LOS HOOVERVILLES ENTRE WASHINGTON Y TOCOPILLA



Crisis, barriadas, fuego y cemento
1930-45

Elliott Bay



  1. La Gran Depresión de 1929

La crisis mundial se inicia con el famoso “Jueves Negro  de octubre de 1929 en  los EE.UU., en donde la caída de la Bolsa configuró una de las crisis económicas y financieras más significativas en el orbe, de la cual ningún país estuvo ajeno a ella. Este trance provocó grandes e inauditas tasas de cesantía: catorce millones de personas en los Estados Unidos (Corbo, 2005). Lo acaecido en Wall Street se reprodujo de forma acelerada en las demás Bolsas de aquel país, desde Chicago hasta San Francisco y desde allí contagiando el mal de la Gran Depresión a muchísimos países llegando, desde tan lejos, hasta el pequeño puerto de Tocopilla.

Finalizando la década de 1920, Chile vivió una holgura económica, con un alto gasto público en el régimen de Carlos Ibáñez del Campo[1] (1927-31) régimen que estuvo direccionado en modernizar la infraestructura productiva Chile. Pero, este apogeo tuvo su origen en un alto endeudamiento externo, producto de los créditos en dólares que fluían desde Nueva York, que se imponía como la nueva capital financiera del mundo (Collier, 1996). La depresión en el mercado de valores provocó una falta de liquidez que llevó a una radical caída de los precios internacionales de las mercancías y de la mayoría de los activos, produciendo  una crisis bancaria de grado mundial, especialmente en los países con sistema de patrón oro[2] (Martínez, 1983).

El informe de la Liga de las Naciones (World Economic Survey) indica que Chile fue el país más afectado por la Gran Depresión[3]. Las exportaciones de salitre y cobre se derrumbaron, provocando graves consecuencias sobre la economía interna, al caer los ingresos fiscales y disminuir las reservas, se ahondó el impacto que ya se venía arrastrando desde la producción de salitre sintético en Alemania (Martínez, 1983). En ese escenario, se suspende el pago de la deuda externa chilena en julio de 1931.

Surgen las  protestas en contra de la dictadura de Ibáñez del Campo, quien se exilia el 26 de julio de 1931 y huye a Argentina. El desmoronamiento de Ibáñez produjo un grave aprieto de gobernabilidad e inestabilidad política[4] (Vitale, 1997).
  II.           El caso de Washington

Miles de cesantes, en su deambular y vida errante, se fueron ubicando en las periferias de Washington. La perdida de las casas además del impulso de la migración campo-ciudad por causa de la paralización de faenas agrícolas, la extensa población flotante fue conformando barriadas suburbanas.
La conformación de estas villas miserias, de estos barrios de chabolas, es un proceso que se incrementa desde 1930, y su denominación pasa a ser “Hoovervilles” en irónico honor hacia el Presidente de EE.UU., Herbert Hoover (Jackson, 1944).
El Estado desplegaría grandes sumas de dinero para estos barrios, en cuanto a proporcionar  comida y agua. No obstante, muchos funcionarios municipales eran corruptos, y mantuvo esos recursos valiosos para ellos mismos (Jackson, 1944).
Uno de los mayores Hoovervilles que existió, era no periférico, porque se ubicaba en Central Park, allí: como ratas (en) manada humana, la gente común se vieron obligados a llevar, las ruedas y los bits de arrastre de madera, hojalata, cartón, papel de alquitrán, vidrio, material para la composición de techos, la tela y otros materiales sirvieron para estos sitios de los nuevos Estados Unidos, un boom inmobiliario” (Roy, 1935). Se expresa de este modo un apogeo de barrios calamitosos.
Los cesantes autogestores en la construcción de estructuras habitacionales en la precariedad, junto a otros, menos calificados, lograron reunir cajas de embalaje y otros artículos desechados para darse cobijo. Albañiles desempleados rescataron bloques de piedra y ladrillos viejos para crear chabolas de 20 pies de altura. Sin embargo, los hombres más desgraciados se vieron obligados a refugiarse en el interior de redes de agua vacías (Menefee, 1932).
En 1934, existían en Washington alrededor de quinientas casas auto-construidas, de una sola habitación, fueron “esparcidas sobre el terreno en el trastorno demencial” (Roy, 1934:42). Allí se pudo establecer la existencia de una población muy diversa, según Roy, estaba compuestas por no blancos (29% de la población de la colonia), incluyendo 120 filipinos, 29 de África, 25 de América, 4 mexicanos, 4 sudamericanos y 2 japoneses. Este mismo investigador habló de un “arcos iris étnico” unidos sólo por la pobreza, el hambre y la deshigienización, en una “camaradería en mal estado” (Roy, 1934: 42).
Se tuvieron que establecer medidas de control por parte de las autoridades hacia los residentes de estos guetos, todas centradas en la higienización y normas estrictas de saneamiento. A su vez, se esperaba que, “los residentes –debían- mantener el orden. (…) esto fue manejado por un Comité de Vigilancia, que consta de dos blancos, dos negros y dos filipinos, dirigidos por un leñador blanco nativo de Texas, quien llegó a ser conocido como la ‘no oficial’ ‘Mayor de Hoovervilles’” (Roy, 1934:44). Según esta fuente, los residentes arrendaban parte de sus terrenos a los recién allegados, o bien vivían con ellos cobijados en algún rincón. Estos barrios fueron considerados por sus moradores como “la morada del hombre olvidado" (Jackson, 1944).
La convivencia con basuras fue una tónica muy marcada en estos barrios, basta citar el caso del hooverville de Beacon Hill o bien, el ubicado en la zona Interbay al lado de donde la ciudad solía depositar su basura. Había otros a lo largo de la 6ª Avenida en el sur de Seattle.
A finales de 1935, el Departamento de Salud de la ciudad calculó que entre 4.000 y 5.000 personas vivían en las diversas shacktowns o ciudades de chozas (Informe de la División Saneamiento 31 de diciembre 1935, citado en Extracto del Informe Anual de 1935 del Departamento de Salud). Muchos de ellos muertos por le hambre o por las enfermedades adquiridas esos barrios pestíferos.
La existencia de estos suburbios, fueron tolerados hasta los inicios de la II Guerra Mundial. La crisis económica ya había sido superada y se inició un plan de anulación. Siendo una muestra de ello lo organizado por el  Departamento de Salud de 1941 cuando se estableció Committee on Elimination shack (Comité de Eliminación de chozas) para identificar grupos no autorizados de vivienda y planificar su retiro. Algunas encuestas habían identificado chabolas en cinco colonias importantes. En abril de 1941, los residentes de la Hooverville principal se les dio aviso a salir el 1 de mayo. Los agentes de policía quemaron las pequeñas estructuras con keroseno y las incendió, siendo los cesantes meros espectadores de la quema de sus viviendas. El Hooverville de Seattle había durado toda una década (Informe del Comité de Eliminación Chozas, 14 de abril de 1941).
Las mismas políticas de erradicación afectaron a Tacoma Hooverville, campamento cerca del vertedero de la ciudad, mencionado despectivamente como “Hollywood on the Tideflats”, en alusión al mareo que generan sus pestilencias. Los infructuosos esfuerzos  de desalojo llevaron a que en 1942, el Departamento de Bomberos de Tacoma quemara cincuenta de los "Hollywood" chabolas. En un acto de resistencia, se volvió a ocupar durante la II Guerra Mundial (Gregory, 2009).
Desbaratar de Hoovervilles era una tarea difícil, la gente no hallaba otro lugar al que llamar hogar. Se forjaron varias tentativas para eliminar esos pequeños pueblos durante la década de 1930, pero los funcionarios del gobierno y de la ciudad no podía hacer nada acerca de los problemas de salud y comedores dispersos que estos hoovervilles habían creado.
El fuego legalizado lanzado en los tugurios, era el ultimo recurso de eliminación.

  1. El impacto en Chile

La Depresión Económica provocó alrededor de doscientos mil cesantes, cifra significativa para un país de cuatro millones de habitantes (Vitale, 1997), además se originó un éxodo desde el norte hacia la zona central del país calculándose aproximadamente 45.000 retornados[5] y un aumento del flujo poblacional desde el campo a la ciudad  (Correa; Jocelyn-Holt, et al, 2001). La presencia masiva de obreros cesantes implicó un aumento en la delincuencia, ya que la pobreza y las bajas condiciones de vida hicieron que muchos cesantes perdieran la noción entre lo lícito y lo ilegal[6]. En  estos años (1930-32) se evidencia un alto número de asaltos y asesinatos, siendo estos dos delitos los de mayor cantidad  y connotación social, siguiendo después de estos las faltas a la ley como la ebriedad, lesiones y estafa (Revista Sucesos, 1933).

Subyacentemente hubo un incremento sorprendente de la mendicidad y orfandad infantil (Vitale, 1997; Collier, 1996). En Santiago, muchas personas decidieron vivir en las cuevas de los cerros, siendo la más famosa de ellas las cuevas del Cerro Blanco, lugar en donde se calculaba la presencia de trescientas personas, viviendo en condiciones totalmente insalubres. Derivó de aquello variadas enfermedades sanitarias tales como tifus, cólera y  pediculosis. Esta última en un lapso de dos años mató a seis mil personas en Santiago  (Zig-Zag. Santiago, 7 mayo 1932).

De esta problemática  se hicieron cargo instituciones de beneficencia coordinadas por señoras de las grupos más pudientes, compuestas, generalmente, por esposas de políticos connotados. Entre ellas, Graciela Fehrman cónyuge del presidente provisorio Juan Esteban Montero. La actuación de la señora Fehrman destacó por la labor en los programas y acciones por ella coordinados, como el “Ropero de los pobres” y el grupo para la “Higienización de los cesantes” (Bugueño, 2009).

  1. Hoovervilles tocopillanos

Los mayores problemas de insalubridad detectados en este trienio emanaban desde los denominados Barrios Obreros[7], los cuales eran considerados por las autoridades como verdaderos focos de inmundicias y basurales (Bugueño, 2009).

La llegada de los pampinos hizo que los conventillos insalubres se atiborraran, provocando que el hacinamiento se fuese reproduciendo con el pasar de los meses. En el caso de Tocopilla, las soluciones habitacionales para los obreros eran precarias. La llamada Vivienda Barata, tuvo su mayor impulso en el periodo de 1930-32, momento en el cual surgieron improvisados barrios de barracas, con casetas construidas toscamente y con materiales ligeros.

En algunos casos, los obreros recibían del Municipio la concesión, o bien la venta, de un terreno y allí autoconstruían dentro de sus posibilidades y alcances, usando como material los sacos, cartones, madera, cubriendo con diarios y papel de cajón de manzanas las frágiles paredes. 

Estas poblaciones estaban ajenas a todo plan regulador, por lo que el orden no era bien definido, ni eran casas, ni barrios bien distribuidos en el plano[8]. Estos barrios no contaban con agua dulce ni salada, del mismo modo carecían de luz y de pozo desaguadero, sólo algunas casas contaban con pozos negros. Pero, desde estos pozos emanaban fuertes olores, lo que otorgaba un sello pestilente al sector, siendo esta característica luego asumida en los discursos estatales y de las élites como el principal factor de impureza y de insalubridad de referidos barrios. En estos sectores el suelo era rocoso, esencialmente porque se trataban de terrenos ubicados en las laderas del cerro, y esto determinaba  que los pozos negros fueran muy pequeños o muy cortos en su profundidad. [9]

Los mayores problemas de los habitantes de estos barrios obreros era su alta exposición a la  humedad y al exceso de vapor al interior de ellas por efecto de calefacción y de cocina. En ese sentido, eran los niños los más expuestos a infecciones y enfermedades generando un alto número de tuberculosos o con coqueluche (El Proletario, 12 de enero de 1932). La aglomeración llevó a la convivencia con animales encerrados en corrales tales como cerdos, cabríos, burros, también gallinas, patos y pichones. De esta forma se confundía la morada para personas y para animales, en una extraña sensación de horizontalidad entre animales y humanos (Diario El Proletario, 30 de enero de 1932, pág. 6). No obstante, es valido plantear que la convivencia con animales era quizás una estrategia de producción para alimentarse. Del mismo modo, podemos esbozar que los animales dormían con la gente con el objetivo de que no fuesen robados no es descabellado. Quizás estaban buena parte del día en la casa por la misma razón y para que se le controlara mejor lo que comía. Así, se puede establecer que hubo dos procesos operando: por un lado el hacinamiento, y por otro el desarrollo de una forma de vida hombre-animal que tenía por finalidad asegurar la producción de un mínimo de recursos alimentarios para el núcleo familiar.

El impulso a la gran cantidad de allegados en el puerto de Tocopilla fue producto del ocaso de la actividad salitrera, y así comienza el recibimiento de los cesantes pampinos de los cuales la gran mayoría acudía a vivir a estos barrios invitados por familiares y amigos, iniciándose un nuevo problema: el hacinamiento. Se ha estimado que por cada casucha o mediagua habitaban entre 10 y 12 personas (Barrera, 2007).  Estas chozas diminutas, en la práctica, eran de una sola pieza, con piso de tierra, con exigua luz y ventilación, siendo el uso del vidrio totalmente ignorado. Corrientemente había una lámpara grasienta y humeante para iluminarse, aunque de ordinario no había otra cosa que la fogata dentro del domicilio[10]. Estas casuchas eran de un suelo disparejo, abundando la humedad más los charcos de aguas servidas. Otro problema sanitario era el tema de la ventilación al no existir chimeneas. En estos cuchitriles era en donde se cocinaba, se dormía, se comía, se criaban animales y, en muchos casos, sus interiores eran a la vez letrinas (Fernández, 2011). Los citados barrios estaban ubicados en la “Villa Esmeralda” en los actuales terrenos de Algodonales, “El Salto”, “Ciudad Perdida” y “Pampa Este”, es decir, el cuadrante que marca la actual calle y pasaje Esmeralda entre Freire y el sector de Huellas Tres Puntas, el cuadrante en donde los Inspectores de Salud realizaban numerosas rondas (Barrera, 2007).

La consecuencia de semejante estado de cosas, era la formación de un medio ideal para el desarrollo de enfermedades, al menos así se señalaba en el diario El Proletario:

Estas viviendas bajas de techos, húmedas, mal iluminadas, en las que se apiñan las personas y animales, contribuyen poderosamente al desarrollo de la escrófula y la tuberculosis, e imprimen en todas la afecciones una tendencia a desembocar en la supuración. Engendran así abscesos, caries y enfermedades articulares. (Diario El Proletario, Tocopilla, 3 de diciembre 1932, pág. 6)

Este escenario daría paso a la propagación de padecimientos, debido al alto porcentaje de aglomeración insalubre.

Según los datos oficiales, fue desde estos sectores empobrecidos donde se registró la alta cifra de expirados que acaeció en el puerto durante 1930-32: una cifra de muertos que sería superior a de los nacidos vivos. Según datos del Registro Civil de Tocopilla, (Actas anuales de nacimientos y defunciones) los guarismos son los que siguen[11]:

Año
Natalicios
Defunciones
1930
360
475
1931
390
440
1932
401
499

Como podemos observar, la cifra de mortalidad aumentó en los años más críticos para la economía chilena y local. También, debemos decir, que en las cifras de las defunciones, alrededor del  50% corresponden a menores de 16 años, y la mitad de esa cifra corresponde a menores de un año. Según el Gobierno local, Las causas de la alta tasa de mortalidad están básicamente determinadas por la insalubridad y por la desnutrición (Actas anuales del Registro Civil de Tocopilla, 1930, 1931 y 1932).

En 1931, la revista nacional Sucesos, realizó un reportaje sobre la pobreza existente en el  Norte Grande, en donde se describían historias personales que denunciaban las carencias y los profundos malestares económicos y corporales, en base a enfermedades, de la población obrera en general. Dicha revista nos graficó aquella dura realidad en la cual se sumieron los pampinos  allegados al puerto. Varias fotografías nos reseñan la dura vida en las periferias de las salitreras –en condiciones similares a las que relatamos para el puerto de Tocopilla–. En una de aquellas fotografías, es posible distinguir a una familia completa, con sus cinco hijos y de fondo, la enclenque y desmejorada vivienda, construida de cartones, latones y al centro –como en muchas casas– el tambor para el depósito descubierto del agua, elemento propicio para enfermedades estomacales.

  1. El territorio

La ciudad puede ser vista como locus en donde se sitúa una relación entre individuos y grupos que manifiestan formas de apropiación diversa respecto del espacio. En este contexto, las formas de apropiación del espacio contra el Estado se estamparon en la constitución de basurales o de letrinas de públicas: una clara señal de modificación del orden establecido a favor de un régimen de control sanitario de “lo público” tal como ocurrió en Tocopilla y Washington. Por ello, la ciudad aparece como un trabajo o una obra en la cual emergen o son inventados nuevos modos de vivir, de habitar y de  producir lo urbano (Mitchell, 2003:18). Surgieron, por medio de los Hoovervilles de ambas ciudades, representaciones nuevas de los espacios urbanos, quizás como respuesta violenta al orden instaurado y al Estado fracasado en lo económico.

En Tocopilla esto se nota muy especialmente en las laderas de los cerros como espacio, exclusivo, de los pobres; el muelle como lugar de pernoctación; la ciudad misma como lugar de embarque de los pampinos en su retorno hacia el sur, y quizás la prostitución y la constitución de verdaderos barrios rojos, como otra forma de respuesta en discordia al orden hegemónico y su control del espacio.  En Washington con la ocupación de terrenos del Estado y en algunos casos privados que preocuparon a las autoridades y a los vecinos pudientes por ser un atentado a la estética.

En respuesta, ambos Estados desencadenaron el disciplinamiento del espacio, por efecto de la articulación de un principio de clausura, es decir, la especificación y determinación de un lugar heterogéneo a los demás y cerrado sobre sí mismo, lugar protegido y distinto, que se inscribe en la monotonía disciplinaria. La disciplina, el orden, irrumpe aquí como la forma de la distribución de los individuos en el espacio urbano, que se realiza por la técnica de otorgar a cada individuo y su grupo un lugar, pero a su vez, a cada emplazamiento un individuo.

En ese escenario, Hooverville Seattle después de intentos para arrasar el campamento y vista la reconstrucción posterior por sus habitantes, la ciudad de Seattle nombró una comisión de seis residentes Hooverville para hacer cumplir “unas cuantas reglas sencillas para a seguir”. Muchas de ellas basadas en la higienización y en el cómo ubicar las casas  (Jesse Jackson, The Story of Hooverville en Seattle (Seattle: University of Washington Press, 1944: 2). Estas pautas también incluiría las estipulaciones del Comisionado de Salud, que “establece algunas reglas simples que cubren otros servicios sanitarios” (ibídem: 2).

Estas reglas, y por extensión la comisión que les forzaba, dio un sentido de ilegitimidad política a la creciente a la población de Seattle Hooverville. Como esta ilegitimidad creció, también lo hizo hacia los comités de los Hooverville. “El comité no oficial dirigida por un registrador de desempleados se dedicó a una aplicación más estricta del reglamento, pero fue apoyado hábilmente por las autoridades de la ciudad”(Jackson, 1944:3)

Un dispositivo de control se evidencia en 1935, cuando se interviene un comité para instaurar un sistema de dirección de las chabolas, proporcionando sus servicios policiales, servicio postal rudimentario. (Ibídem: 3)

Por su parte, en Tocopilla se dictaban variados decretos centrados en la higienización. En ese tenor, en septiembre de 1932, la Dirección de Sanidad de Tocopilla dictaba las medidas precisas para mitigar este mal:

1.     “Higienización de las viviendas insalubres
2.     Despiojamiento y baño de los vagos, pordioseros, vendedores ambulantes, escolares y cesantes
3.     Desratización  intensiva con venenos y trampas
4.     Alejamiento y  tratamiento adecuado de las basuras e inmundicias
5.     Saneamiento y vigilancia sanitaria de los mataderos, mercados, negocios dedicados a la venta de comestible.
6.     Prohibición de criar  y mantener  en los recintos urbanos perros y gatos u  otro animal  sin cumplir las ordenanzas municipales.”

Este mismo decreto, señalaba la restricción de circular por determinados lugares de la ciudad. Uno de ellos fue el callejón existente entre el Estadio Municipal y el Cementerio[12], sitio acusado de insalubre y “propicio para el uso de letrina pública, además de la acumulación de basuras y desperdicios” (Archivo Gob. De Tocopilla, Dirección de Sanidad de Tocopilla, oficio, nº 23, septiembre 1932). De esta forma el control de la circulación tomaba fuerza como medida coercitiva.

Por otra parte, para evitar la propagación de la llamada “epidemia” se dictaminaba lo siguiente:

1.     “Alejamiento precoz y riguroso del  enfermo
2.     Vigilancia sanitaria de los sospechosos
3.     Despiojamiento y baño de todo el cuerpo del sospechoso y de las personas que vivan con él.
4.     Desinfección de todas las habitaciones  del barrio del sospechoso.
5.     Instalación de baños públicos y casas de limpieza.”[13]

La conformación de Inspectores de Salud en Tocopilla asumía como objetivo la vigilancia sistémica en la ciudad, con la capacidad de “retener” a los sospechosos de alguna enfermedad. Siendo el cuerpo de los sujetos y las marcas externas dejadas en éstos por el padecimiento de alguna enfermedad, considerados ahora como “evidencia necesaria” para juzgar la adecuación de los individuos a la nueva norma sanitaria, y también como un supuesto criterio decisorio para la aplicación del decreto. Las rondas por la ciudad eran continuas y muy efectivas en la lógica de este decreto en la captación, a veces forzosa, de sospechosos o de enfermos evidentes

En control de la circulación, como así también el confinamiento de los cesantes en las laderas del cerro, puede ser concebidas en una suerte de marginalidad explicitada: surge la criminalización, y el espacio es su supuesto delator.

Se configura en ambos casos, Washington y Tocopilla, un discurso del Estado que imputa las enfermedades y suciedades a determinados lugares de la ciudad, lo que no es más que el ejercicio de un dispositivo de poder basado en las estadísticas redundando en una geografía de la transgresión. Una nueva geografía que intenta sobreponerse a otra, a la de la transgresión del orden. Frente a ella se instala una cartografía construida desde el Estado. La cartografía que criminaliza. Se asumió, en una denotación fiscal, una predisposición inherente a cualquier cesante en cuanto a condiciones de vida malsanas y faltas de pulcritud.

En el caso de los EE.UU., una petición presentada por Jefferson Park Club Ladies de noviembre de 1938, afirmó que las barriadas eran “muy desagradable para las personas que son de mente cívica” y que en “ningún modo agregan a la belleza de nuestra ciudad preciosa.” (Seattle Secretario Municipal Office, CF160914. Citado por Neighly, 2010).

Lo anterior grafíca la imagen creada de los Hoovervilles. Al afirmar que era una ocupación desagradable a la “mentalidad cívica” y al afirmar que no agregó a “nuestra” ciudad, el peticionario fue quitando Hooverville tanto de la sociedad civil y la geografía. Hooverville estaba siendo designado como un extranjero, un “otro”, lo que podría justificar su destrucción (Dustin Neighly, 2010).

  1. Fuego y cemento

Una forma de eliminar los Hoovervilles en los Estados Unidos, fue a través de la violencia policial, a través de los allanamientos y desmantelamientos. Frente a este recurso agotado por la porfía de los pobres, en cuanto a su retorno a los sitios, surgen los incendios. Un fuego legalizado gracias a un bombero que transforma su función, ya no apaga, sino que enciende casas, pocilgas y chabolas. Con sus mangueras de fuego, quizás, empleados como metáfora de la guerra paralela que se vivía hacia el exterior. El fuego como solución, de eliminación del otro. El fuego como exterminador total de una pobreza arraigada.

“La decisión de eliminar Hooverville se precipitó en 1941 por un informe de la Autoridad de Vivienda de Seattle, en la que presentó una recomendación especial relativa a diversos barrios de la ciudad” (Dustin Neighly, 2010).

Esta recomendación, al parecer, era el impulso para la creación del Ayuntamiento del Comité de Eliminación de Chozas.

“Este Comité, presidido por el Comisionado de Salud, el Superintendente de Edificios, el Jefe de Policía y el Jefe del Cuerpo de Bomberos, fue el encargado de redactar un plan sobre cómo proceder con la eliminación de Hooverville. en 14 de abril la carta al Comité de Seguridad Pública, el Comité de Eliminación Shack declararon que habían publicado la notificación de todos los ranchos en el Puerto de Seattle Hooverville liberar a partir del 1 de mayo de 1941” (Dustin Neighly, 2010: s/n).

Si en Washington se recurrió al fuego, en Tocopilla se recurre al cemento. Los bomberos como hombres claves en el norte, los arquitectos como hombres claves por el sur. Ambos con un mismo fin de eliminación y control del cesante en vías de desdomesticación.

Por su parte, en Tocopilla, a contar del segundo lustro de la década del treinta, se vive el florecimiento de una arquitectura moderna, expresada en la cimentación de un barrio patrimonialmente significativo, compuesto por el Hospital Marcos Macuada (1941, demolido 2009).  Los Edificios Colectivos de la Caja del Seguro Obrero Obligatorio, diseñado por el reconocido arquitecto Luciano Kulczewski (1941). Además de la Escuela Superior de Hombres N° 1 y la Escuela  Superior de Niñas N°2, en 1941-43[14], sumándose, a finales de la década del 50, el Liceo Latrille[15]. Se adhiera a lo anterior, la Torre del Reloj donado por la Cámara de Comercio y la construcción de la Población Emilio Sotomayor, implementada por la CORVI en 1966, [16]Todo un conglomerado, un barrio. [17]

Este lenguaje arquitectónico, expresión de un cronotopo, puede ser leído desde cuatro puntos de vista. El primero de ellos es su inscripción urbana. Porque en este conjunto se archiva una época en que Chile se planifica con un concepto moderno el crecimiento de las ciudades, incluyendo una estructura urbana que se aprecia hasta hoy y que sobresale por contener un núcleo de edificación pública. En segundo lugar, su lectura histórica y social de este barrio nos orienta hacia la concentración de obras construidas por el Estado en una representación de las políticas estatales de vivienda, educación y salud. Es testimonio de un Estado que se ocupó con especial énfasis de los habitantes del norte de Chile, en un momento de crisis salitrera. La tercera lectura de este barrio, podemos centrarla en su dimensión y relevancia arquitectónica,  porque representan la consolidación de la Arquitectura Moderna en Chile, con una profunda esencia social, manifestando una nueva forma de habitar centrada en la salubridad, confort y el proyecto de potenciar la calidad de vida.

No obstante, una cuarta lectura hermenéutica, nos sitúa en una arquitectura que representa a un Estado que destina sus energías hacia el control social. Edificios máquinas, para obreros, para que salgan de los Hoovervilles locales, por ellos estas “maquinas” de cemento, basadas en una esquematización desde el poder sobre la vida, centrado en la disciplina sobre los individuos y control sobre las poblaciones, con la entrada de lo biológico, de las corporalidades en el campo de lo político.

Este barrio, como reacción a un descontrol, podemos leerlo como un instrumento para gestionar y administrar la vida estatizada, mediante una serie de dispositivos. Michel Foucault (1990, 2000) nos dice, que el biopoder y sus dispositivos se interesan por el urbanismo, por la gestión de las epidemias, por la higiene, es decir por la vida-cuerpo de la población. Ya no se trata de castigar sino también de medicalizar, de higienizar, de controlar la salud, la demografía, la agrupación, los alimentos, etc. y para eso, en lógica normalizadora, el poder necesita de la estadística, como ciencia del Estado, en un paternalismo exuberante sobre las corporalidades y las familias. El Estado fue tras la vigilancia de una masa poblacional que, fruto de la cesantía, había dejado las estructuras de domesticación social conocidas en la pampa salitrera que cumplían función de inspectoría. Una estrategia centrada en el cuerpo fiscalizado como medio a un objetivo de domesticación mayor. En un racismo de Estado, de un Estado omnipotente y Pastor.

Un barrio moderno que, basado en la funcionalidad y en la practicidad, porque en la lógica de Le Corbusier “lo que funciona bien es bello”, se expresa en una cita al panóptico, sirviendo como laboratorio de técnicas para modificar la conducta o reeducar a los individuos, por lo que no sólo es un aparato de poder, sino también de saber. Surgen de este modo, arquitecturas como máquinas pedagógicas, máquinas de acción médica y las máquinas de domesticación colectiva, y en un costado, un reloj monumental, interpretado como dispositivo del orden, disciplina y control, esencial para la eficiencia en el trabajo y el revisión cronológica social.
Entonces, en este proceso Washington y Tocopilla se asimilan en la pobreza, en una reacción del cesante en re-significar los espacios urbanos, en re-utilizarlos y apropiárselos a través de la mediagua. Surge entonces una criminalización del cesante, en un apogeo de materialidades habitacionales precarias. Ambas ciudades fueron receptoras de una masa hambrienta. Lo que fue el campo agrario centrífuga en EE.UU., en el norte de Chile lo fue la salitrera. El campo y sus patrones domesticaron y disciplinaron al campesino, lo mismo hicieron los dueños de las salitreras que también domesticaron a un hombre de campo, al enganchado de la zona central. La cesantía los libró de la domesticación. Ambas ciudades se unieron por la violencia del Estado hacia los pobres, articulados por el hacimiento, escasez de agua y la mortalidad en amplificación. Un bombero invertido fue destructor y los arquitectos destruyeron los Hoovervilles a través de un edificios modernistas. Lo que unió la pobreza, los separó las respuestas.


La solución estadounidense para la desaparición de los Hoovervilles. Quemazón en Washington en 1932. Al fondo, el Capitolio. Archivo © Kathy Weiser.


La solución al problema de los Hoovervilles en Tocopilla por parte del Frente Popular encabezado por Pedro Aguirre Cerda. Tres edificios colectivos (Caja del Seguro Obrero Obligatorio) un liceo, un hospital y dos grandes escuelas. El movimiento moderno al servicio del Estado controlador y apaciguador.

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NOTAS

[1] Luego de la renuncia del presidente Arturo Alessandri, el entonces coronel Ibáñez irrumpió en el puesto clave de Ministro de Guerra en los gobiernos de transición que se sucedieron. Durante el breve gobierno de Emiliano Figueroa, que fue elegido en 1925 tras la segunda renuncia de Alessandri, Ibáñez se convirtió en el verdadero poder tras las sombras. En 1927, Figueroa renunció forzosamente e Ibáñez arrasó en las elecciones de ese mismo año, con más del 98% de los votos. Era candidato único.
[2] Sistema monetario en el que el valor de la moneda es convertible en oro de una calidad determinada a un tipo de cambio fijado previamente por ley. Muy vinculado en su origen al imperio de la libra esterlina durante toda la segunda mitad del siglo xix, el patrón oro estuvo vigente en la mayor parte del mundo durante los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial. Restaurado nuevamente en 1925, fue abandonado definitivamente en 1931, durante la Gran Depresión
[3] Banco Central de Chile. Memoria anual presentada a la Superintendencia de Bancos. Santiago: El Banco, 1927-. v. Años 1931 y 1932
[4] Después de la caída de Ibáñez, se inicia un verdadero desfile por la casa de gobierno, en su mayoría gobiernos de facto. El listado es el siguiente: Carlos Ibáñez (desde el 21 de julio de 1927 hasta el 26 de julio de 1931); Pedro Opazo (desde el 26 de julio hasta el 27 de julio); Juan  Montero (desde el 28 de julio hasta el 21 de agosto); Manuel Trucco, (desde el 22 de agosto hasta  4  de octubre); Juan Montero (hasta el 4 de junio de 1932; Golpe de la “Junta Socialista”: Matte, Dávila, Puga y Grove. (La junta sólo dura 12 días); Golpe de Estado de Pedro Lagos, nueva Junta de Gobierno: Cabero, Dávila y Cárdenas (17 de junio), asume con poderes totales Carlos  Dávila.  (8 de julio de 1932). Golpe de Estado de Arturo Merino Benítez, asume   Bartolomé Blanche (13 de septiembre). Ultimátum desde Antofagasta a cargo de  Pedro  Vignola con el propósito de que Blanche entregara el poder 27 de septiembre, asume el Presidente de la Corte Suprema,  Abraham Oyanedel (2 de octubre). Elecciones de octubre de 1932,  ganador Arturo Alessandri Palma.
[5] Todo ese proceso de retorno, se explica  a que el Norte había sido, desde el siglo XIX, un locus de atracción de la migración interna chilena, desplazando trabajadores desde el sur y el centro del país hacia las minas salitreras del Atacama. Surge así una especie de mito en cuanto al norte que, en su período de abundancia económica, se configuró como lugar hacia donde migrar para “hacer fortuna”, y como esta mitología va cediendo hacia la percepción de que hay que abandonar el norte mientras se pueda, ya que la gran economía salitrera se desmanteló.
[6] Este cruce, licito-ilicito, es efecto de la desesperación amplificada, un momento de  premura intensa, quizás se decide en que no hay nada a perder, que se debe cruzar la frontera entre lo permisible y lo ilícito, lo que finalmente provoca una resignificación situacional de estas categorías. En esta resignificación, en la opción por desatender la moralidad y el orden impuesto, es posible hallar un gesto de resistencia, de inconformidad. Transformándose en un gesto político en disonancia, más que en una pérdida de sentido de lo moral.
[7] La entrega y venta de sitios por parte del Estado y la Municipalidad para el levantamiento de las llamadas Poblaciones Obreras comienza en 1931. La Municipalidad estimaba que el precio medio del metro cuadrado consignado a la venta a plazo podía considerar $25 si el terreno estaba emplazado en el sector urbano, en cambio si el terreno estaba apostado en sector suburbano el valor sería de $10 y en el rural sólo de $3. Inconcusamente que los sectores “Pampa Este”, “Ciudad Perdida”, “El Salto” o “Villa Esmeralda” no eran lugares en donde se estableciera una relación extractiva con el suelo, ni minera, menos agrícola, por tal no podían ser consideradas como rurales, aunque dentro del radio urbano existían quintas de donde se producían verduras, frutas y flores, o en el caso de “Villa Esmeralda” donde se podía establecer a la pesca como actividad extractiva. En ese sentido, se expresaba una confusión y una amplia tergiversación en la normativa, y por ello, el Municipio optó por considerar que todo el espacio usado por cesantes era “rural”, y por tal valdría sólo $3 el metro cuadrado. Esa consideración y resquicio legal daría paso a un expedito levantamiento de poblaciones obreras. De todos modos, el Municipio tocopillano se estaba amparando bajo las ordenanzas legales que durante el periodo de 1930-32 marcarían la preocupación del Estado en lo que se refiere a las Viviendas Populares Viviendas de Emergencias, expresadas en la proliferación de albergues. En marzo de 1931 surge la Ley N° 33 que trataba sobre el fomento de las Habitaciones Populares, que motivó la creación de la Junta Local Provincial de la Habitación Popular, integradas entre el Alcalde, el Ingeniero de la Provincia y Sanidad. El 14 de abril de 1932 surgiría la Ley N° 407, desde el Ministerio de Bienestar Social, la cual determinaba los valores máximos de los sitios destinados a la formación de poblaciones y barrios.
[8] El plano regulador de Tocopilla, en los inicios de la década del 30, tenia como antecedente el Plan de Ensanche  proyectado por el urbanista austríaco Karl Brunner  y su discípulo Luis Muñoz Maluschka, originado en 1929.
[9] La diferenciación socioeconómica en el uso del suelo estaba vinculada estrechamente con la vinculación con el mar. Los que vivían cerca del puerto, eran las familias enlazadas con los grandes almacenes o compañías foráneas vinculadas con la explotación y exportación del salitre. Desde la década del 20, la instalación de una moderna termoeléctrica norteamericana, hizo que la ciudad viviera una notoria fragmentación en los tocopillanos, siendo el Puente del Ferrocarril FCTT –ubicado en el centro geográfico de la ciudad- el catalizador de esa división. Al norte del puente estaba el  llamado “Pueblo” y  al sur del mismo, la “Villa”. Al norte residían los no vinculado con la termoeléctrica y al sur del puente, los trabajadores de la central generadora de electricidad. La diferencia socioeconómica se expresaba en las materialidades de las casa habitaciones.
[10] Entrevista a Amelia Barrera (2007)
[11] Según estimaciones censales, en 1930 Tocopilla poseía una población total de 15.303 personas.
[12] El sector  ubicado entre el Estadio Municipal (construido en 1931) y el ex panteón corresponden a la actual avenida Teniente Merino.
[13] Archivo Gob. de Tocopilla, Dirección de Sanidad de Tocopilla, oficio Nº 23, 11 de septiembre 1932.
[14] Ambas proyectadas por los arquitectos José Aracena y Gustavo Mönckeberg, a través de la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales.
[15] Proyectado por Carlos Albretch.
[16] Proyectada por el arquitecto Hugo Rivera.
[17] Según lo explicitado por Le Corbusier, en base a las cinco posibilidades de este estilo, están las ventanas apaisadas totalizadoras, quebrasoles, la planta libre, los pilotis, estructuras independientes de las fachadas y las terrazas. Impera el hormigón armado, destacando la pureza de sus volúmenes rectangulares con arista en canto vivo, ventanas rectangulares, rehundidas, cubiertas superiores planas, predominio de la opacidad de sus muros exteriores, pasillos perimetrales interiores de circulación para acceder a las distintas dependencias, aportando al recorrido sombreados entre los distintos niveles de los edificios; característica primordial de las construcciones para la zona desértica del norte de Chile. Como arquitectura del Movimiento Moderno, la clave es la racionalidad. Sus rasgos se encaminaban a superficies lisas, sin ornamentos, paños continuos, siendo la crítica hacia los estilos pasados y anacrónicos una lógica invariable. 


ARCHIVOS
·       Gobernación Provincial de Tocopilla
·       Escuela Superior de Niñas Nº 2 de Tocopilla
·       Registro Civil de Tocopilla.
·   Informe de la División Saneamiento 31 de diciembre 1935, citado en Extracto del Informe Anual de 1935 del Departamento de Salud, Seattle Archivo Municipal : http://www.seattle.gov/CityArchives/Exhibits/Hoover/1935ar.htm (consultado en diciembre 29, 2009)

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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1999     Estrategias de Poder. Traducción al castellano de Julia Varela y Fernando Álvarez Uría. Obras esenciales, volumen II. Ediciones Paidós Ibérica S. A. Barcelona, España.
2000     Defender la Sociedad: Curso en el Collège de France (1975-1976). Traducción al castellano de Horacio Pons. Primera edición. Primera reimpresión. Fondo de Cultura Económica de Argentina S. A. Buenos Aires, Argentina.
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1932     “Selvas de desempleo de Seattle” Vanguardia, 25 de noviembre de 1932, p. 1.


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2003     The right to the city. Social justice and the fight for public space. New York: Guilford Press

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La marginación económica de Hooverville Seattle. Disponible en http://translate.google.com/translate?hl=es&langpair=en%7Ces&u=http://depts.washington.edu/depress/hooverville_seattle_destruction.shtml

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1935     “Hooverville: Un estudio de una comunidad de hombres sin hogar en Seattle” (Tesis de maestría de la Universidad de Washington, 1935), pp.42-45
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  • VÍTALE, Luís
1997     “Interpretación Marxista de la historia de Chile” Tomo V, editorial LOM.

  • ZIG-ZAG. (Revista)Santiago : n° 1420, año 1932.

ENTREVISTAS

  • BARRERA, Amelia.
2007     Ovallina, nacida en 1911, fallecida en 2010. Dueña de casa  y residente en Tocopilla desde 1929 hasta 2010. Entrevista realizada en Tocopilla en febrero 2012.
  • BUGUEÑO, Pedro         
2009     Tocopillano, nacido en 1924, fallecido en el año 2010. Dirigente social, político y sindical. Exiliado en Francia por la dictadura militar.
  • FERNÁNDEZ, Sergio
2010     Tocopillano, nacido en 1930. Jubilado, toda su vida estuvo vinculado a empresa exportadora de salitre.  Entrevista realizada en Tocopilla en diciembre del 2010.




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