Un motín obrero al borde de la Masacre, 1892

           
 Fotografias, Archivo (c) fichasalitrera.cl


A finales del siglo XIX, Tocopilla un pueblo  recientemente anexionado a Chile, comenzaba a repuntar económicamente, aunque Chile acababa de vivir una cruenta guerra civil. Dicho repunte se expresaba en la implementación del ferrocarril y el auge en el porteo de la producción salitrera.

                En esta misma época, las demandas obreras por muy mínimas o masivas que fueran, eran más bien improvisadas, y por tal razón no apuntaban y ni atañían a grandes organizaciones. En otras palabras, eran espontaneas.

                A esas alturas los grandes industriales no denunciaban acción de agitadores o de organizaciones[1] que impulsaran a los operarios a actuar por sus reivindicaciones.

                Estas manifestaciones no eran puramente económicas ya que también apuntaban inicialmente a ciertas formas de control obrero de las faenas productivas a través del nombramiento de empleados subalternos,  por ejemplo. [2]

                Sin embargo, en la región salitrera continuaba predominando una mezcla de elementos viejos y nuevos, tal como se habían manifestado durante la huelga general de 1890, cuando la huelga y el motín se entrelazaron. En esta amalgama de componentes primitivos y actuales, hasta mediados de esa década, prevalecía la sublevación espontánea y la presión directa, más bien física, sobre los patrones o sus representantes para manifestar descontento u obtener un beneficio inmediato.
                Gracias al hallazgo de un valioso documento en el Archivo Nacional de Santiago,[3] ha sido posible reconstruir una parte de la historia de Tocopilla;  fragmento  cronológico e histórico que se precipitó en el limbo de la sangre.

                Aconteció el 6 de mayo de 1892 en Tocopilla, día en que los empleados, recientemente contratados por la Compañía Salitrera del Toco, protagonizaron desórdenes que provocaron conmoción.

“La llegada del vapor “Puno” con un gran enganche de trabajadores para la oficina salitrera “Santa Isabel”, distante a 89 kilómetros de la ciudad, fue el punto de partida de un levantamiento masivo originado porque el almuerzo ofrecido por la Compañía no había alcanzado para todos. A los que habían quedado sin ración se sumó más de un centenar de trabajadores que exigieron el cumplimiento de la promesa del agente reclutador o enganchador de pagarles $ 50 a cada uno de los casados y $ 25 a los solteros…” [4] Y de este modo comenzaba a surgir el descontento por los incumplimientos del tristemente célebre enganche salitrero.

                Como el gerente de la empresa había rechazado  la petición por considerarla imposible de cumplir, y ante la ausencia del enganchador,  los amotinados bloquearon la  línea férrea[5] y los trenes  destinados a transportarlos hacia la oficina salitrera, no pudieron partir;  colocaron piedras en los cambios para desrielar las máquinas[6]  paralizaron los trabajos de carga y descarga del muelle e impidieron la entrada y salida de ese lugar a todos los extraños al enganche.

                La intervención de la Gobernación del Departamento, a cargo de Pedro Benavides,  no logró hacer deponer su actitud a los sublevados. Los trabajadores no se resignaron con su propuesta de obligar a la Compañía Salitrera a pagarles lo ofrecido una vez que el reclutador ratificara lo que ellos declaraban que les había sido prometido, a cambio de que aceptaran continuar el viaje hacia su puesto de trabajo. De todos modos, los jefes de la compañía Anglo Chilean habían ofrecido  cinco pesos a cada obrero enganchado para dar término al levantamiento.

                Sabiendo que la tropa militar  de auxilio solicitada tardaría un par de días en llegar, la Gobernación tocopillana pidió ayuda al primer Cuerpo de Bomberos, específicamente a la Primera Compañía de Hachas y Escaleras, fundada en abril de 1892; quienes  fueron  apertrechados por la Comandancia de Armas. También se armaron treinta hombres de la Empresa del Ferrocarril y la mayoría de los comerciantes junto con  sus dependientes. La improvisada Guardia Blanca patrulló el pueblo y aseguró el orden.

                Un par de sublevados fueron detenidos aquella noche por asaltar la casa de un asiático en el sector llamado Pueblo Bajo[7].
“La llegada de tropas y la presencia de un barco de guerra “Presidente Errázuriz” en el puerto de Tocopilla  lograron calmar los ímpetus de los trabajadores. Algunos persistieron en su rebeldía, pero ante la amenaza armada debieron escapar, unos cuantos en dirección del Río Loa, otros hacia el camino de Calama y la gran mayoría se dirigió a la pampa…”. [8]

                 Cinco peones fueron capturados y quince más que, continuaron manifestando su descontento, fueron reembarcados por cuenta de la Compañía hacia el puerto que luego se  caracterizaría por la represión y castigo: Pisagua.

                Los sucesos de Tocopilla se agregaban a la larga lista de levantamientos espontáneos, breves, casi siempre violentos y sin más conducción que la proporcionada por improvisados caudillos y lideres que surgían al calor de la acción. Los objetivos de estos alzamientos eran a corto plazo e inmediatos (el rancho del día o una recompensa prometida) y por lo general no apuntaban a ningún cambio substancial de las condiciones de trabajo o de las relaciones laborales.

                No se puede establecer  cuál era el origen de aquellos hombres que se alzaron en Tocopilla, pero podemos deducir que se trataba de trabajadores-peones que iniciaban su proceso de proletarización en la minería del Norte Grande. Recién llegados, carecían de la experiencia que manifestaban los pampinos tarapaqueños que meses antes habían presionado a las empresas para designar empleados que les dispensaran un mejor trato.

                Pese a que el caso  reseñado, en aquella época, los movimientos de los obreros del salitre estuvieron más cerca de los motines tradicionales que de las huelgas organizadas;   motín en Tocopilla  que estuvo a punto de convertirse en una temprana masacre obrera;  peones  y civiles que recién se venían recuperando de la cruenta Guerra Civil de 1891. Por otro lado se dejaba ver que los gobiernos de la época poseían una sola forma de resolver los problemas: a través de la  vía armada.  Felizmente, Tocopilla, no engrosó el listado rojo y sangriento de la historia de los trabajadores chilenos



[1] Probablemente aun inexistentes en la pampa
[2] Grez (2003)
[3] Arch. Nac. FMI, Vol. 1682 Comunicaciones con varias autoridades Locales, provinciales y nacionales 1891-1892 Oficio del Gobernador de Tocopilla, Nº 132, mayo 13 de 1892.
[4] Ibídem.
[5] Prácticamente recién inaugurada por el Presidente Balmaceda
[6] Estimamos  que este hecho habría  sucedido en el sector llamado Reverso, en el noroeste del  puerto.
[7] Actual Avenida Barros Arana.
[8] Arch. Nac. FMI, Vol. 1682 Comunicaciones con varias autoridades 1891-1892 Oficio del Gobernador de Tocopilla, Nº 132, Tocopilla, mayo 13 de 1892, S.f.

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