Memorias de barrio: Edificios Colectivos




           Habitabilidad 


Habitabilidad se refiere a las condiciones en el cómo una familia ocupa una vivienda, además, estas condiciones están determinadas por las características físicas del habitáculo, materialidad y distribución de los espacios, como así también por el emplazamiento. Agréguese a esto las características psicosociales de la familia, que se expresan en hábitos, conductas o maneras de ser, como procesos mentales adquiridos en el transcurso del tiempo.


Al hablar de estos inmuebles, estamos refiriéndonos sobre un grupo humano particular totalmente localizado, aquellos que le dan sentido a esta edificación, son ellos como vecinos, amigos o no amigos pero convivientes y compartidores de un espacio en común. Sin ellas, el objetivo de la edificación no estaría realizado. Se entrelaza en este sentido el espacio construido como proyector de un estilo de vida definido. Pasillos, “caracoles”, pisos en altura, departamentos, terrazas, negocios, amistades, infidelidades, peleas, roces, deporte, recreación, canchas, etc. Estos elementos fueron diseñando una vida en común entre vecinos, derivando de ellos características peculiares en relación al resto de la ciudad, generadoras de una identidad de barrio.

De todas maneras, podemos definir la identidad como una construcción social, entrelazada por  la historia, la memoria colectiva y personal,  igualmente por el presente y por su alcance en el futuro. Debemos comprender que la identidad no es algo estático e imperturbable, sino a la inversa, es que se hace y se  re-construye continuamente, que toma fuerza en la medida que es  capaz  de proyectarse hacia un futuro, otorgándose un dinamismo infinito.

Hablamos de un  espacio físico determinado e inmediato de las familias y su relación con la calidad de vida renovada para antaño. Es indiscutible que estas viviendas, en un formato poco usual para su época en esta ciudad, fue más que una  vivienda social,  es más que un techo, y que, por tanto se ha constituido como un hogar que ofreció solución de calidad al diverso abanico de carencias que experimentan las familias de obreros socios de la Caja del Seguro Obrero Obligatorio.  
            
La habitabilidad involucra una variedad de ámbitos: es vivienda y es barrio, se aborda considerando perspectivas económicas, sociales, ambientales, se mira desde la salud, el diseño, la construcción, en cómo los vecinos han ido construyendo una filiación  del sector en base a la edificación y lo que ella posibilita. 

Por tales motivos, las comunidades, las ciudades, los pueblos,  los barrios en los que se vive constituyen un elemento que es  mucho más que el espacio donde se desarrolla la  vida cotidiana, tienen una identidad que sus usuarios,  en cuanto habitantes y sujetos activos,  contribuyen a crear desde la acción y desde sus peculiares miradas.

El barrio, en este caso, el conjunto de los tres edificios o pabellones y su entorno se configuran como  espacio de relación, dotando a su gente de una historia común con quienes no son contemporáneos, con quienes los antecedieron y procedieron.

En el rescate de estas vivencias “colectiveras”, fundamental es la oralidad y la memoria de quienes viven en estos lugares, es un instrumento indispensable para concebir estos procesos desde una óptica antropológica.
La vida en los Colectivos 

La vida de los vecinos siempre estuvo caracterizada por la unión y una especie de asociatividad, fruto de la distribución física del inmueble, por la ubicación e identificación de cada uno de los habitantes, en un contexto de mayor sociabilidad, quizá por la ausencia de la televisión, la que en definitiva encerró a los niños y a los adultos en sus casas.

En el recuerdo de los otrora niños, la característica de ser una gran familia es algo recurrente en la historia de estos vecinos, consistente en el conocimiento recíproco e integración entre los mismos.

La vida, transcurrida en juegos de infantes, se caracterizó por el grupaje o el piño de niños, quienes mantuvieron lazos afectivos y de amistad aún no viviendo en esta edificación. “nosotros somos un grupo de viejos que nos conocemos desde niños, y nos juntamos siempre, generalmente cada 15 días disfrutar de un plato de pescado en el Mercado Municipal. Ahí recordamos nuestra infancia y un montón de ‘tallas’ y chistes, y también maldades que hacíamos cuando éramos ‘cabros’ chicos”[1]. Nos cuenta Roberto Valera Carmona.

En estos edificios todos se conocían, al igual que una gran familia: “en los Colectivos todos nos conocíamos y si llegaba alguien nuevo, rápidamente se sabía qué hacían… se averiguaba rápido. Todos sabíamos en qué trabajaba tal y tal señor, conocíamos las costumbres y mañas de cada uno”[2]. Apunta Fernández.

Hemos comentado, en el desarrollo de nuestro trabajo que, en un principio estos edificios para obreros, no sería ocupado por obreros. De hecho, los primeros habitantes fueron los integrantes del Grupo de Comando de Defensa de la Costa, quienes ocuparon el Edificio Central como comedor y  residencia, facilitado por la Caja frente a un contexto bélico, ante el cual se tomaron medidas precautorias. Era el llamado edificio de los marinos. No obstante se cuestionaba su presencia en aquel lugar debido a que era una construcción nueva y costosa que estaba destinada para obreros y estos marinos, señalan muchos, “…eran unos privilegiados”[3]. Una vez trasladados estos funcionarios de las Fuerzas Armadas al antiguo hospital de calle Matta, poco a poco se fue poblando con personas de alto poder adquisitivo. Entre ellos muchos profesionales vinculados con la compañía salitrera o con The Chile Exploration Company.

Finalizando la década del 50', los arrendatarios comenzaron a ser los verdaderos usuarios de la Caja, quienes recibían un descuento en su sueldo para pagar el alquiler. Recién en el gobierno del Presidente Jorge Alessandri, “El Paleta”, alrededor de 1963, pudieron acceder como dueños de los departamentos. Evidentemente, los que tenían mayor prioridad eran los que venían siendo usuarios desde varios años. “Nosotros con mi padre éramos arrendatarios hace muchos años, y por ello le fue más fácil acceder a ser propietario (…) el problema era que, en un comienzo, los precios eran muy altos, pero como siempre el descuento era por dentro, mi papa pensaba que le habían bajado el sueldo, con tal de no pensar en lo caro que era vivir allí, con el tiempo los precios no fueron subiendo, así que se fue suavizando un poco el costo”[4]


Otro vecino nos cuenta: “…a veces los cambios de residentes, en el sentido de cuando una persona se iba, le entregaba el departamento a otro, pero el cambio era en la noche, haciendo que la situación, un tanto irregular tomará de sorpresa a los administradores de la Caja, quienes sólo tenían que aceptar esta muda y hacer el trámite de cambio de nombre de usuario. Porque si esperamos el cupo, íbamos a estar mucho tiempo esperando, porque mucha gente quería vivir ahí…”[5]. Estos cambios no podían ser impedidos, entre noches  y madrugadas era usual ver  las rampas que se atiborraban con el bajar de cocinas, muebles, camas…para luego, con el subir apresurado, también, de cocinas, muebles y camas, pero pertenecientes al nuevo arrendatario. El ruido de camiones y de instrucciones a gritos despertaba a varios.

Los cambios de residencias eran básicamente por traslado en el trabajo, o bien, como lo señala un antiguo vecino, “había gente que no le gustaba vivir acá porque no estaba acostumbrada a tener a los vecinos muy cerca, eran fisgones. Había que lidiar con los vecinos y algunos malos hábitos. No era costumbre en Tocopilla. Además, no se podía ampliar la casa y para algunos la pared compartida era un problema.” [6] Nos recuerda Dino Aste.


Mirado desde la actualidad, es probable que estos departamentos se sientan pequeños, aún existiendo tres tipologías. No obstante mirado desde su contexto, desde sus orígenes la situación era distinta. “Lo que pasa es que en la década del 50 o 60 había menos acceso a muebles y por lo general en cada departamento había una mesa y algunas sillas, o una mesa y una banca (…) no como ahora que las casas están repletas de muebles, pero en antaño, el mobiliario casero era menor, y allí el departamento funcionaba bien, claro que mirado desde nuestra época, se sentirían pequeños porque ahora uno puede comprar un montón de cosas”[7].   En el decir de los antiguos habitantes, el acceso al crédito y la compra de muebles,  facilitó, paradojalmente, a la percepción a que el departamento cada vez se empequeñecía.

Lo anterior no era un tema relevante para el gran grupo de niños residentes, quienes en sus reencuentros, mirando hacia la historia vecinal y barrial, no dejan de recordar esos juegos traviesos en la explanada central. Antes que fuese una plaza, era sólo una llanura eriaza, a no ser de un gran pimiento que intentaba hermosear el entorno; árbol xerófito en el cual muchos cayeron al intentar treparlo y trayendo como consecuencias extremidades quebradas.

La explanación central era el lugar de convocatoria de los juegos de infantes, y allí también llegaban los improvisados “ríos” provocados por los excedentes provenientes del pilón de agua. Esos mismos excedentes de agua, además de servir como juego para las decenas de niños, en esos pequeños aluviones para improvisar microtranques, le daban vida al ser vegetal enclavado en la llanura. “Al menos el agüita daba vida a ese sempiterno compañero de juegos, cómplice de aventuras tarzanescas, maestro de ceremonia en nuestra ruta para hacernos más fuertes. Era un tembleque pimiento, sembrado por no sé quien, ni sé cuando, pero que estuvo ahí, para darnos sombrita en el verano, para usarlo de mensajero dejándolo con cicatrices talladas en su corteza, grabando el nombre de una amada o princesa de nuestros sueños infantiles o juveniles. Tampoco faltaron los que aprendieron ahí lo que se llama dolor al quebrarse un hueso del brazo, o de una pierna, mientras se pretendía ser un Tarzán volando de liana en liana por una selva irreal, que se convertía en realidad al sucumbir sus debiluchas ramas, y haciendo volar al principiante de hombre mono, para caer de boca al suelo pedregoso. Menos mal que el hospital quedaba a la vuelta no más. Para allá enfilaban los heridos sangrantes…”[8]. Nos evoca Antonio Pallero.

Esa explanada era igualmente un lugar de boxeo de improvisados rabiosos estudiantes provenientes de la Escuela Superior de Hombres N° 1. Una profesora jubilada recuerda:  “los cabros chicos venían de la escuela a darse combos como brutos, y se pegaban como si quisiesen matarse, eran tan chicos y tan rabiosos, uno tenía que meterse y decirles que era profesora y que los iba a acusar con los profesores de su escuela (…) cuando les decía eso, arrancaban como locos”[9]. El lugar acordado para vengar los desencuentros era siempre esta llanura, “ahí nos agarrábamos a combos (…) pero también íbamos a mirar a las niñas de la Escuela Nº 2”[10].

 Un ex residente nos relata que el pilón de agua era más que un objeto funcional, da a entender que era un sitio de sociabilidad cotidiana. Las madres iban a lavar la ropa al pilón “…del Colectivo  Central si es que había agua, claro. O  formar la  “cola”, caldo de cultivo para el cahuineo, mientras cada uno iba, a tiempo, llenando sus ollones, fondos, damajuanas, bidones, garrafas, chuicas, o lo que fuera, con el agua que se dignaban a darnos de cuando en vez. Otros más osados, aprovechaban de darse una ducha ahí mismito, y el tan preciado liquido corría como en los mejores tiempos de superávit acuoso, por la explanada, dando origen a un riachuelo de barro, jabón y shampoo, en el que obviamente debíamos saltar nosotros, los cabros chicos, quedando con las patas embarradas o con nuestras chancletas plásticas de la Bata, hechas un desastre”.[11]

El pilón de agua  era un punto de encuentro, en ella se cultivaban las relaciones entre las personas compaginando sus mutuos intereses e ideas, compartidas en un espacio en común, independientemente de las circunstancias personales que a cada uno rodeaban.

Estos puntos de confluencia comunitaria siempre son necesarios ya que al poseer contacto con personas distintas, surge la posibilidad de aprender de su experiencia y obtener otra perspectiva de la vida para mejorar la propia para más adelante poder contribuir a su desarrollo personal y así comenzar una espiral sin fin en la cual todos se ven beneficiados. Fue en este contexto, más allá del pilón, el pasillo o la  rampa de acceso a los pisos superiores, en donde se forjaron verdaderas amistades y lasos que han perdurados en el tiempo. Estos espacios en común, facilitaron el acercamiento y la comunicación entre habitantes. Del mismo modo la reciprocidad existente entre ellos, en ese interés tan recordado en cuanto a la búsqueda del beneficio de todas las personas, mejoran el entendimiento, la ayuda mutua y la vida en grupo, facilitado por la cercanía.

Desde el punto de vista de los infantes, la vida en comunidad desarrollada en esta instancia, contribuyó en adquisición del sentido de pertenencia, a un arraigo determinado por este espacio definido dentro de la ciudad. Ese sentido de pertenecía se hacía evidente a la hora de relacionarse con otros grupos, ya sean deportivos o grupos de infantes pertenecientes a otros lugares de la ciudad, como los niños de la “Manchuria”, o los del “Barrio Matadero”. Sobre este último punto, la diferenciación social marcada por el lugar de residencia fue significativa. Vivir en los Edificios Colectivos era algo distinto, algo que marcaba una discrepancia con el “otro” en base a la comparación. La cual, innegablemente, era sustancial al comparar una vivienda salubre, con materialidad uniforme, como lo representaban estos departamentos, al cómo era la casa autoconstruida  en las poblaciones periféricas. “éramos visto como niños pitucos, cuando en realidad no lo éramos, sólo poseíamos una mejor calidad de vida, gracias a vivir en estos edificios,  no sufríamos con el viento, ni con las lluvias, ni con el barro o el frio en el invierno, como si pasaba en el sector de la ‘Manchuria’ (…) la gente que vivía allí era muy esforzada, recogía la tierra colorada  que había tras los Colectivos y la usaba para fabricar muros, en una especie de adobe (…) era gente que después de sus trabajos, se quedaba hasta altas hora de la noche autoconstruyendo sus casas”[12]. Lo anterior no excluía que, frente a la naturaleza, las obras no dieran la resistencia necesaria. La carencia de alcantarillados, el abundamiento de pozos negros y sépticos, las calaminas elevadas a la fuerza por causa de ráfagas y terrales. Los suelos irregulares, el polvo, la tierra, el acceso al agua a través de un “aguatero”. Era palmaria la diferencia entre “colectiveros” y “manchurianos”. “La Manchuria era la parte más pobre de la ciudad,  vivían en casuchas, en carpas, obviamente sin agua. El agua se la convidábamos nosotros, los de los Colectivos”, nos rememora Dino Aste.
            
La vida de los niños estuvo marcada por distintas situaciones, entre ellas, nos cuenta un grupo de “colectiveros”, en la búsqueda de “piedras de alumbre” en la Beneficiadora de Metales, en la recolección de guano para venderlo en las “quintas” de verduras y flores de Vucina o Pekovic, en la convivencia eterna con los circos que llegaban en el actual sector del liceo, tales como el “Águilas Humanas” o el “Circo Frankfort”, constituyendo todo un fenómeno en cuanto a la gran cantidad de animales que transportaban estos verdaderos circos zoológicos, toda una atracción para los jóvenes y niños de entonces.  Recordada por muchos es la anécdota en que un enfurecido elefante persiguió  en gran carrera al numeroso grupo de niños que lanzaron piedras a la carpa del circo, despertando la furia del animal quien no halló nada mejor que salir de la carpa enfurecido y meter su gran trompa en el almacén “El Americano” ubicado en el extremo norte del edificio poniente, dejando su estela de destrucción dentro del local y susto en las señoras y niños traviesos[13].
       
Los juegos infantiles eran dependientes de la disponibilidad de la luz eléctrica, la que se proporcionaba sólo hasta las  10 de la noche por disposición del popular “Don Jechu”, funcionario de la Caja de Seguro Obrero facultado de velar por el funcionamiento de los aspectos básicos, como así también sus ayudantes acarreadores de la basura, quienes la recogían en el incinerador de desperdicios, lugar conocido como “mina Corea”[14].

Estos mismos mozalbetes  protagonizaron, en su afán de diferenciarse del resto, sucesivas “guerrillas” de piedras contra otros grupos a la hora de la culminación de algún partido de fútbol, defendiendo los colores de “Deportivo Caracol”. Cabe señalar que en el sector trasero de  los edificios existía una cancha de futbol, como así también había otra gran cancha en el sector en donde está emplazado el Liceo Domingo Latrille. Llanura deportiva  que muchas veces quedaba malograda por las visitas de los circos. En esas canchas térreas, los principales rivales deportivos, asimismo rivales también de “guerrillas” de piedras,  eran los deportivos de calle Sucre y el equipo de la Población O’Higgins.

Un periodo ansiado por muchos jóvenes y niños lo constituía el verano. Sus inicios festivos eran con las grandes celebraciones en las terrazas, dentro de ellas la fiesta para esperar el Año Nuevo en lo alto de los edificios. Algunos cumpleaños, o bien, fiestas particulares.

En esas mismas terrazas durante el año se atiborraban de grandes antenas radiales para captar alguna señal de onda corta y así poder entretenerse, “gracias a esas antenas escuchábamos los recordados radioteatros, pasábamos pegados  en la radio y uno esperaba con ansiedad la transmisión. De no ser por esas antenas, no sé en qué estaríamos entreteniéndonos. Llegábamos en grupo a escuchar las transmisiones de RadioTanda…”[15].

Pero, no sólo de antenas artesanales se colmaba la azotea ya que su utilidad se orientaba a ser  el lugar en el cual se colgaba la ropa después del lavado, teniendo cada familia un espacio consuetudinariamente asignado. El colgar la ropa lavada era a su vez otro espacio de convivencia rutinaria entre los vecinos. Allí se conversaba, se comentaban los radioteatros, se discutía, se compartía o bien era el lugar al cual acudían los que tenían problemas en sus departamentos como una forma escapatoria. Desde la azotea se contemplaba el inmenso mar y la dinámica vida industrial llevada en la Bahía Algodonales con sus decenas de barcos, lanchones salitreros y botes pesqueros. Con el tiempo, algunos vecinos comenzaban a desistir del uso de la azotea, por la propensión de algunos de tomar lo ajeno, “…se dejó de usar las terrazas por el robo de la ropa, en especial de las sabanas y chaquetas”[16]. Nos explica Aste.

A fines de diciembre, la amistad se consolidaba, las rivalidades se disipaban y daban pie al disfrute comunitario. Febrero se dejaba caer como siempre, allí surgían las fiestas de la “Chaya”, consistente en el lanzamiento sorpresivo de agua, no escapaban los viejos ni señoras, mucho menos jóvenes y  niños. Celebraciones improvisadas envueltas en la sanidad de aquella época, en lo cándido de los juegos y bromas. Dejando de lado las diferencias entre vecinos, de pronto un buen balde con agua solucionaba los dramas, en una fiesta tardera y también  nochera, en donde todos eran iguales, nadie se indignaba. Quedaban atrás los roces entre algunos, y se olvidaban las peleas.

Estas celebraciones de verano duraban varios días y los proyectiles favoritos eran los confeccionados con espermas de velas rellenos con agua[17].

Definitivamente la fiesta de la “Chaya[18] era considerada más que  una fiesta “pirula”, más bien era considerada como una celebración “popular”. Una festividad  cultivada en un espacio abierto, en donde se derrochaba toda la alegría acopiada en el año, residiendo en ella la colectividad,  más que en la “singularidad”, en base a la entretención en grupo.

Esta celebración, de pronto derroche de agua, contrastaba con los altos precios del agua potable existente en la década del 60. Los vecinos, frente al encarecimiento exacerbado  del bien potable, decidieron escribirle al entonces Senador Víctor  Contreras Tapia, quien fue Alcalde al momento de levantarse estos edificios. La petición consistía en la condonación de las deudas. En la sesión de N° 40 del Senado del 5 de septiembre de 1967, Contreras plantea el problema, “tengo en mi poder una presentación de los habitantes de determinados Colectivos de Tocopilla, pertenecientes al Servicio de Seguro Social, donde viven obreros y un escaso número de funcionarios públicos. Esos Colectivos se componen de tres cuerpos. En la presentación, dirigida a la Sección Control del Departamento de Explotación del Ministerio de Obras Públicas, esas personas están pidiendo que les condonen deudas. De acuerdo con el decreto 650, existen una serie de requisitos que determinan si en las habitaciones comunes o Colectivos debe haber medidores individuales o uno general.”[19]

 Según esta presentación, el panorama era el siguiente:


LUGAR
MESES
CONSUMO


Pabellón Poniente
Septiembre y octubre
$ 1.906.000
pesos

Noviembre y diciembre
$ 1.906.000
pesos

Enero y febrero
$ 1.906.000
pesos
Pabellón Oriente
Septiembre y octubre
$ 780.230
pesos

Noviembre y diciembre
$ 761.530
pesos

Enero y febrero
$ 479.270
pesos
Pabellón Central
Septiembre y octubre
$ 1.815.082
pesos

Noviembre y diciembre
$ 2.594.690
pesos

Enero y febrero
$ 2.230.180
pesos
           

En ese contexto, los usuarios debían  pagar alrededor de  15 millones de pesos por consumo de agua potable. Una cifra desorbitante  e imposible.
            
Cabe señalar que el consumo de agua era pagado  colectivamente, no existían medidores de consumo individual, Dino Aste nos cuenta que “…antes el consumo era pagado por todos, y no era conveniente,  así que gestioné que cada departamento tuviese  un medidor  individual. Todo con el fin de ahorrar. Hice una campaña, bajo el lema: ´lo que yo gasto lo pago yo, lo que gasta el vecino, lo gasta y lo paga él”.[20]
           
La asimetría en cuanto al consumo de agua era notoria, ya que muchos vecinos pasaban pocos días de la semana en el departamento, sin embargo debían pagar  un consumo no realizado por ellos, ya que el costo total, mensual, era dividido de igual manera entre todos. No escaba al pago mancomunado la existencia de morosidad eterna en algunos de los vecinos, derivando de ellos serios problemas de convivencia. Sufrían también los solteros y solos.
            
Aste subraya la diligencia para la obtención de medidores, “me puse en contacto con las autoridades respectivas para que me ayudaran, entre ellos colaboró Luciano Astete, que fue en los inicios el Jefe de Plaza.  El pabellón  oriente fue el pionero. Después se sumaron los otros edificios”[21]. La esposa de Aste, la señora Maúd Gutiérrez señala que “había familias muy gastadoras. Y el pilón que estaba en el Central el despilfarro era mayor, incluso llegaban hasta vehículos de otros lados para limpiarlos. Lavaban los camiones, y corría el agua sin parar. Iban a lavar los platos y chorreaba toda el agua hacia la explanada. El agua se apozaba, en un charco grande, y era mal oliente. La gente para no gastar plata, usaba el agua del pilón, al menos los del Central. El charco y un pequeño rio salía hacia calle Sucre.”[22]
            
El tráfico de vehículos foráneos a los Colectivos era una rutina molestosa, situación que llevó a algunos vecinos a instalar una cadena en la entrada de la explanada para impedir el ingreso.  “Así que la urgencia de los medidores era grande. Lo bueno es que lo logramos y funcionó. Contamos con la ayuda de Mario Alcayaga, que era un transportista, él trajo los medidores desde Santiago, los trajo gratis, después este joven murió en el mar y su cuerpo no apareció. Era Hijo de la señora dueña del Balneario Punta Blanca. Era un buen vecino”. 
            
Dejando atrás el alto consumo y precio del agua, el edificio Central a su vez, se transformaba en el propicio escenario físico para diversas actividades políticas. La escalera, ubicada al centro del acceso, constituía un buen proscenio para mítines, concentraciones políticas y partidistas. Fueron variadas las campañas políticas ahí iniciadas y desarrolladas con sendos discursos para obtener alcaldías, concejalías, senatorias o cargos en la Cámara de Diputados. Muchos de estos actos estuvieron vinculados con la derecha y con la  izquierda política quienes, por lo general realizaban mítines con grupos musicales y oradores que no median el tiempo de la presentación. Si la escalera y el descanso que ella poseía era el escenario en altura, la masa se ubicaba en la explanada de tierra, para así poder contemplar los actos políticos, muchos de ellos con agregados culturales.
            
No obstante, muchos vecinos apostillan los tremendos ruidos provocados por estas manifestaciones ideológicas: música en vivo, a gran intensidad,  numerosos oradores vocingleros; extremadamente emocionados. A su vez los evidentes problemas de acceso a los departamentos del pabellón central, ya que la escalera estaba ocupada como escenario. Igualmente nos comentan que,  resistían estoicamente cuando los discursos atacaban a través de la idea a los mismos vecinos por de pronto discrepantes políticamente. La refutación y la discrepancia política de pronto se transformaban en verdaderas interpelaciones personales.  No todos tuvieron ese grado de tolerancia ya que no escasearon los residentes dispuestos a contestar desde algún departamento frente a las osadas arengas políticas. O bien, se revelaban las contramanifestaciones desde algún piso de los pabellones laterales a través de afiches, pendones o letreros con sus respectivos mensajes políticos y nombres de candidatos.

Otros momentos portentosamente evocados por los vecinos tiene que ver con los terremotos y la experiencia que de ellos procedieron. La primera prueba de fuego, más bien tectónica, para estos colosales modernos fue el 20 de diciembre del año 1967. Un terremoto nocturno que, en una fecha de ambiente navideño, venía a interrumpir la asiduidad de una vida tranquila y hasta ese momento segura. La respuesta frente a estos eventos naturales concentrados en tiempo y espacio fue óptima por parte de la edificación. No fue lo mismo para los vecinos residentes, de los cuales, casi en su totalidad no habían vivido un gran sismo a tan altura. No se poseían antecedentes de haber vivido en un edificio de cinco pisos.
            
Por lo que hemos cerciorado, nuestros informantes colapsaron frente al miedo y el espanto. Las crisis nerviosas fueron múltiples entre los vecinos y los heridos surgieron en decenas frente al escape incontrolado, arrollando y pisando a los caídos en las rampas de acceso. El gran ruido de fondo provocado por los ventanales, la caída de muebles, los despavoridos gritos de las mujeres  y los garabatos masculinos.
            
Un residente en el cuarto piso indica que durante el escape por los “caracoles” pestilentes a orín, “…el coro no estuvo ausente. Ese lo formábamos nosotros con un griterío de manicomio en fiesta, muchos invadidos por un miedo indescriptible, repentino y embebidos en un trance histérico…”[23]. La masa humana era enorme. Vivir un terremoto por primera vez en un edificio era una atrocidad sin precedentes y en efecto; el conglomerado no estaba preparado ante un evento de este tipo. La sensación de haber adquirido una habitación de esta tipología, un departamento, era lo más cuestionado en los minutos posteriores al terremoto. Se atestiguan una serie de discusiones vividas entre familiares o cónyuges en cuanto a la “errada” decisión de vivir allí, o bien, el cuestionamiento ante la continuidad de seguir habitándolo[24].
             
En los escasos segundos usados en el desalojo del inmueble, la crisis se haría mayor con el apagón total en la ciudad. Sumándose a los gritos, caídas de muebles, reventones de ventanales y los pitazos de los barcos surtos  en la rada de Algodonales. “…entre amagos de saltos al vacio, el griterío propio de la circunstancia, la incertidumbre de saber si nos íbamos  todos guarda abajo (…) con el edificio, la oscuridad más completa se nos vino con el apagón…”[25]. La interrupción del suministro eléctrico fue, quizá, el inicio de la concatenación de verdaderas caídas en serie en aquel frenético escape. “al cortarse la luz, resbalé con el orín que algún ebrio habría depositado en el ‘Caracol’, me caí y luego pasaron por encima mío, y quedé peor, ya que me hirieron en  las piernas y me torcí un brazo”[26], nos señala un vecino, por ese entonces niño.
            
Una vez que la masa de vecinos se instaló en la explanada, muchos decidieron dormir en ella. Resintiéndose, en algunos casos, a volver a sus respectivos departamentos. Se  pernoctó en las calles, improvisando carpas, utilizando sábanas y frazadas para tales efectos. No había seguridad de que los departamentos resistieran las cuantiosas réplicas del temblor, que se prolongaron por al menos un mes[27]
          
Una vez que la masa humana se hallaba en la explanada, el caos era tremendo y en plena oscuridad los ociosos que habitaban en las poblaciones aledañas se acercaban a los Colectivos a ver si, acaso, habían caído. Estos únicos edificios en la ciudad concentraron la atención.
             
Carabineros, ambulancias y Bomberos comenzaban a llegar frente al temor de una gran tragedia. Sin embargo, la sorpresa para todos fue mayúscula al ver cómo estos gigantes de hormigón resistieron sin mayor  apuro a un gran terremoto.
            
Otras tragedias han envuelto a estas edificaciones al momento de efectuarse terribles suicidios. Los Colectivos, al menos en el pabellón Central,  han sido el lugar propicio para que algunas personas lanzasen al vacío. Arrojo del cuerpo como vía escapatoria a depresiones insalvables, siendo la única salida la provocación de la muerte intencionada desde la altura. Escalofriantes son los testimonios de testigos de lanzamientos acontecidos de improviso, dejando una huella marcada en la memoria de los observadores involuntarios. Uno de ellos ocurrió en 1993, con varios estudiantes de espectadores.
            
Maúd Gutiérrez nos cuenta el trágico caso de una de sus ex alumnas suicidada el 29 de noviembre del 2005, “una tarde, estando en mi departamento, escuché un fuerte golpe (…)  sentía que en la calle había una gran conmoción, curiosa salí a ver qué pasaba, ‘¡alguien se lanzó del quinto piso en el Edificio de los Colectivos!’  Decía la gente…No lo podía creer era mi alumna, la que me recordaba todos los días que yo había sido su profesora. Ella había pasado por mi casa y no se había detenido y siguió con su terrible decisión”. La desazón al evocar  esos momentos posteriores, es atroz en la memoria de testigos de cuerpos prácticamente desintegrados. “Su profesora podía haberla detenido, para darle una palabra de aliento y consuelo para mitigar en algo su dolor. A veces voy por la calle y creo oír su alegre grito, ¡hola profe! ¡Cómo está! Y el corazón se me enciende de emoción”[28].
           
En fin, la historia y la memoria son infinitas. Nunca acaba. La memoria no tiene límites. Hemos incorporado estas vivencias, aquella que no aparecen ni en documentos ni usualmente en diarios o periódicos, porque con ellas estamos hablando de la identificación o la tipificación de un grupo humano, que es, nada más que, una fuerte raíz fruto de una interrelación existente entre este mismo grupo con un entorno físico ya descrito como proyecto comunitario. Y quienes habitaron en estas materialidades arquitectónicas expresaron su vida, sus anécdotas y necesidades, evocando costumbres, relaciones y formas de convivir. Es tomar la historia popular, la historia de los no-héroes consumados ni muchos menos de los “grandes” hombres y epoyeyas nacionales divinizados por la historia tradicional. Tomamos la historia desde abajo, desde el pueblo, desde los niños, obreros y dueñas de casas. En esas interminables cotidianidades confusas, claras, o no definidas. La vida de un barrio y sus vecinos.  En pocas palabras, hablamos  así de identidad del barrio como identidad colectiva. Una identidad marcada por el espacio físico, pero sobre todo por quienes lo ocupan, en un Edificio Colectivo de la Caja del Seguro Obrero Obligatorio de Tocopilla.

Fragmento del libro Edificios Colectivos de la Caja del Seguro Obrero Obligatorio de Tocopilla (2012).

 Referencias 


[1]                 Valera (2011)
[2]                 Fernández (2011)
[3]                 Barrera (2007)
[4]                 Bustamante (2011)
[5]                 Aguayo (2011)
[6]                 Aste (2001)
[7]                 Ramírez (2011)
[8]                 Pallero (2008) 
[9]                 Gutiérrez (2011)
[10]               Rojas (2011)
[11]               Pallero (2011)
[12]               Valera (2011)
[13]               Bustamante (2011).
[14]               Bustamante (2011)
[15]               Aguayo (2011)
[16]               Aste (2011)
[17]               Aguayo (2011)
[18]               El origen de este tipo celebración está vinculado con las actividades realizadas en los comienzos de siglo XX en la llamada “Piedra del Casamiento”, fiesta caracterizada por el juego y el lanzamiento sorpresivo de papel picado, harina y agua.  Hubo algunos alcaldes que estuvieron en contra de esta fiesta, como Pedro Murillo Lefort, por considerarla pagana y propicia para la ingesta desmedida de alcohol. Cabe señalar que en la “Piedra del Casamiento” se quemaba  “el mono” como símbolo de fin del carnaval. Una vez extinta esta fiesta la celebración se fue trasladando a los barrios, en donde se fue reduciendo sólo al agua y harina, sin bailes y sin “monos” por quemar.
[19]               Archivo Senado Sesión 40, en martes 5 de septiembre de 1967. Pág. 20. Santiago. 
[20]               Aste (2011)
[21]               Aste (2011)
[22]               Gutiérrez (2011)
[23]               Pallero (2008)
[24]               Ramírez (2011)
[25]               Pallero (2008)
[26]               Muñoz (2011)
[27]               En este terremoto hubo decenas de heridos y un muerto; un niño, identificado como Juan Rivera Pizarro, murió luego que un muro le cayera sobe su cuerpo, cuando rescataba enseres en una vivienda ubicada en calle Sucre. Hubo una destrucción nunca antes vista. La carencia de agua potable y electricidad durante las primeras horas agudizó el terror del terremoto,  con el antiguo cuartel de Grupo de Comando de Defensa de Costa en el suelo en donde funcionó por muchos años el hospital, de la misma forma  los niños tuvieron una triste navidad. Vista la emergencia,  vino el ministro  del Interior Enrique Krauss, que fue enviado por el Gobierno para establecer el grado de destrucción en el Puerto Salitrero y coordinar la labor con Alfredo Castillo y el Alcalde Julio Fernández.  Posterior a ese terremoto se  tuvo la visita del Presidente de Chile el Sr. Eduardo Frei Montalva, quien ofreció mediaguas.
[28]               Testimonio de Maúd Gutiérrez Lema de Aste (agosto, 2009)

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