Villas y discursos


El déficit habitacional en los finales del siglo XX, conllevó a la proyección de dos grandes poblaciones por parte del Estado: Villa Los Andes (sector noroeste de Tocopilla) y Población Padre Hurtado (sector sur).  No obstante la precarización de las viviendas otorgadas atravesó desde las materialidades hasta los discursos que intentaban caracterizarlas.

La población Villa Los Andes fue emplazada sobre un relleno que ganó terrenos a la costa, situación que sería lamentada en el año 2007 al momento del terremoto del 14 de noviembre. La Villa Los Andes sería una de las poblaciones mayormente damnificadas por el evento telúrico. El colapso fue prácticamente total, las grietas invadieron cada una de las casas y los daños de los equipamientos púbicos y privados fueron colosales. El sector de La Costanera fue elegido por los pobladores para pernoctar durante un extendido lapso. Carpas y sacos de dormir configurando la nueva población frente al temor de que sus viviendas finalmente colapsaran.

Hubo que reemplazar en totalidad las casas durante el proceso de reconstrucción iniciado en el año 2008. Reemplazando los bloques y cemento por un conglomerado de casas de material ligero y con diseños de pre-construcción.

La implementación de la Villa Padre Hurtado, inaugurada en 1996, constituyó toda una innovación a nivel local, en el sentido de emplazar soluciones habitaciones estatales en un sector consuetudinariamente vinculado con la central termoeléctrica, con el sector de las Villas, al sur de la comuna. Esto trajo aparejado una polémica de manos de antiguos vecinos del sector sur que manifestaron su reticencia, en la segunda mitad de la década del noventa, a que se implementara una población con personas que “tradicionalmente” no estaban vinculadas con el sector, ni muchos menos vinculadas con la termoeléctrica. [1]

Patéticas fueron las protestas y polémicas y por sobre todo los comentarios cotidianos frente al arribo de nuevos vecinos, de vecinos del sector llamado El Pueblo, quienes llegarían, supuestamente, a “modificar”  -perjudicar- las cotidianidades del sector sur, de la villa; criminalizando de ante mano la presencia de los nuevos habitantes.

Era claro que la narrativa que subyacía en estos reclamos tenía que ver con cierto estatus auto-conferido por los residentes del sector de las villas, quienes, despectivamente, miraban hacia el resto de la ciudad, hacia el llamado Pueblo.

Pueblo como lo contrario a la Villa, lugar en donde se llevaba una “vida distinta”, “con gente de bien”, “gente de Codelco”, “gente de plata”, “gente aparte”, tal como señalaban los múltiples comentarios y reclamos por la llegada de los nuevos habitantes. Pero en términos simples, era una disputa unilateral de pobres contra pobres, de asalariados contra otros asalariados. Entre vecinos del norte y vecinos del sur.

Las materialidades habitacionales del sector de la Villa eran el resultado de la compañía norteamericana The Chile Exploration, compañía que construyó barrios en el Sector Covadonga destinados a los obreros y empleados a contar de la década del veinte. Objetivamente, estas materialidades habitacionales, uniformes por lo demás, no eran ni fastuosas ni de una arquitectura monumental. No discrepaban en costos materiales, ni en plusvalía, ni siquiera sus estéticas eran disimiles a lo que pasaba en el denostado Pueblo. Sin embargo, la configuración de un relato de representación de sus habitantes, de sus usuarios, tenía que ver con marcar lo distinto, lo distinguido, lo “aparte”, o lo “cuico”. Ahí vivía, supuestamente, la “clase alta tocopillana”. Auto-representación mítica que contrastaba con la vulnerabilidad laboral de los autodefinidos como “clase alta”, con su carácter de asalariado, residentes en casas no propias, una supuesta clase alta que poseía bajos niveles de escolaridad, con servicios prestados a la compañía definidos como no-profesionales, sino técnicos o con labores que califican como oficios. Era allí la contradicción de un relato discriminador entre tocopillanos.






[1] Con la llegada de The Chile Exploration Company, se evidenció una expansión de la ciudad hacia el sector sur, siguiendo la línea marcada por la estrecha planicie costera. Se inicia, en el primer lustro de la década del veinte, la implementación de village workers o los campamentos para obreros y empleados en lo que conoceremos como la  Villa Covadonga y la Villa Americana. Estos campamentos eran verdaderas ciudades tanto por su extensión como por su aspecto, una estética y un diseño uniforme. Sus calles espaciosas en terrenos llanos y homogéneos, con una Casa de Refrigeración –conocida como Pulpería- un pequeño hospital, iglesia, sedes de club, estadios, cachas de futbol, beisbol y tenis, con un extenso y bien distribuido sistema de electrificación. Muchas de estas casas eran de hormigón armado, las piezas estaban entabladas con un sistema de aislamiento contra el calor y el frio, con patios cercados. Existían las casas llamadas Tipo C, que eran para empleados y capataces, cuyas construcciones eran más fastuosas, amplias, con baño propio y no común como el resto del campamento. Por su parte, los hijos de los norteamericanos, acudían a una escuela particular y excluyente La Escuela Americana. Esta diferenciación urbana, que pasaba también por lo socioeconómico, y la gran diferencia a su vez en la calidad de vida, hizo que la ciudad tuviera una fragmentación social en los tocopillanos, siendo el Puente del Ferrocarril el catalizador de esa división. Al norte del puente estaba el  llamado Pueblo y al sur del mismo, la Villa. Al norte los no vinculado con la termoeléctrica y al sur del puente, los trabajadores de la planta.

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