Tocopillanías y una canción: Tocopilla Triste




Fernando Bustamante comenzó a escribir en Santiago la canción Tocopilla Triste terminándola en Buenos Aires en el año 1979.  “La primera vez que se grabó fue en el año 1980, sin pito y sin campanas, después viajé especialmente a Tocopilla a grabar el pito y las campanas de la máquina en 1990”. Nos cuenta Fernando.

Pero sabemos que es más que una canción, es más que un recuerdo: es una radiografía que cruza la historia calando hondo en el sentir y recuerdo por la ciudad. En esas tocopillanías vividas en la lejanía, es cuando la canción Tocopilla Triste del grupo Los Golpes, se canta con mayor ahínco en las fiestas del 29 de septiembre o en cualquier actividad festiva que conglomere a los coterráneos dispersos en el país o el mundo. Ante las agresiones naturales, como el terremoto del 14 de noviembre del 2007, Tocopilla Triste emergió como verdadero himno ante el dolor por la perdida de familiares y la destrucción casi total de la ciudad. El titulo expresaba y condensaba todo.

Es una canción que se inscribe desde la melancolía del emigrante. Aquél que ve a su puerto afligido, en crisis. Desierta bahía de mi triste puerto, hoy cuando te miro quisiera llorar. Dónde está tu gente, alegre de antaño, dónde está tu risa, dónde tu cantar”

En esas líneas se entrevé la vida bohemia y las nocturnidades alegres de puerto. Fiestas y mujeres, el paraíso para el mercante, y el comerciante establecido alegrado por la población flotante. Se cruza, luego, la crisis económica estructural por el embarque mecánico del salitre. La partida de muchos que entristeció al puerto. Una tristeza asumida desde la década del sesenta, década en que comenzó la vida de una ciudad económicamente deprimida.

Merecidamente la canción, en su introducción, incorpora el pito del tren salitrero además de sus campanazos, la banda sonora de todo tocopillano desde 1927 (año en que llegaron las máquinas eléctricas). Sonido que ha sido persistente en el tiempo a pesar de las crisis que ha generado el mismo mineral que transporta. La tristeza, y el abandono de la ciudad es remitida a la dejación, desdén e invisibilidad de Tocopilla por parte del Estado y de los distintos gobiernos que no han atendido las demandas y problemas del bolsón de pobreza que representa Tocopilla en el concierto regional minero considerado rico.

“Ayer cuando niño jugaba en tus playas, tus cerros tranquilos mil veces monté. Cabalgué en tus cielos y sobre tus aguas que el sol me alfombraba al atardecer.”

Estar lejos de la tierra madre, y hallarse en las fugacidades que da el cemento, los edificios y las multitudes en las grandes ciudades, el tocopillano evoca sus paisajes de orígenes. Esas convivencias entre cerros y mar. Entre la altura de los farellones costeros que permiten estar entre nubes para contemplar la ciudad desde lejos. Fiel reflejo de la costumbre infantil de explorar el cordón cordillerano que rodea la ciudad. Los arreboles tan característicos del puerto en los atardeceres, son los motivos que inspiran una serie de fotografías y memorias.

El cemento de los países desarrollados, de las megalópolis, separó al tocopillano y tocopillana de la naturaleza, lo distanció del palpar geográfico, de la tierra literal y sus colores, de la coloración del óxido costero, del aroma marítimo, de la humedad salina, de la sonoridad del viento, de las particularidades del medio natural tocopillano.

“Cual ave emigrante partí una mañana, a tierras extrañas muy lejos llegue. Desde aquí te grito aún eres mi amada, Tocopilla triste, no te olvidaré”

Esa misma tristeza de la ciudad, esa amargura económica, impulsó la emigración. Arribo a tierras extrañas que despertaron el amor al lugar de origen. Evocando la vida cotidiana, la tocopillaneidad, la vida barrial. En esos duros exilios por las dictaduras políticas y exilios que indujo el mercado cruel.
Surge la evocación de la proximidad entre los coterráneos, en la confluencia de cada uno de ellos en la única calle principal: 21 de Mayo. En donde se conversa en cada esquina, así, cada tocopillano se siente parte de una red que lo integra y le da pertenencia y arraigo. Enraizamiento que, curiosamente, en muchos casos aflora una vez que han partido.

“Recuerdo a mis padres en esas montañas mi amigo en piedra que el tiempo talló, y tu me perdiste como a mi amada Tocopilla triste, lloramos de amor”

Tocopilla es una ciudad en proceso de envejecimiento demográfico. Además de los exiliados políticos y por efectos del mercado, usualmente los que se han marchado son los jóvenes, por búsqueda de trabajo y también por ampliar sus horizontes académicos. Son los viejos los que se han quedado. Caracterizada por sus piedras (Piedra del Camello, Piedra de la Paragua, Piedra del Elefante, La Piedra de San Martin, Piedra del Casamiento), la sociedad local pequeña y entre todos identificada, genera lazos de amistad imperecederos. He allí la paráfrasis del “amigo que en piedra que el viento talló”. En los antiguos barrios, se practicaba todo tipo de deportes, se creaban clubes, las madres de constituían en distintos tipos de organizaciones: Juntas de Vecinos, clubes de adultos mayores, círculos artísticos, etc. Surgieron desde allí los matrimonios y las descendencias. Ahora, conjuntamente a los vínculos sociales se cruzaban los vínculos sanguíneos. Por ello es común que en septiembre se reúnan antiguas generaciones del liceo, del politécnico, de ciertos barrios, por ejemplo los vecinos de la Villa Prat, de la Villa Covadonga, antiguos grupos juveniles como el grupo “Swat”, los de la discoteque La Cabaña, entre otros. El agrupamiento y el recuerdo de pertenencia territorial los convoca. La ciudad poseía un liceo, una escuela de hombres y una de niñas: todos pasaron por esas aulas. El carácter de lo único (un liceo, una escuela, una discoteque, una radio…) provocó el aglutinamiento relacional entre los tocopillanos.
Finalmente la canción se resume en una exclamación bordeando el juramento:

“desde allí te grito: aún eres mi amada Tocopilla triste no te olvidare. Desde allí te grito aún eres mi amada Tocopilla triste a ti volveré”

Se aglutina la emoción, la melancolía, la persistencia de un amor a pesar de las precariedades de la ciudad y el eterno afán de retorno. La construcción retórica de un deseo persistente en el tiempo, que de pronto de cruza con la realidad de volver a una ciudad que dejaron pero que a la vez ha cambiado. Se demuestra que los migrantes son capaces de reproducir en otros contextos sus formas culturales de ser y de pensar, además de incidir en las relaciones sociales de su ciudad de origen. Es decir, el migrante no migra y trasplanta su cultura, lo que hace es reproducirla, la reestructura y con ello la reformula. El tocopillano ido, en diáspora, vuelve de pronto más tocopillano, más querendón con su tierra en comparación al que reside en la misma ciudad.




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