba una narrativa que construía a un otro, a un otro visto como fuente de “todo mal”. Derivando de ello procesos de regulación de costumbres, discursos moralistas, dispositivos de construcción y también de destrucción de sujetos, dando paso a regímenes de verdad y sistemas de representación y significación.

Ese otro fue el depositario de estrategias de regulación y de control de la alteridad en la modernidad. Esa construcción fue desde un sujeto “ausente”, desde un sujeto que es imaginado y edificado desde un nosotros, es decir, gracias a esa ausencia se proyectan las diferencias para pensar la cultura nacional.
La prensa chilena y la reproducción de estereotipos burlescos y xenofobia. © Archivo Damir Galaz-Mandakovic. 
Entonces, es evidente el aparejamiento de la demonización del otro. Su invención es resultado de las interpretaciones oficiales: la delimitación y limitación de sus perturbaciones. Un depositario de las “fallas sociales”.

Esto emana desde una modernidad y estructuralismo binario o dicotómico a partir del cual se denominó e inventó de distintos modos el componente negativo, entre ellos: el marginal, el indigente, el loco, el deficiente, el drogadicto, el homosexual, el extranjero.

Lo anterior era utilitario para justificar “lo que somos”, para validar las leyes, las instituciones, “nuestras reglas”, la ética, la moral discursiva y práctica; era nombrar la “barbarie”, la “herejía”, la mendicidad, para no ser nosotros mismos esos mismos “barbaros”, “herejes” y “mendigos”. En ese binarismo, el loco confirma “la razón”; el niño sirve para explicar “la madurez”; el salvaje ayuda a concebir “nuestra civilización”; el marginado, “nuestra integración social”; el deficiente “nuestra normalidad” y el extranjero serviría en esa lógica para definir “nuestro país”.

  1. Mitología militar chilena

El discurso militar chileno sacraliza una serie de procesos considerados como históricos, pero que a la postre han constituido una serie de imágenes basadas en mitologías. Una muestra de ello es la publicación de la obra Historia del Ejército de Chile 1603-1952 publicada en nueve tomos entre los años 1980 y 1985 por orden de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990)

En este relato que oficializa y monopoliza la historia militar de Chile, se establecen metáforas y símbolos que buscan visualizar y organizar el conjunto de la relaciones con los otros a través de una retórica que busca convencer, emocional y racionalmente en nombre de una supuesta tradición histórica. En ese contexto, prevalece la concepción de la historia con un motor, y ese motor sería la raza blanquecina chilena. Mito biológico que remite a la supuesta mezcla entre mapuche, conquistadores y encomenderos. Mezcla que, fruto de la guerra, habría dado paso al espíritu de raza, a la virtud militar: unión, solidaridad, orden, disciplina, a la nación.[8]

Bajo este raciocinio, el indio sería extinto por efecto del hambre, la guerra, epidemias, y el trabajo. El pueblo chileno habría tenido la “suerte” de ser colonizado por los españoles, dando paso a la “mezcla” que dio pie a la “virilidad”, “liderazgo”, “energía” y “superioridad” del chileno (Vidal, 1989).

Esta narración instala la creación del Ejército de Chile en épocas de la colonia española, institucionalización que sería simultanea a la creación de la “raza chilena” en conjunto con el apogeo del latifundio colonial y la expansión del catolicismo. Esta formación en simultaneidad supera en antigüedad a la edad del Estado chileno, por tal razón se autovalída como institución que debe velar por la salud de su hijo: el Estado. Situación que explicaría las guerras y la decena de intervenciones contra los obreros y políticos que “desestabilizaban la nación” (Vidal, 1989).

Este tipo de relatos, deje entrever la tendencia de la historia como revelación divina, oculta en sus propios hechos y procesos. Pero no es más que una historiografía en base a racismo, positivismo y tradicionalismo católico y decimonónico.

  1. La Guerra del Pacífico y la racialización de otredad

El ejército nacional, intervenido y financiado por empresarios salitreros ingleses y chilenos, tuvo que afrontar una guerra, para ello fue útil la construcción de una retórica basada en percepciones subjetivas constituyendo verdaderos artefactos culturales que buscaban destruir al otro –peruanos y bolivianos- en su moralidad. Artefactos que fueron útiles para otorgar sentido patriótico a una guerra que en la práctica era impropia. La deslegitimación del otro desde el punto de vista racial, fue el artificio principal.

Algunos efectos de estos artefactos son los siguientes:

A las armas! Valientes chilenos/noble estirpe de raza viril”(Canción de Carlos Walker, Imprenta Porvenir, Valparaíso 1879)

“Los pueblos viriles, no son vencidos” (Diario El Pueblo Chileno, Antofagasta, 3 de abril 1879)

Los sibaritas del Rímac (…) movilizarán las hordas de los sanguinarios coyas, de los cholos (…) los cuales irán a la guerra como esclavos y nosotros con pecho levantado” (Diario El Pueblo Chileno, Antofagasta, 3 de abril 1879)

Los peruanos son eunucos y farsantes de América, el chileno inflama el corazón ardiente de Rengo y Tucapel (…) la raza de nosotros es de valientes” (Diario la verdad, Valdivia, 27 de abril de 1879).

 Los soldados chilenos tienen en sus venas sangre de fuego español, mezclada con la lava de los volcanes de Arauco o en otros términos la sangre de Pelayo con la de Caupolicán y Lautaro

Las afiladas espadas españolas se mellaron en el pecho de granito de los hijos de Chile, mientras que en la sedosa piel de los cholos peruanos, más se afilan” (Eugenio González Bustamante, 1879: inauguración del Club Patriótico)

Degenerados descendientes de los incas reciban el castigo que merece por su traición cobarde” (Eugenio González, 1879: inauguración del Club Patriótico)

Hará comprender que, descendiente de una raza de titanes (…) sus hijos bravos entre los bravos, corren frenéticos en ardiente patriotismo al eco sonoro y vengador del clarín guerrero al campo de batalla para vengar en su sangre y su denuedo la traición asquerosa y sin nombre de ese pueblo que, más que una traición asquerosa su nombre de ese pueblo que, más que una nación mediocremente civilizada, es un lupanar repugnante de corrupción y secuestro” (Diario La Esmeralda, ciudad de Coronel, 6 de agosto de 1879) 

El infeliz indígena que es la base del ejército aliado, no conoce la patria más que de nombre, ni conoce más que los aspectos sombríos y odioso de la vida civilizada (…) el soldado chileno no es más que el roto chileno con uniforme militar, he ahí nuestro héroe eterno y nuestro invencible generalísimo” (Revista del Sur, 18 de octubre de 1879).

En estos artefactos, es evidente la idea de país “civilizado” y no indígena que tendría supuestamente Chile. La indigenización del otro, del peruano y boliviano, fue vital para engrosar las filas y darle un sentido épico, nacionalista y moral a una guerra económica.

Otro artefacto utilitario para la guerra fue la invención de un prototipo nacional: el Roto Chileno.

El Roto hizo alusión a una conceptualización de la gran masa popular chilena que sólo a partir del siglo XIX consiguió visibilidad en un escenario de hegemonía aristocrática castellano-vasca que había privado al pueblo de todo protagonismo social. El uso de dicha representación poseía sus antecedentes en la guerra de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839): en ese momento las tropas también estuvieron compuestas por improvisados soldados provenientes del bajo pueblo.

La reivindicación del Roto, se expresa en los siguientes ejemplos:

Si fueron los rotos chilenos, raza de gigantes, de titanes y de héroes, tan aptos para manejar el arado, la barreta y el combo, como el fusil, el cañón y la ametralladora” (Revista del Sur, 18 de octubre de 1879).

Cuando el roto pregunta por qué la guerra, el patrón contesta: ‘porque esa nación desmoralizada, porque ese gobierno sin conciencia, han ultrajado a Chile, porque le tienen envidia, porque ese gobierno fragua en las tinieblas las ruinas de nuestra patria’- ‘ve, le hacemos la guerra pues patroncito” (Diario La Acción, Vallenar, 20 de diciembre 1879)

No sabemos que tal opinión disfruten allí los cholos y cuicos (…) es de presumir que a los primeros se les haya clasificado entre los macacos y los restantes en la especies de los jaguares, de los gatos monteses” (Diario El Mercurio de Valparaíso, 29 de octubre de 1879)

La homogeneidad de raza, en primer lugar, forma de los chilenos un pueblo eminentemente fraternal (…) aquí no tenemos las rivalidades entre cholos, serranos, cuicos, negros y zambos, aquí toda la población es gallarda, de frente despejada, altiva, frugal y emprendedora…maravillosa homogeneidad” (Diario El Pueblo Chileno de Antofagasta, 9 de noviembre de 1879).

Soy chileno, fuerte, robusto y sano, como un araucano, y esbelto ágil y hermoso como un español.” (Diario El Correo de Quillota, 22 de agosto de 1880).

La diferencia de razas, refiriéndonos con especialidad al Perú. La una era heterogenia, ignorante, perezosa y cobarde. La otra homogénea, inteligente, trabajadores y valerosa.” (Diario El Veintiuno de Mayo, 23 de enero 1881).

Este tipo de retórica eran leídas, en Perú y Bolivia, desde la bestialidad y barbarismo del Roto. Por su parte los chilenos emitían estos artefactos retóricos desde una sociedad que exhibía una supuesta “agencia del progreso”, desde la disciplina y sentido de patria. No obstante, el piso que intentaba sustentar esta poética de la guerra era el Darwinismo, el organicismo spenceriano, el positivismo, la idea de “Nación”, el racismo científico y la oposición entre mestizaje y purismo de raza.

Entonces, no es casual que los libros más exitosos en la primera mitad del siglo XX conciban estas retóricas y sacralicen al Roto chileno. Entre los autores más difundidos están: Francisco Encina quen publicó Historia de Chile (1940-1952), Nicolás Palacios con su libro Raza Chilena (1904), Roberto Hernández con la obra El Roto Chileno (1929), Luis Durand y su libro Presencia de Chile (1942) y finalmente Oreste Plat con el libro Epopeya del Roto Chileno (1957). [9]

  1. Biopolítica de la frontera

El resultado de la guerra dio paso a un proceso de colonización por parte de Chile hacia los territorios incorporados, un proceso que es conocido en la historiografía como Chilenización.

Son varios los ejes de este proceso, el primero de ellos remite al nuevo rol que tendría la escuela pública:
llegan nuevos profesores, surge la enseñanza de una nueva historia, nueva geografía, nuevas canciones, la militarización y prusianización a través del acto del día lunes, las bandas de guerra, el izamiento de la bandera, etc.

Del mismo modo la militarización de la frontera dio paso a la aduanización para controlar las circulaciones de los pobladores.

Otro cambio violento que sufren los pueblos incorporados a Chile hace mención al cambio de nombre de la calles: todas recordatorias de la guerra y sus héroes, usualmente acompañadas de bustos y monumentos que recuerdan la beligerancia.

Asimismo, gran parte de las ciudades que poseían antecedentes prehispánicos, coloniales o eran fruto de la impronta boliviana o peruana, pasan a ser refundadas: Arica celebra como aniversario fundacional el 7 de junio de 1880, Iquique celebra la instauración del primer municipio en noviembre que, en conjunto con el 21 de mayo, da la impresión que tienen dos aniversarios. Calama celebra como su aniversario el 23 de marzo, día en que Bolivia pierde su acceso al mar, Antofagasta celebra el 14 de febrero de 1879, día del desembarco de las tropas, Mejillones celebra el 8 de octubre día del combate de Angamos.[10]

A todo este proceso, se suma la catolización de los pueblos de la precordillera, siendo los curas verdaderos soldados, y la hegemonía que adquiere la otrora Virgen de la Tirana, que después de la Guerra del Pacífico pasó a ser mencionada como Virgen del Carmen, la ya mencionada como Patrona del Ejército de Chile. Que además de instaurar una sola fecha de celebración, el 16 de julio, se le modificó la vestimenta, instalándose una banda tricolor chilena, a la usanza de los presidentes de la república.

Paradójicamente, en este proceso de nacionalización de los territorios, comienza a darse un proceso inverso, de desnacionalización, ejercido por grupos económicos foráneos que traen aparejado procesos inmigratorios europeos. Por un lado existía una xenofobia, una repulsión hacia lo foráneos, en especial, hacia lo “peruano” y “boliviano”, al mismo tiempo comienza un proceso de filoxenia, es decir de un amor al extranjero, mucho más si era blanco, rubio y empresario.

Basta mirar quiénes serían los dueños de las salitreras en el periodo posbélico, y veremos que predominaban los intereses ingleses y alemanes. Este escenario dio paso a una atracción, a una escena centrípeta para otros colectivos: comienzan a llegar yugoslavos, franceses, alemanes, italianos, españoles, griegos. Colectivos que lograron participar fuertemente en las dinámicas económicas del nuevo norte de Chile, constituyéndose en la elite, estructurando una economía de enclave, centrada en la extracción y en un capitalismo mercantil. Estos grupos contaron con todas las facilidades para desenvolverse. No así como los chinos, que eran la otredad en este proceso: ellos eran los amarillos. Sin embargo, fruto de su emprendimiento lograron configurarse como un colectivo poderoso, unido y con alta influencia económica.[11]

Este devenir, marcado por la dicotomía, entre xenofobia y filoxenia eurocéntrica, opera entre “blancos” e “indios”, entre las nociones de civilización y barbarie.


  1. Alteridad, migración e higiene: organización de la diferencia

En los estertores del siglo XX, Chile evidencia procesos inmigratorios intracontinentales, se atestigua una inmigración latina en un contexto de neoliberalización de la economía.

Este proceso ha estado marcado por una renovación de la xenofobia, pero ésta vez mirando desde la higienización del espacio y la calle, tal como ocurre en Santiago, Arica, Tocopilla o Iquique.

En las citadas ciudades han surgido modos de incorporación de la población migrante a través de economías étnicas, redundando en la ocupación del espacio público. Esto da pie a cierto imaginario de “lo peruano” y de lo que sería también “lo boliviano”. En especial, economías étnicas caracterizadas por el comercio ambulante, restaurantes, la venta de comida en paseos, y otros trabajos considerados informales.

La xenofobia y repulsión al inmigrante boliviano y peruano se articula como retórica desde el supuesto perjuicio sanitario de dichas prácticas. Entonces, la salubridad e higiene surge como dispositivo persuasivo que sirve como un organizador de la diferencia entre poblaciones, como indicador de las mismas, la higiene como agente estigmatizador de espacios y colectivos ocupantes.

Esta situación nos trae los magros recuerdos de las relaciones coloniales que se establecieron en ciudades de Asia y África, en donde variadas ciudades argumentaron desde la higiene para la configuración del apartheid.

Lo que ocurre en Chile ha derivado también en cierta retórica del inmigrante, quien se autocoloniza y reproduce los discursos diferenciadores, asumiendo como reales los discursos estigmatizadores por parte de los chilenos. Esto se ejemplifica a través indicar las diferencias y jerarquización interna en Perú y en Bolivia, exhibiendo los regionalismos de la inmigración y discursos de clases. Muchos peruanos se discriminan entre ellos indicando si acaso son cholos, serranos, costeños, charapos, mazamorreros; en el caso boliviano si acaso son cambas o collas.

La ocupación del espacio público da paso a la criminalización, en donde la prensa escrita es un buen aliado reproduciendo ciertos “saberes médicos” mezclándolo con alarmismo.

Corta vida tienen las cocinerías no autorizadas que cada noche, de preferencia a partir de las 20 horas, se instalan en calle Catedral entre Puente y Bandera, en el sector de la Plaza de Armas de Santiago. El alcalde Pablo Zalaquett anunció que las erradicará, tras someterlas a una amplia fiscalización policial y sanitaria, para lo cual ya se ha puesto en contacto con personal del Servicio de Salud y de Carabineros.” (Diario El Mercurio 10 de febrero 2009).

Los usos del espacio público, nos remite a un proceso de centralidad de la inmigración, en cuanto a espacio para la aglomeración. Esto ayudado por la búsqueda de trabajo, tramites de legalización, recursos étnicos y culturales, la práctica de redes sociales, comunicación entre connacionales y comunicación con sus familias en las tierras de origen, para consumir comida, acceder a diversión. En fin, es un espacio social y político de transnacionalidad, facilitando la concentración de emprendimientos, ejerciéndose redes fuerte y de larga duración, procesos de reproducción material de la cultura.

  1. Nacionalismo ventrílocuo

La estigmatización producida hacia la morenización de la inmigración, nos remite a la misma expresión de la narrativa militar, siendo éste un discurso poderoso en su violencia que naturaliza y normaliza los relatos racistas. El militarismo de Chile construye una dialéctica en su historia, crea un lenguaje simbólico que es una cárcel, que está preso de categorías arcaicas y regresiones conceptuales, por tal posee una dimensión cadavérica. Este mismo relato se expande en la escuela, la televisión, los políticos, los medios de comunicación, etc.

La historia oficial de Chile es una historia mitológica, un monólogo, no posee dinámica y se plantea como una historia sagrada que no incorpora a los otros. Es un monumento del etnocentrismo y nacionalismo que se ejerce con la persuasión, coerción y fuerza.

Al reproducir esos discursos, la escuela pública y la población nacional se transforma en ventrílocua, porque está hablando por otro: es el militarismo en realidad el que está parlamentando.

  1. Racismo como trama capitalista

El racismo también debemos situarlo como fenómeno arraigado en la estructura económica y en el ordenamiento estatutario de la sociedad capitalista y que el concepto de “raza” es una construcción útil para la explotación laboral debido a que organiza las divisiones entre el trabajo servil y el no servil y entre la fuerza laboral explotable y la “sobrante”.  

La  estructura   económica   produce   formas   racialmente especificas, mal distribuidas, pero esenciales para sus objetivos. Por ello, los inmigrantes son racializados y son quienes protagonizan los empleos precarios; a la vez que su color y su origen seguirán siendo lugar de estigmatización en tanto cuerpo rechazado que “sirve”  para  labores  de  “servicios”.

Debemos agregar en este proceso, la inscripción de los cuerpos, desde una anatomía que deslinda la política, una anatomopolítica, siendo el cuerpo un texto, a veces, en una “sospecha”. El cuerpo habla de una interpretación cerrada, desde el color, el olor, la actitud, el habla, el caminar, el mirar, el vestirse. El cuerpo deviene en un conjunto de información, de indicaciones, de signos sin conciencia de lo que se entrega pero que organizan e implementan un orden racial y laboral.

9.    Comentarios finales
                                                                                         
En la Tercera Semana de Arte Contemporáneo, SACO3, en gran medida, las reflexiones, expresadas a través de instalaciones artísticas, teatro y conferencias de curadores e investigadores, confluyeron en la necesidad de un nuevo trato, sobre la necesidad de superación de los metarrelatos y reivindicar al sujeto, en cuanto biografía que cruza los campos sociales del norte de Chile, sur peruano y occidente boliviano.

Igualmente, es necesaria la critica a los políticos que hiperbolizan los problemas limítrofes en conjunto con los medios de comunicación: lo ficticio y la exageración se constituyen como realidad hegemonizando la satanización del otro.

Se propone la revisión de los relatos históricos y la valorización de los archivos culturales: archivos depositarios de las borraduras impulsadas por los nacionalismos de trasnoche y de la alteridad del mundo moderno y dicotómico, siendo las escuelas las encargadas de reproducir recitaciones complejas de xenofobia y violencias simbólicas.

De mismo modo, los prejuicios, estereotipos e imaginaciones del otro redundan en corporalidades que se tensionan, en cuanto a la aduanización que comprende al otro y su cuerpo como amenaza y sospecha en espacios antropológicamente densos y más antiguos que la línea fronteriza que marcan los Estados. He allí, los cuerpos que se desplazan como victimas de la biopolítica trinacional de frontera.

En esa escena de clausura y vigilancia fronteriza, como herencia y validación de una guerra de capitalismo minero, el sujeto vive en tensión cartográfica, perviven, entonces, las porosidades de la frontera expresadas en la capacidad de agencia de los sujetos que se desplazan, migran, comercian, con-viven, se aman, trabajan, en un misma región en común. Esto da pie a dispersiones y a un contraste en la consideración de la lógica estatal por parte de los pobladores que, a través de sus prácticas cotidianas intentan romper el paradigma estadual.

La trashumancia del consumo y del trabajo son evidencias de estas reconstrucciones temporales o estacionarias de los propios espacios con memoria de dinámicas prechilena, preperuano y preboliviana.

Sin embargo, los cuerpos en tránsito intentan ser estatizados para controlar sus movimientos. Surgiendo la catalogación e identificación con lo nacional: peruano, boliviano o chileno. Ser “peruano” “chileno” o “boliviano” opera como si fuese una categoría que totaliza de forma monódica al sujeto, como una palabra mágica que lo anula, ejerciéndose una borradura con su biografía, singularidad, nombre, deseos, sueños, proyectos, etc.

Se hace patente la tensión entre territorio y la territorialidad, entendiendo la diferencia en relación directa con el Estado al cual “pertenecen” esos lugares y esos cuerpos. La territorialidad remite al sujeto social y a la diversidad expresada en sus hábitos. En ese tenor, la diferencia operacional entre territorio y cualquier otra categoría geográfica –espacio, región o lugar- surgiría al considerar la perspectiva de los sujetos sociales. El territorio no es identificado y delimitado por el observador externo, sino por los grupos sociales que mantienen relaciones de producción, de vecindad o parentesco, y que, como una estrategia, definen un territorio. La territorialidad es vista como una estrategia de individuos o colectividades que buscan, de algún modo, controlar, proponer o influir; de fenómenos y de las relaciones que derivarían de ellos en determinadas áreas geográficas.

La territorialidad y sus dinámicas son violentadas cuando se perciben modificaciones en escala intermedia, por las escalas locales que dejan atrás las decisiones tomadas en las respectivas centralidades: Lima, La Paz y Santiago.

Las regiones se definen a partir de las prácticas culturales y materiales de sus propias sociedades. Agregando que las regiones y sus dinámicas deben ser pensadas como entidades con procesos abiertos y contingentes.

Es urgente revalorizar la recomposición de nuestras relaciones vecinales superando los vilipendios institucionalizados, reivindicar el diálogo del sujeto ante los militarismos y chovinismos con sus infinitos monólogos de la violencia xenófoba. Dejar atrás la dimensión cadavérica del lenguaje nacionalista historiográfico y de las relaciones coloniales, apelando a la multivocalidad de la contemporaneidad.

Para concluir, nuestra investigación detectó ciertas líneas de integración que consistirían en propuestas para la paz, entre ellas: fomentar el intercambio cultural permanente, becas para estudiantes en los tres países. Propiciar en las universidades fronterizas actividades e investigaciones sobre la triple frontera, migración, historias regionales, pueblos originarios, para que de este modo podamos descentrar la discusión. Es necesario estrechar las relaciones entre organizaciones laborales y movimientos sociales. Establecer libre tránsito en la zona, sin pasaportes para chilenos, peruanos y bolivianos. Mejorar la situación de los inmigrantes peruanos y bolivianos. Instituir para ellos programas especiales de ayuda, capacitación, educación, salud, etc. El desarrollo de un gran polo industrial y tecnológico que combine la agroindustria de Tacna y extremo sur del Perú, el agua y gas boliviano, los recursos naturales, técnicos y tecnología de Chile. 

Por otra parte, a nivel simbólico, proponer el cambio de nombre de las calles: sin más militarismos. Repensar la efemérides de la separación: no más feriados bélicos. Establecer un Día de la Paz trinacional. Hacer de nuestras escuelas un escenario de integración, repensar las Bandas de Guerra y su utilidad, repensar los desfiles. Repensar la Cueca, el Copihue, el Huaso en el norte e incluir manifestaciones regionales. Chile debe devolver el Huáscar, poner fin a la violencia aduanera: capacitación para la paz, sin prejuicio, sin estigmas; hacer tangible los tratados, enmendar los temas del Río Lauca y Silala, y definitivamente solucionar la mediterraneidad de Bolivia.





[1] Grupo chileno caracterizado por su xenofobia, racismo y nacionalismo que, reunidos a modo de paramilitarismo pandillezco amparados en el matonaje, se dedicaron a acosar y maltratar a peruanos y bolivianos residentes en el norte de Chile.
[2] Chileno se burla de peruanos al usar quepí de la Guerra del Pacífico. Motociclista chileno usó quepí de la batalla de Chorrillos en la inauguración del Dakar 2013. Andrés Simón Cárevic García es también paracaidista militar que desfiló vistiendo un quepí que utilizaron los soldados chilenos cuando incendiaron y saquearon Chorrillos en 1881” titulaba el portal www.peru.com
[3]Se invertirán $480 millones para el proyecto de la bandera Bicentenario en la cima del Morro de Arica” titulaba el diario La Estrella de Arica (09-12-2013) Con un mástil de 42 metros de alto, el proyecto fue parte del programa Legado Bicentenario impulsado por el gobierno de Sebastián Piñera.
[4] Son variados los casos de políticos emitiendo desafortunadas declaraciones, entre ellos el intendente de Antofagasta Waldo Mora que señaló: “Hay una cantidad de delitos que no se conocían en Chile. Algunos extranjeros están creando problemas de convivencia y quiebres matrimoniales” (Radio Cooperativa, 14 de octubre de 2013). Se adiciona el candidato a Senador por la región de Antofagasta Daniel Guevara quien señaló en un programa de televisión de La Red, indicando que existía una  inmigración “buena” e inmigración “mala”. Asimismo, criticó a los colombianos residentes en Chile, por celebrar el empate de su equipo con la selección chilena en eliminatorias para el mundial de futbol. En octubre del año 2013, la alcaldesa Karen Rojo dijo: “Se está dando un proceso migratorio en nuestra ciudad y está generando muchos problemas en la comunidad. Hay que poner punto final a esta situación” (Diario El País de Colombia, 18 de octubre 2013).
[5] Opiniones vertidas por el senador Alejandro Guiller en el programa de Chilevisión Tolerancia Cero, 23 de enero 2014.
[6] En la versión del Festival de Viña del Mar del año 2014, el dúo humorístico Los Locos del Humor basaron gran parte de su rutina en la ridiculización de los bolivianos ante la demanda marítima. Frente a las polémicas, tuvieron que pedir disculpas públicas ante los reclamos del gobierno de Bolivia.
[7] "Argentinos mataré, bolivianos fusilaré y peruanos degollaré" cantaron marinos chilenos. El video fue tomado por un turista y colgado en YouTube. En las imágenes se puede ver a los militares mientras se entrenan en Viña del Mar. El audio reproduce los estribillos racistas.” Indicaba el Diario Uno de Argentina, 6 de febrero de 2013.
[8] Para un análisis mayor, ver: Vidal, H. (1989). Mitología militar chilena: Surrealismo desde el superego. Minneapolis, MN: Institute for the Study of Ideologies and Literature.
[9] El Roto como representación de la chilenidad, generaba molestias en la clase alta, por ello una caricatura exitosa que renovaba esta imagen fue Verdejo (1931), caricatura difundida por la revista Sucesos. Condorito (1949) retoma esas picardías a través de un cóndor antropomorfo, para que finalmente la figura del huaso sea una imagen transversal y nacional que reflejaría la chilenidad.
[10] De las ciudades incorporadas a Chile, sólo una mantuvo su fecha original de fundación: Tocopilla. ciudad que celebra el 29 de septiembre de 1843.
[11] Ver: Galaz-Mandakovic, Damir (2013) Migración y Biopolítica. Dos escenas del siglo XX tocopillano. Ediciones Retruécanos, Tocopilla.

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