El drama de los olvidados Veteranos de la Guerra del Pacífico: el caso de Tocopilla



"Reposan olvidados en el desierto árido o en las profundidades del lóbrego océano Pacífico. Muchos de ellos yacen olvidados en perdidas fosas comunes o cementerios en Perú. El llanto de esas madres, de esos hijitos, de esos amores, están también olvidados por el inexorable paso del tiempo, el dolor de esos deudos ya es pasado y los chilenos en una gran mayoría, no conocemos sus vidas, sus vivencias, sus familias, sus historias particulares. Son ellos en definitiva y en verdad, los Héroes Olvidados de la Guerra del Pacífico"[1]




Una vez iniciada la brutal Guerra del Pacífico, fueron muchos los jóvenes del bajo pueblo llamados a disponer de sus cuerpos para defender los intereses mineros anglo-chilenos que existían en la costa peruana y boliviana hacia 1879.

Evidentemente, este “llamado de la Patria” no siempre fue voluntario, ya que es sabido que muchos jóvenes fueron emborrachados forzosamente en los bares por oficiales o por “paleteados” que financiaban juergas y noches de jolgorio con prostitutas, para luego despertaran en barco o arriba de una carreta rumbo a algún regimiento.

Muchos de estos jóvenes –muy jóvenes- engañados perderían sus vidas en el proceso bélico gracias a los endemoniados y coléricos efectos de la famosa droga militar la Chupilca del diablo, droga que incomoda y omite la historia oficial.

Algunos de estos jóvenes eran tocopillanos, nacidos en momentos en que nuestro puerto era boliviano, sin embargo, sus padres eran chilenos que vivían en Tocopilla y que se desempeñaban en labores del puerto y otros estaban dedicados a la extracción del guano. Otros eran provenientes del sur, pero una vez que regresaron de la guerra, decidieron quedarse en la Tocopilla chilena.

Mientras algunos soldados volvieron a los campos o viñedos de los valles centrales de Chile o a las pujantes ciudades como Valparaíso, otros se quedaron con la estampa de vencedores en los nuevos territorios conquistados de Iquique, Tocopilla, o la pampa salitrera, siendo muchos de ellos incorporados a las filas de los trabajadores pampinos, caracterizados por sus recuerdos de proezas, esperando siempre el reconocimiento por la disposición de un cuerpo para la guerra, para la muerte, para una patria imaginada. [2] Eran los llamados los rotos, tan reivindicados en una serie de poemarios, canciones y artículos nacionalistas.

Lógicamente fueron muchísimos los que no volvieron. Sin embargo los que retornaron, tuvieron que lidiar con el olvido, y los “intereses –o interesados- chilenos” jamás le devolvieron la mano. Y fue así, que estos jóvenes debieron enfrentar esta displicencia y un porvenir incierto. Los reconocimientos eran sólo simbólicos, porque una vez finalizada la guerra, los soldados volvieron con honores y cánticos de victoria, entre alabanzas y vítores, banderas y escarapelas.

Sin embargo los comandantes y oficiales llevados por la elite chilena a esta guerra, fueron elevados a una categoría casi divina. Todos los textos de historia les dedicaron múltiples de hojas a sus vidas y hechos, siendo el soldado común y corriente -el soldado raso- totalmente omitido. Una borradura desde la jerarquía, una invisibilización dolorosa y clasista.

Los soldados se quedaron en norte gracias al desembarco de tropas consideradas como bajas en el contingente, productos de heridas de combate que se tradujeron en inválidos y mutilados. Por su parte el Estado se preocuparía de proporcionar y asegurar trabajos para estos luchadores. [3]

Los veteranos que habían quedado inválidos tras la guerra, estaban en un escenario muy complejo, porque su reinserción a la sociedad se hacía muy dificultosa: porque al estar mutilados limitaban su participación laboral. Es así como el drama comenzaba, pues, debido a su situación física no podían emprender oficios para mantener a sus familias.

De este modo, las recompensas y pensiones eran un bien muy importante y urgente para la sustentación de viejos tercios. No obstante eran precarias.

La pobreza de estos soldados, estimuló a que se realizaran activas demandas sobre sus magras condiciones y se organizaron en sociedades de socorros, conscientes de su aporte decisivo en la victoria chilena.

Durante la crisis de los años 1930-1932, el asistencialismo estatal fue amplificado hacia los cesantes, y vista esta situación de ayuda por parte del Estado a los ciudadanos, los veteranos de la guerra de 1879, sintieron que era el tiempo para que los reconocieran en su cabalidad, lo curioso es que tuvieron esa percepción en el periodo más crítico de la historia de Chile.

Los longevos soldados sólo recibían irrisorias pensiones que no sobrepasaban los $ 68 al mes, lo cual equivalía al comprar, durante un mes, medio kilo de pan diario.

Estos viejos tercios que vivían en pésimas condiciones concurrieron a las autoridades para que los ayudaran, ya que deseaban que se les tratara de igual o de mejor manera, en referencia a los obreros. Del mismo modo señalaban que no merecían dicho trato, ni menos recurrir a la “Olla Común”.










Los veteranos que aun sobrevivían en Tocopilla eran: Antonio Andrade, Pedro Cortes Herrera, Silvestre Trigo Álvarez y Maximiliano Tello, Antonio Rivera González, Manuel Cofre y Manuel Vera Araya. Personas que eran mayoritariamente lisiados y solos subsistían gracias a las continuas colectas que realizaba la Sociedad Nacional de Tiro al Blanco Carlos Condell con sede en el puerto.

No fueron pocas las veces que estos hombres renegaron en varios actos públicos, principalmente en los comicios de la Plaza Condell, el haber participado en la guerra ya que después de ella fueron ignorados. Observada su situación, dicha Sociedad de Tiro realizó un gran homenaje el domingo 17 de enero de 1933 en el polígono de dicha sociedad.[4]

Un claro ejemplo de olvido a estos personajes es lo que sucedió con Gregorio Trincado, quien además de Veterano, fue uno de los próceres del sindicalismo chileno, lugarteniente en las Mancomunales obreras de Luis Emilio Recabarren, junto a éste, la habían fundado en Tocopilla en el año 1902 y además, fue regidor y un activo dirigente marítimo y por lo mismo, una sobresaliente figura política en la localidad.

En conjunto con Recabarren fundaron el diario “El Trabajo”, y luego en 1904, tendrían una connotada participación en el diario “El Proletario” (Ubicado en calle 21 de mayo nº 1118)

Este personaje, también “viejo de lobo de mar”, además de ser perseguido por su figuración política-obrera, murió en la pobreza, y actualmente se encuentra enterrado frente al Mausoleo de Beneficencia del Cementerio de Tocopilla. Trincado murió el 9 de febrero de 1931 y fue enterrado en primer lugar en el Cementerio N°1, frente a la actual playa El Salitre.[5]

Francisco Andrade Vargas fue otro veterano local, sin embargo éste se desempeñó como farmacéutico, falleciendo a los 58 años.

Otros simplemente eran derivados a Asilos de Ancianos vista su precaria situación lisiada o derechamente por estar solos en sus casas en precarias condiciones sanitarias

Muchos dejaron de existir en una completa soledad, sin deudos para requerir sus cuerpos, siendo no pocos los arrojados a la fosa común, sin nombres, ni pasado. Eran soldados incógnitos en vida. Eran la expresión de una penosa borradura.


Muchos viejos tercios tuvieron que seguir sobreviviendo con los dramas y penas de haber participado en una guerra impropia, surgiendo un segundo conflicto, acaso peor, con extremidades cercenadas y dolorosamente reemplazas con el olvido, la indiferencia, la pobreza y el delirio. 



















[1] Presentación de "Los héroes olvidados de la Guerra del Pacífico", Mauricio Pelayo González, Christian Arce Godoy y Eduardo Gardella Brusco. (citado por El Mercurio 13 de abril 2008)
[2] Díaz, Aguirre y Rivera: 2003. En “La Sociedad de veteranos: los soldados olvidos en la historia chilena” revista Tarapacá: desierto de historias.
[3] Davin Albert “Chile y Perú en tiempos de Guerra del Pacífico” Editorial Universitaria Chile 1992.pp.115.
[4] Diario El Proletario. 18 de enero de 1933
[5] Archivo de la Gobernación de Tocopilla, Oficio N° 67, autorización de guardia marina para funeral de Trincado. 10 de Feb. 1931.

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