Albacoreros y el (ab)uso de niños desembarcadores.



Tanto en Tocopilla como en Antofagasta, Iquique y Arica, abundaron los peces más codiciados por los pescadores aficionados, desde aquellos de 40 a 50 libras, como el dorado y el delfín; hasta los más grandes, como el tiburón “mako”, el “marlín” o pez aguja, el “marlín negro” o “peje-zuncho” y el pez espada o albacora, que pesa normalmente sobre 500 libras.

En aguas tocopillanas se han capturado, con caña y lienza, ejemplares más grandes y en mayor número de albacoras que en cualquier parte del mundo, el récord femenino de esta clase de pesca fue logrado en estas aguas por la señora Kip Farrington, con un ejemplar que pesó 659 libras en el año 1941.

También ha sido recordado el récord mundial de pesca del pez espada, detentado por Mr. W. E. S. Tuker con un espécimen de 860 libras obtenido en Tocopilla. Este record vino a superar la marca de Jorge Garey con su Récord Mundial de 842 libras cogido en las de Tocopilla en 1936. Cabe señalar que Mr. Turker era uno de los representantes en Chile de la International Game Fishing Association, entidad mundial única que homologa estos récords. Al mismo tiempo era presidente de la Junta Local de la Liga Marítima en Tocopilla.

Pero detrás de todo este escenario de glorias internacionales, acaecía una realidad que a ratos se omitía y se hacia vista gorda. Cuando las albacoras llegaban al muelle se usaban a menores para desembarcar.

En junio de 1932, se constató que en el Muelle de Pasajeros de Tocopilla trabajaban muchos niños; muchos de ellos huérfanos y con desequilibrio mental, quienes no sobrepasaban los 10 años. Estos infantes eran los comisionados para descargar las albacoras. Los niños trabajaban en el agua y así, el hobby y la recreación de la clase alta tocopillana adquiría otra dimensión, una tanto desalmada.
Esta realidad se tornaba habitual los fines de semana y tuvo que ser un alcalde el que tuvo que intervenir.

El Alcalde Juan Daniel Ruiz en una carta enviada a Carabineros[1] señalaba en ese entonces lo siguiente: “… ayer en la tarde he podido imponerme de un hecho que a mi juicio es estrictamente prohibido, entre 18 y 20 horas he visto al menos 9 muchachos metidos en el agua ayudando a las labores del desembarco de albacoras (...) con el frío que a la hora señalada reina en este tiempo en Tocopilla (junio), es fácil comprender que esos muchachos en medio de su ignorancia o de su inexperiencia, no hacen más que labrarse un puesto entre los atacados por el reumatismo y la tuberculosis. Por añadidura el espectáculo es inhumano y la labor debe ser prohibida y castigada para los promotores. El municipio tratara de evitarlos por lo que Carabineros debería cooperar...”. [2]

Como nos demuestra esta carta del Alcalde Juan Daniel Ruiz, el espectáculo era de horror y precisaba incluso, de una intervención policial. Pero como era evidente, sólo quedó en las buenas intenciones ya que muchos gringos siguieron haciendo de esta práctica algo usual, sumando a ello su fuero social y económico que hacia que muchas situaciones fueran permisibles.

Favorecía a esta irregularidad, un tanto escabrosa, el contexto de aquella época. Lamentablemente, el trabajo de los niños era algo generalizado en la década del 30, no sólo en el muelle sino también en labores mineras y de albañilería. Este grupo de la población estaba compuesto mayormente por infantes indigentes, que vistos en esas circunstancias se veían obligados a laborar, siendo con esto casi nula su instrucción y alfabetización. 

Tocopilla ostentaría variados títulos y récord en cuanto a la caza de albacora, sin embargo detrás de esa gran fama mundial, se disimulaba un despiadado escenario sobre los niños.

[1] Galaz “Tocopilla: entre la miseria y el apogeo, 1930-32” Pág. 137-138(2008)
[2] Archivo de la Gobernación de Tocopilla, copia de carta Municipal. Juan Daniel Ruiz; remitente, Comandante de Carabineros; destinatario. 25 de junio 1932. Nº 84 S/F.

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